Christian.
Hay una regla que aprendí en quince años de dirigir una empresa de belleza: nunca subestimes lo que puede hacer una buena maquilladora, una peluquera con carácter y una madre decidida.
A las siete y cuarenta de la tarde, veinte minutos antes de que empezara la gala, yo esperaba al pie de la gran escalera de mármol de la villa, con un esmoquin negro, una pajarita que Dante me había anudado a la fuerza y una copa de agua con gas que no me atrevía a cambiar por vino. Quería tener la cabeza despejada. Por primera vez en mi vida, estaba nervioso.
—Respira —dijo Dante a mi lado—. Pareces un condenado.
—Estoy perfectamente.
—Llevas cinco minutos mirando la barandilla.
—Admiro la arquitectura.
—Admiras el segundo piso, donde tu madre lleva tres horas encerrada con tu secretaria.
—Es un asunto de organización.
—Es un secuestro.
—Es una operación de embellecimiento corporativo.
Dante bufó con una sonrisa. En el vestíbulo, los primeros invitados empezaban a llegar. Smokings, vestidos de seda, joyas que brillaban bajo las lámparas, el murmullo de las conversaciones sofisticadas y el tintineo de las copas. Un camarero pasó a mi lado con una bandeja de champán. Cogí una copa. Después la devolví. Después volví a cogerla y la apuré de un trago.
Y entonces, desde lo alto de la escalera, un golpe seco resonó en la casa.
Después, el silencio.
Después, una voz femenina de pánico, que atravesó el vestíbulo entero:
—¡Madonna santa, que se me ha enganchado el tacón!
Levanté la vista.
Ella estaba en lo alto de la escalera.
No sé cómo describirlo. Llevo años trabajando con mujeres hermosas, he visto a las mejores modelos de Europa caminar por pasarelas, y jamás había sentido lo que sentí en aquel instante. Fue como si alguien hubiera apagado todos los sonidos del mundo y encendido un solo foco sobre una figura.
Llevaba un vestido verde esmeralda, largo, de seda ligera, con un escote en la espalda y una caída que parecía agua. El cabello castaño, suelto, ondulado, le caía sobre los hombros con un brillo de caoba. Los labios, de un rojo oscuro, el mismo rojo que había visto en la fotografía de Dante. Y los ojos, sin las gafas gruesas, enormes, dorados, con una sombra suave que los hacía parecer de otro mundo.
La mujer de la foto. La que reía con la cabeza echada hacia atrás.
Pero esta no reía. Esta estaba aterrada.
—Hola —dijo Bella, desde lo alto, agarrada a la barandilla con las dos manos, con un pie enganchado en el borde del vestido y una expresión de absoluta desesperación—. No te muevas. No mires. No respires.
—No he respirado desde que has aparecido.
—Esto es un desastre.
—Es lo más bonito que he visto en mi vida.
—¡Calla!
—Es verdad.
—¡Que me caigo!
Y se cayó.
No fue una caída normal. Fue una caída coreográfica, casi artística. El tacón izquierdo se soltó del vestido, el derecho resbaló en el mármol, el cuerpo se inclinó hacia delante, las dos manos soltaron la barandilla y, en lugar de rodar escalera abajo, Bella se agarró al pasamanos con un reflejo de ardilla, se sentó de lado sobre él y se deslizó hacia abajo a una velocidad vertiginosa, con la falda ondeando y los zapatos en la mano, y un grito agudo que habría hecho llorar a una sirena.
—¡Aaaaaah!
Había cuarenta invitados en el vestíbulo. Cuarenta personas con copas en las manos, boquiabiertas, observando cómo mi secretaria bajaba por el pasamanos de mármol como una niña en un tobogán.
Y yo, que soy un hombre de reflejos rápidos, di dos pasos al frente, abrí los brazos y la atrapé al final del pasamanos, justo antes de que se estrellara contra la columna de la entrada.
Aterrizó contra mi pecho con un golpe suave. Olía a jazmín y a laca. Tenía las mejillas encendidas, el pelo revuelto y los zapatos aplastados contra mi esmoquin.
—Hola —dije, con voz ronca.
—Hola.
—Qué entrada.
—Soy muy puntual.
—Se nota.
—No me mires así.
—¿Cómo te miro?
—Como si fuera… no lo sé. Un postre.
—Eres un postre.
—¡Christian!
—Perdona. Me ha salido solo.
Se produjo un silencio. Después, desde el fondo del vestíbulo, una voz de mujer, aguda, lenta, temblorosa de emoción:
—Dios mío. Qué hermosa pareja.
Era la señora Moretti, la accionista de mayor edad, la misma a la que había evitado sentar junto al señor Vitale. Se llevaba un pañuelo a los ojos. A su lado, el señor Vitale, con la copa en alto, aplaudía como un poseso. Y a los pocos segundos, todo el vestíbulo estalló en una ovación.
Bella cerró los ojos con una mueca de agonía.
—Mátame —susurró.
—No puedo. Es mi mejor empleada.
—Pues despídeme.
—Tampoco.
—Entonces dime que no se está grabando.
Miré a mi alrededor. Veinte móviles apuntaban hacia nosotros.
—Se está grabando.
—Me voy a morir.
—Te vas a lucir —dije, y la dejé en el suelo con delicadeza, sosteniéndole el codo hasta que recuperó el equilibrio—. Esta noche vas a ser la sensación de la gala.
—Esa es exactamente la parte que me preocupa.
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La cena fue un campo de batalla.
Mi madre, con la sutileza de un elefante, había organizado los asientos de modo que Bella quedara a mi derecha. A su otro lado, el jeque Rashid. Frente a nosotros, Dante, que no dejaba de mirarme con ojos de «te lo advertí». A mi izquierda, mi madre, que levantaba cada cinco minutos las cejas con aire inocente.
Bella, por su parte, tenía una estrategia muy clara: no mirarme.
Comió con la vista clavada en el plato. Habló con el jeque con una cortesía exquisita. Sonrió a la señora Moretti. Contestó a mi madre con monosílabos. Y cada tres minutos, con la regularidad de un metrónomo, consultaba el reloj de pulsera como quien espera la llegada de un tren.
—¿Tienes prisa? —le susurré en el segundo plato.