El club de las feas.

Capítulo 9: La ambaja… digo, la embajadora.

Capítulo 9: La ambaja… digo, la embajadora.

Bella.

Hay pocas cosas en este mundo tan humillantes como despertarse dentro de un pintalabios de cuatro metros con un macaron de frambuesa pegado a la mejilla.

Abrí los ojos y no supe dónde estaba. Todo era rojo. Un rojo cálido, tenue, uniforme, como si me hubieran metido dentro de una cereza gigante. Tenía el cuello torcido en un ángulo que la anatomía no recomienda, una pierna dormida, la corona de laureles clavada en la oreja y una manta de lana de la que no recordaba nada, salvo que alguien la había deslizado por el borde del tubo mientras yo dormía.

Entonces recordé. La fuente, el montaplatos, el poema en latín, el laberinto, el estanque y la conversación a oscuras con un hombre que, a través de una pared de resina, me había pedido que no huyera.

—Ay, Madonna —susurré—. Dije que sí. Dije que iría a la gala.

Mi voz resonó en el tubo con eco de catedral. Me incorporé con dificultad y miré hacia arriba. A cuatro metros de altura, un círculo de luz grisácea marcaba la boca del pintalabios. Al amanecer, a las siete de la mañana según el reloj de mi muñeca, el cielo de Como se veía pálido y lechoso, con una nube alargada que parecía un dedo señalándome.

Había un problema evidente: durante la noche, alguien había puesto el pintalabios en posición vertical. Y yo, que había entrado a gatas por el lateral cuando la escultura estaba tumbada, me encontraba ahora de pie sobre una plataforma de espuma, a cuatro metros del suelo, dentro de un tubo liso y sin una sola grieta de la que agarrarme.

—Perfecto —me dije—. Estoy en un rascacielos de maquillaje.

Intenté trepar. Apoyé un pie en la pared, resbalé. Intenté otra vez. Resbalé más. Probé a saltar, golpeé la cabeza contra el techo de la plataforma y vi estrellitas de colores. Empecé a plantearme seriamente la posibilidad de vivir allí para siempre, alimentándome de macarons y de la compasión de los técnicos.

Y entonces oí voces.

—Buenos días, equipo. Hoy es el gran día. Quiero la prueba del mecanismo a las siete y cuarto.

—Sí, señora.

—Y quiero que todo funcione, porque a las ocho de la noche vendrán doscientas personas y el jeque de Dubái ya me ha dicho que quiere ver con sus propios ojos cómo se eleva el pintalabios.

—¿El pintalabios se eleva, señora?

—Por supuesto. Es lo que lo hace especial. La barra interior sube con un motor hidráulico, como en un pintalabios de verdad. Pulse el botón verde.

Me quedé helada. Muy lentamente, bajé la vista y descubrí algo en lo que no había reparado la noche anterior: la plataforma de espuma sobre la que estaba de pie tenía forma circular, estaba atornillada a un pistón metálico y se encontraba rodeada de cables.

—No —susurré—. No, no, no, no.

—Preparados. Tres, dos, uno.

Clic.

El suelo se movió.

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Voy a describir lo que ocurre cuando uno está de pie sobre la barra interior de un pintalabios gigante y alguien pulsa el botón de elevación: uno sube. Despacio al principio, con un zumbido mecánico, y después con una suavidad aterradora, como en un ascensor panorámico. La luz gris del amanecer se fue acercando. El círculo de cielo se hizo más grande. Mis manos buscaron algo a lo que agarrarse y solo encontraron aire. Y cuando mi cabeza asomó por la boca del tubo, con la corona de laureles torcida, el moño reducido a un nido de pájaro y un macaron de frambuesa en la mano izquierda, se hizo un silencio total.

Había veinte personas en la tarima. Veinte. Técnicos con cascos, la organizadora del pinganillo, dos electricistas subidos a una escalera, el pastelero, tres azafatas con bandejas, el jeque Rashid con una taza de té en la mano y, en primera fila, con su sombrero de ala ancha y su collar de perlas, la madre de Christian.

Todos me miraban. Yo, a cuatro metros del suelo, plantada sobre una barra de pintalabios que seguía subiendo con un zumbido solemne, les devolví la mirada.

—Buenos días —dije.

Nadie respondió.

—Soy el… prototipo.

La barra se detuvo con un clic, a medio metro de la boca del tubo. Mi cintura quedó a la altura del borde, de modo que desde el suelo debía de parecer que la escultura había dado a luz a una mujer despeinada con capa romana. Pasó un grillo. Una gaviota graznó a lo lejos.

El jeque Rashid dejó la taza en el suelo. Se llevó las manos al pecho. Y con voz estrangulada por la emoción, exclamó:

—¡La poeta!

—No soy una poeta…

—¡La poeta de la noche anterior! ¡Qué genialidad! ¡Aparece dentro del pintalabios! ¡Como la barra de color que sube desde las profundidades! ¡Es arte conceptual!

—Es un malentendido.

—¡Es una metáfora de la belleza que emerge! —gritó el jeque, y empezó a aplaudir con tal fervor que dos técnicos lo imitaron por inercia.

—¡Un momento! —dijo la organizadora, con la voz de quien acaba de ver su carrera profesional derrumbarse—. ¿Quién es usted? ¿Cómo ha entrado ahí? ¡Esto no estaba en el guion!

—Señora, yo…

—¡Va a hacer que me despidan!

—Es que anoche…

Entre el gentío vi aparecer a Christian. Venía por el lateral de la carpa con un traje gris perla, las manos en los bolsillos, el pelo aún húmedo de la ducha y la expresión inocente de quien no ha sabido nunca nada de nada. Se detuvo a unos pasos de la escultura, me miró de arriba abajo con una seriedad ejemplar y dijo:

—Buenos días, señorita Rinaldi.

—Buenos días, señor Sinclair.

—Qué sorpresa encontrarla aquí.

—Digo lo mismo.

—¿Está usted ensayando la presentación?

—Es una improvisación.

—Muy audaz.

—Gracias.

La madre de Christian dio un paso al frente, con los ojos brillantes de pura alegría.

—Hijo mío, ¿es esta la chica?

—Mamá, ahora no.

—¡Pero qué entrada! ¡Qué carácter! ¡Qué presencia escénica!

—Mamá.

—Perdone, señorita —dijo Donatella Sinclair, tomándome de las manos, que seguían sobresaliendo por el borde del tubo—. ¿Sería usted tan amable de bajar de ahí para que podamos hablar?




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