El club de las feas.

Capítulo 8: El pintalabios gigante.

Capítulo 8: El pintalabios gigante.

Christian.

Debo hacer una confesión que mi madre ya conoce, que Dante sospecha y que Aurelio, con su bigote de morsa, lleva años callando por prudencia: el laberinto de la villa lo mandé construir yo.

No fue por romanticismo, ni por estética, ni siquiera por una razón de peso. Fue a los veintidós años, cuando heredé la propiedad de mi abuelo y descubrí que el jardín trasero era un solar aburrido de césped. Pensé que un laberinto de setos sería divertido para las fiestas. Contraté a un paisajista inglés, le dije «quiero que sea imposible de resolver» y él, tomándose la orden al pie de la letra, diseñó una trampa vegetal de cuarenta curvas, once callejones sin salida y una única salida que desemboca en un cenador de piedra, justo en el centro.

Diez años después, esa decisión juvenil me estaba dando la mejor noche de mi vida.

—Uno, dos, tres —repetí en voz baja, caminando por el pasillo de hojas—. Aquí voy.

Oí un grito ahogado, un crujir de ramas y una carrera frenética de pasos que se alejaban hacia el norte. Sonreí. Conozco ese laberinto como la palma de mi mano. Sé que el pasillo norte se divide en tres y que dos de las tres ramas terminan en un muro verde. Sé que hay un estanque de nenúfares al fondo del cuarto callejón. Y sé, sobre todo, que cualquiera que huya sin mirar acabará, tarde o temprano, en el único lugar al que yo quiero que llegue.

—Señor —susurró Aurelio, apareciendo a mi lado con una linterna—. ¿Quiere que cierre la entrada del laberinto?

—No hace falta. De aquí no sale ni una mosca.

—¿Y si encuentra la salida lateral?

—No hay salida lateral.

—Sí que hay, señor. Se la ve desde el invernadero. Hay un hueco en el seto donde el jardinero metió la carretilla en primavera y nunca lo tapó.

Me quedé inmóvil.

—¿Hay un hueco?

—Del tamaño de una persona.

—¿Y por qué no me lo dijiste?

—Porque usted dijo hace doce años que el laberinto era perfecto, señor. Y yo no me atrevo a contradecir a un Sinclair en lo que respecta a su obra maestra.

Cerré los ojos con paciencia.

—Aurelio, por favor, ve al invernadero. Que nadie salga por allí.

—¿Y si sale ella?

—Entonces la dejas pasar.

—¿Señor?

—Y la sigues. Pero sin que se note.

—¿A qué distancia?

—La misma de antes.

Aurelio asintió con un gesto grave, como un general que recibe una orden estratégica, y se perdió entre los setos con paso silencioso. Yo, mientras tanto, seguí avanzando por el laberinto, escuchando. Se oían voces lejanas, una risa de Fiorella, un «¡cuidado!» de Stella, el ladrido insistente de Bijou y algo más: un chasquido rítmico, sostenido, como el de un animal grande abriéndose paso entre las ramas.

—Bella —llamé, con tono amable—. No tiene sentido que sigas corriendo. El laberinto no tiene salida.

Silencio.

—Mentira. Tiene una.

Nuevo silencio. Y luego, desde algún punto indeterminado a mi izquierda, una voz ahogada, indignada, con un ligero eco de hojas:

—¡Eres un tramposo!

—No lo soy. Es un laberinto, Bella. Está hecho para perderse.

—¡Pues yo no me he perdido!

—Entonces dime dónde estás.

—¡En el seto!

—¿En cuál?

—¡En uno muy grande!

—¿Y qué haces en el seto?

Un largo silencio. Después, con una vocecita avergonzada:

—Estoy atascada.

Me llevé una mano a la boca para ahogar la risa.

—¿Cómo que atascada?

—Intenté saltarlo. Para ahorrar camino. Y la falda se me ha enganchado en una rama. Y la capa en otra. Y el delantal en una tercera. Y ahora estoy colgando.

—¿Colgando de qué?

—No te lo voy a decir.

—Bella.

—Estoy colgando de la capa, ¿vale? Como una percha.

Seguí el sonido de su voz por tres curvas, un callejón sin salida y un atajo que solo yo conocía, hasta llegar a un tramo de seto especialmente tupido, donde, a dos metros de altura, entre un revoltijo de hojas, tela roja y encaje, asomaban dos piernas enfundadas en medias gruesas y un par de zapatos de suela gastada que pataleaban con furia en el aire.

—Buenas noches —dije, cruzándome de brazos.

Las piernas dejaron de patalear.

—No me mires.

—Es difícil no hacerlo.

—Cierra los ojos.

—Los he cerrado.

—Mentiroso. Te noto la sonrisa desde aquí.

—No tienes cómo.

—Es que suena a sonrisa.

Contuve una carcajada. Era cierto. Sonaba exactamente a sonrisa.

—Voy a ayudarte a bajar.

—No necesito ayuda.

—Estás colgada de un seto.

—Es una posición temporal.

—Bella, llevas ahí dos minutos.

—Llevo ahí diez, pero no me estaba contando.

—Voy a subirme.

—¡No te subas! ¡Te vas a caer!

—No me voy a caer.

—¡Pues entonces me caigo yo!

Y se cayó. En el instante en que pronunció esa frase, se oyó un crujido seco, una rama se rompió y mi secretaria, la mujer más organizada del hemisferio norte, descendió del seto como un saco de patatas, aterrizó sobre mí con todo su peso y me derribó de espaldas sobre la grava.

Quedé tumbado, con el aire escapado de los pulmones y Bella encima, con las manos apoyadas en mi pecho, una corona de laureles de plástico clavada en mi barbilla y el cabello revuelto cayéndole sobre mi cara. Olía a hojas, a lluvia y a Nutella. Y a algo más, algo dulce y cálido que no supe identificar y que me hizo pensar, con una claridad ridícula, que podría quedarme allí tumbado toda la noche.

—Hola —dije, con un hilo de voz.

—Hola —respondió ella, con los ojos muy abiertos.

—Qué sorpresa.

—Ya.

—Estás encima de mí.

—Ya lo sé.

—Pesas más de lo que parece.

—¡Perdona!

—Es un cumplido. Significa que tienes constitución.

—Eres un grosero.

—Soy sincero.

Durante tres segundos eternos, ninguno de los dos se movió. Sus ojos, sin gafas, de un color castaño dorado a la luz de la luna, me miraban de cerca, con las pupilas dilatadas y una mezcla de confusión y de algo más, algo que ella misma parecía no entender. Su respiración se mezclaba con la mía. Su pelo me hacía cosquillas en la mejilla. Había una hojita verde pegada a su frente y no pude resistir la tentación de quitársela con un dedo.




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