El club de las feas.

Capítulo 32: El prófugo.

Capítulo 32: El prófugo.

Christian.

Hay quien huye con prisa y quien huye con palomitas. Yo, por primera vez en mi vida, descubrí la superioridad moral de la segunda opción.

Eran las siete de la tarde del jueves y llevaba tres horas instalado en el lugar más inesperado de Milán: el interior del pintalabios gigante de la línea Imperio, aquella escultura de cuatro metros de resina roja que había protagonizado la gala del lago de Como, había sufrido un baño involuntario en el embarcadero y que, tras una costosa operación de rescate, dormitaba ahora en un almacén abandonado de la empresa en el barrio de Lambrate, entre cajas de embalaje, maniquíes sin cabeza y una montaña de ponchos mostaza que nadie había querido vender.

Había elegido aquel escondite con la lógica fría de un estratega. Primero, porque nadie en su sano juicio buscaría a un presidente de empresa dentro de un pintalabios. Segundo, porque era un espacio cálido, mullido y acolchado, forrado de espuma gris. Y tercero, porque conocía a la perfección su mecanismo: una plataforma elevadora, accionada por un botón verde, que permitía subir y bajar a quien estuviera dentro sin necesidad de escaleras. Algo muy conveniente para un hombre que, además de esconderse, quería observar.

Y observar era justamente lo que estaba haciendo, con las piernas cruzadas sobre un saco de dormir, una taza de chocolate caliente en una mano, un cuenco de palomitas en la otra y delante de mí, apoyados sobre una caja de cartón, tres monitores conectados a la red de cuarenta y tres cámaras del jeque Rashid, que había tenido la generosidad de cederme su sistema de vigilancia «por razones sentimentales».

—Pantalla uno —murmuré, masticando—. Despacho del piso treinta.

En la imagen, en blanco y negro, algo granulada, aparecía mi despacho vacío. Había escarcha en las ventanas. Una pila de carpetas heladas sobre el escritorio. Y en medio, de pie junto a mi sillón, con un poncho mostaza, una rana en el hombro y una expresión de absoluta desolación, estaba Bella.

—¿Dónde está? —preguntaba, con la voz distorsionada por el micrófono—. ¡Ugo! ¿Dónde se ha metido?

—No lo sé, señorita Rinaldi —respondía el ingeniero de mantenimiento, encogido en un rincón con una bufanda hasta las cejas—. Se fue a las cuatro con un maletín.

—¿Y adónde?

—A donde van los presidentes.

—¿Y dónde van los presidentes?

—A los sitios caros.

—¡Eso no me ayuda!

—Lo siento.

—¿Ha dicho algo?

—Dijo: «Que la temperatura vuelva a veinte».

—¡Qué crueldad!

—Y después se puso a llorar.

Se me atragantó una palomita. Ludovica, posada sobre el borde del cuenco, me lanzó una mirada de reproche tan intensa que estuve a punto de ofrecerle la mitad del botín.

—No me juzgues —susurré.

La paloma picoteó mi palomita con un movimiento seco de venganza.

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Debo confesar que lo disfruté.

No me siento orgulloso. Es una de esas confesiones que un caballero guarda en el fondo del corazón y que solo sale a la luz cuando el narrador pierde la vergüenza. Pero durante aquellas horas, sentado en un pintalabios con un cuenco de palomitas, contemplando en tres pantallas cómo la mujer que había pasado tres semanas huyendo de mí revolvía la ciudad entera para encontrarme, experimenté una felicidad culpable, vertiginosa, difícil de describir.

Veía en el monitor número dos cómo Bella irrumpía en el garaje de la empresa y le preguntaba a Aurelio, con los ojos desorbitados, si había visto un coche. Aurelio, con la gorra bien calada y el bigote imperturbable, respondía: «No, señorita». Ella entrecerraba los ojos. «¿Está seguro?» «Completamente.» «¿Y si lo estuviera ocultando?» «No se lo diría.» «¡Aurelio!» «Lo siento, señorita. Soy un hombre de palabra.» «¡Es usted un cómplice!» «Eso también.»

Veía en el monitor tres cómo Bella corría por la calle hacia el edificio de Gemma Moretti, en cuyo portal una cola de ancianas con pañuelos esperaba, desde hacía cuatro horas, para hacerle una pregunta: «¿Y cuándo es la boda?». La vi gritar «¡No hay boda!», derribar un paraguas, saltar por encima de un perro y desaparecer por una esquina, perseguida por un coro de «¡Gallo triste, gallo triste!».

Veía en el monitor uno cómo Bella se lanzaba de rodillas ante mi sillón de cuero, abrazaba el respaldo con los brazos abiertos, apretaba la mejilla contra el tapizado y susurraba con una voz tan rota que me costó mantener la compostura: «Vuelve, tonto. Vuelve, que te lo digo todo».

—Lo ha dicho —susurré.

Ludovica ladeó la cabeza.

—Ha dicho «que te lo digo todo».

La paloma arrulló con ternura.

—Pero no ha dicho el qué.

Arrulló de nuevo, más seca.

—No te enfades. Una cosa es que me muera de ganas de saberlo y otra que renuncie al plan. Es una cuestión de dignidad.

Un golpe de pico en mi muñeca me recordó que, a ojos de una paloma, la dignidad masculina tiene un valor limitado.

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A las ocho y media entró Dante por la puerta del almacén. Lo vi aparecer en la pantalla número cuatro, con un abrigo de lana, una bolsa de papel y un andar de hombre que carga con todas las culpas del mundo. Cruzó el almacén sorteando maniquíes, se detuvo frente al pintalabios, dio tres golpecitos en la resina con los nudillos y murmuró:

—¿Estás ahí?

—Estoy.

—Te traigo la cena.

—¿Qué es?

—Lasaña.

—Pásala por el hueco.

Una bandeja de aluminio apareció por la rendija de la tapa dorada. La cogí con las dos manos. Estaba tibia. Olía a gloria. Dante, apoyado en el casco de resina, soltó un suspiro tan profundo que me hizo vibrar los oídos.

—Eres un cobarde.

—Soy un estratega.

—Eres un hombre escondido dentro de un pintalabios.

—Es un escondite magnífico.

—Es una vergüenza.

—Bella no lo ha encontrado.

—Porque no se le ha ocurrido.

—Pues entonces es perfecto.

—Christian.

—Dime.

—Lleva toda la tarde buscándote.




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