El club de las feas.

Capítulo 14: Los treinta pisos de la fuga.

Capítulo 14: Los treinta pisos de la fuga.

Christian.

Hay noticias que un hombre recibe con serenidad y otras que le arrancan un grito desde las entrañas. La que me dio Dante a las once y cuarto de aquel lunes pertenecía, sin duda, a la segunda categoría.

—Christian —dijo, entrando en la sala de juntas con el móvil pegado a la oreja y la corbata torcida—. Tenemos un problema en la escalera de incendios.

—¿Qué clase de problema?

—Palomas.

—¿Cuántas?

—El portero dice que unas trescientas.

—¿Y Bella?

—Ha desaparecido en una nube de plumas.

Me levanté de un salto. Doce consejeros, que acababan de aprobar por unanimidad el nombramiento de mi secretaria como embajadora corporativa, se giraron hacia mí con expresiones de curiosidad. La señora Valentina Orsini, la de pelo plateado, que había presidido la votación con la autoridad de una reina madre, levantó una ceja.

—¿Ocurre algo, Christian?

—Nada grave, Valentina. Una cuestión logística.

—¿Tiene que ver con nuestra nueva embajadora?

—Tiene que ver con las palomas.

—Entonces sí.

—Sí.

—Vaya, vaya —murmuró, y una sonrisita de satisfacción le arrugó las comisuras de los ojos—. Que sea una cuestión logística tan bonita.

Salí corriendo. Cuando llegué a la escalera de incendios, la escena parecía sacada de un cuadro de Hitchcock dirigido por un humorista: un torbellino de alas grises llenaba el hueco de la escalera de arriba abajo, plumas flotando como una nevada de ceniza, un vigilante de seguridad encogido contra la pared con los brazos sobre la cabeza y, en el rellano del piso veintiocho, una montaña de palomas que se movía y chillaba como un sofá embrujado.

—¡Bella! —grité.

La montaña se estremeció. Un poncho mostaza asomó entre las plumas. Después, una mano. Y por último, una cabeza con el pelo erizado y una paloma gris, la gorda, la bandida, aferrada a su coronilla con la dignidad de una reina en su trono.

—No me hables —dijo Bella, con voz ronca.

—Hola.

—Dije que no me hables.

—Tienes una paloma en la cabeza.

—Es una condecoración.

—Ya veo.

—Es mi paloma. Lleva una semana persiguiéndome. Hemos llegado a un entendimiento.

—¿Cuál?

—Ella se queda con mi Nutella y yo con mi dignidad.

—¿Y sobre la dignidad habéis llegado a un acuerdo?

—Todavía no.

Me acerqué con cuidado. Las palomas, como si respondieran a una orden, se apartaron para dejarme paso con una disciplina militar. Llegué hasta Bella, me agaché frente a ella y le tendí la mano. Ella la miró. Después me miró a mí. Y por un segundo, un segundo muy largo, vi en sus ojos algo que me desarmó: no era miedo, ni rabia, ni siquiera cansancio. Era una especie de ternura desesperada, la de quien no sabe si reír o llorar y decide hacer las dos cosas.

—Te he ascendido —dije.

—Lo sé.

—Eres embajadora.

—Lo sé.

—Te van a dar un despacho propio, un sueldo triple y un coche con chófer.

—¡Lo sé, lo sé, lo sé! —estalló—. ¡Y por eso me voy!

—¿Cómo que te vas?

—¡Dimito!

—No puedes dimitir de un ascenso.

—¡Mira cómo lo hago!

Se puso en pie de un salto. La paloma salió volando con un aleteo indignado. El poncho, cubierto de plumas, se le infló como una vela. Y Bella, con un grito de guerra que no habría desentonado en una carga de caballería, echó a correr escalera arriba.

—¡Bella! —grité—. ¡Que subes! ¡Se baja por abajo!

—¡Ya lo sé!

—¡Estás subiendo!

—¡Es una estrategia!

—¿Qué estrategia?

—¡La contraria!

Y desapareció por el hueco, perseguida por una nube de palomas y por un servidor.

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Subimos veintiocho pisos de escaleras en cuarenta minutos, lo cual, según Dante, que nos seguía con un cronómetro y una expresión de martirio, es un récord que no figura en ninguna competición oficial.

La persecución fue una sucesión de episodios dignos de una comedia de enredos. En el piso veintiséis, Bella abrió una puerta que resultó ser la del almacén de lencería de la línea de cosmética infantil, y salió con una diadema de orejas de conejo que no consiguió quitarse hasta el piso veinticuatro. En el piso veintidós se topó con un grupo de becarios que jugaban a las cartas en el descansillo y que, al verla, se pusieron en pie y entonaron con solemnidad el himno de «Gallo triste, gallo triste». En el piso veinte resbaló con un charco de abrillantador, patinó doce metros por un pasillo de baldosas y se estrelló, sentada, contra una máquina de refrescos que le soltó encima tres latas de naranjada.

—¡Gracias! —le gritó a la máquina, sin detenerse.

En el piso dieciocho, la perdí.

Llegué jadeando al descansillo, con una oreja de conejo pegada al hombro, una pluma en la boca y un dolor punzante en el costado, y me encontré con dos puertas: una que daba al departamento de contabilidad y otra, cerrada con candado, que ostentaba un cartel de «Azotea. Solo personal autorizado».

—Se ha ido por contabilidad —dijo Dante, apareciendo detrás de mí con las manos en las rodillas.

—No. Ha subido a la azotea.

—Está cerrada con candado.

—Mira el candado.

Dante se agachó. El candado estaba abierto, colgando del pestillo como un pendiente roto, con un trozo de cinta adhesiva pegada a la argolla y una nota escrita con una caligrafía redonda y nerviosa:

«Perdón por el candado. Lo he abierto con una horquilla. Lo repondré. B. R.»

Cerré los ojos con paciencia infinita.

—Es la mujer más educada que ha violado una cerradura en la historia de Italia.

—Y la más escurridiza —añadió Dante—. Christian, ¿sabes que en la azotea están rodando el anuncio de la línea Gallo Triste?

—¿Cómo dices?

—Esta mañana a las ocho llegaron los técnicos. Hay una grúa, un decorado, tres focos gigantes y… —carraspeó— un gallo.

—¿Un gallo de verdad?

—Con corona.

—¿Y por qué?

—Porque lo pidió tu madre.




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