Christian.
Debo aclarar ante mis lectores, y ante Dante, que ha vuelto a pedírmelo por escrito, que yo no estaba en la Gruta Azul para perseguir a nadie.
Estaba allí porque mi madre había comprado seis entradas para la última excursión del día «hace semanas, por pura casualidad, qué cosas tiene la vida». Estaba allí porque, según ella, un hombre que lleva diez horas sentado en una bala de heno necesita «aire marino y un poco de belleza natural». Y estaba allí, sobre todo, porque cuando una Sinclair decide embarcar a su hijo en una barquita de remos, no existe fuerza en el universo capaz de impedírselo.
—Hijo, sonríe —dijo, sentada a mi lado en la popa, con el sombrero de ala ancha, las gafas de sol y una mantilla de encaje que se había puesto «por si la gruta es sagrada».
—Estoy sonriendo.
—Estás haciendo una mueca.
—Es mi sonrisa de espera.
—Qué fea es.
—La heredé de ti.
Nuestro barquero se llamaba Salvatore, tenía sesenta y cinco años, una gorra de marinero con un ancla bordada, unos brazos como mástiles y una voz de bajo profundo que usaba, según nos explicó con orgullo, «para cantar a los turistas sin romper el hechizo». Remaba con una elegancia sobrenatural, sin esfuerzo, como si la barca flotara por voluntad propia, y entre golpe y golpe de remo entonaba una tonada napolitana tan baja que parecía el murmullo del propio mar.
En la proa, acurrucada bajo mi sombrero, con la cabeza asomando apenas por el ala, Ludovica, la paloma gorda y gris, contemplaba el horizonte con aire de capitana de fragata. Salvatore había protestado al verla («¡Eso es una paloma, señor, no se admiten aves!»), pero mi madre, con una sonrisa y un billete de cien euros, le había explicado que era «un animal de apoyo emocional». El barquero, con la sabiduría de los hombres de mar, no hizo más preguntas.
—Tengo que darles unas instrucciones —anunció, deteniendo los remos a diez metros de la entrada.
—Adelante —dijo mi madre.
—La boca de la gruta mide un metro de alto. Hay que tumbarse en el fondo de la barca para pasar. Nadie levanta la cabeza hasta que yo lo diga.
—Entendido.
—Dentro, se prohíbe gritar.
—No gritaremos.
—Se prohíbe cantar.
—¡Qué lástima! —suspiró mi madre.
—Se prohíbe hablar en voz alta.
—¿Por qué?
—Por el eco.
—¿Qué tiene el eco?
—Que repite todo.
—Qué gracioso.
—No lo es, señora. El año pasado, una pareja de alemanes empezó a discutir dentro y se enteró de sus secretos hasta el último pescador de Anacapri.
—Qué indiscreción.
—Es la ley de la gruta.
Nos tumbamos. Salvatore, de pie en la popa, se agachó, agarró la cadena que cuelga de la pared de roca y nos arrastró por una abertura negra y estrecha, tan baja que la barca rozaba las rocas con un susurro. Cerré los ojos. Sentí cómo se me iba el aire. Y de pronto, al abrirlos, el mundo había desaparecido.
No sé cómo describir lo que vi. Imaginen una catedral subterránea, de bóvedas inmensas, techos de piedra que se pierden en la sombra, paredes cubiertas de escarcha de sal y, bajo ellas, un lago circular de agua tan azul, tan intensamente, sobrenaturalmente azul, que parecía iluminado desde dentro por un millón de zafiros líquidos. La luz entraba por una abertura sumergida y subía a través del agua, bañándolo todo de un resplandor eléctrico, mágico, irreal. Los remos de Salvatore, al hundirse, dejaban estelas de plata. Las manos que introducíamos en el agua, sacadas al aire, brillaban como si fueran de cristal. Y por todas partes, flotando en aquella penumbra azul, balanceándose a ritmo lento, había barquitas con siluetas oscuras de turistas, tan silenciosos que el único sonido del mundo era el rumor del agua contra la roca.
—Dios mío —susurró mi madre.
—Qué belleza —murmuré.
—Pschhhht —dijo Salvatore.
Callamos. Hubo un silencio sagrado. Y fue entonces, en medio de aquella calma azul, cuando oí por primera vez el eco.
—… hambre… hambre… ambre…
Me quedé helado.
Era una voz de mujer, baja, entrecortada, que venía de algún punto de la gruta, y que el eco repetía y deformaba hasta convertirla en un murmullo de ultratumba. Conocía aquel tono. Conocía aquel timbre. Lo habría reconocido a mil kilómetros, a través de un huracán, entre un millón de voces.
—Bella —susurré.
—¿Qué? —dijo mi madre, en un hilo.
—Está aquí.
—¿Dónde?
—No lo sé.
—¿Cómo lo sabes?
—Por el eco.
—Qué tontería.
—Mira.
Señalé hacia delante. A unos veinte metros, en una barquita iluminada por un farolillo de papel, flotaban tres siluetas. Una llevaba un moño deshecho y sostenía un pan en forma de corazón. Otra, de pelo corto, llevaba unas gafas de montura fina y una carpeta bajo el brazo. La tercera, rubia y menuda, apretaba un patito de goma contra el pecho y miraba el techo con los ojos muy abiertos.
—Son ellas —dijo mi madre, abriendo la boca.
—Las tres.
—¿Y ahora?
—Ahora nada.
—¿Cómo que nada?
—Prometí no perseguirla.
—Pero la tienes delante.
—Eso es una casualidad.
—Qué casualidad tan oportuna.
—Mamá.
—Hijo.
—Ni una palabra.
—Ni una.
—Prométemelo.
—Lo prometo.
Y mi madre, que jamás en su vida cumplió una promesa, se llevó dos dedos a los labios con una sonrisa de oreja a oreja y se acomodó en la popa con la expresión de quien acaba de recibir entradas de primera fila para la mejor función del año.
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La conversación empezó en un susurro. Y el eco, con la malicia de un duende antiguo, se encargó de lo demás.
—Bella —decía Stella, con una voz grave que, al rebotar contra las paredes, sonaba a oráculo—. Tenemos que hablar.
—… hablar… hablar… ablar…
—Baja la voz —susurró Bella.
—… la voz… la voz… la oz…
—¡Chhhht!
—… hhhht… hhhht…
—Es el eco —murmuró Fiorella.