Bella.
Hay cosas que una aprende tarde en la vida. Por ejemplo, que doce gotas de valeriana en una tila no duermen a un hombre de treinta y dos años durante tres días, como me aseguró Stella, sino durante veintidós minutos exactos, que son los que Fiorella cronometró desde el sofá con un patito de goma en una mano y un reloj en la otra.
Pero esos veintidós minutos fueron, sin discusión, los más largos de mi vida.
Christian dormía sobre el sofá de cuero de su ático de la Via Manzoni, con una manta de lana sobre las rodillas, el pelo revuelto sobre la frente, los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión de felicidad absoluta que me desarmaba cada vez que lo miraba. Respiraba despacio. Hondo. Tranquilo. De vez en cuando murmuraba algo ininteligible, una sílaba, una vocal, un sonido suave que sonaba a «lentejas» o a «Nutella» o a mi nombre, no lo sabría decir. Yo, de rodillas junto al sofá, con las manos entrelazadas sobre el regazo, no podía dejar de mirarlo.
—Es muy guapo —susurró Fiorella, desde el sillón.
—Es un asunto objetivo —dijo Stella.
—Lo sé.
—Es un hombre muy guapo que duerme como un niño.
—Lo sé.
—Y tú lo has drogado.
—No lo he drogado. Lo he… relajado.
—Con doce gotas.
—Tenía prisa.
Stella suspiró. Fiorella se ajustó la bufandita del patito. En el alféizar de la ventana, con las plumas esponjadas y una expresión de absoluta solemnidad, Ludovica nos observaba con un ojo dorado, atenta como una notaria. A mi lado, sobre el brazo del sofá, la rana croaba muy bajito, como una nana.
—Bien —dije, por fin, poniéndome de pie—. Es la hora.
—¿La hora de qué? —preguntó Stella.
—De la sesión.
—¿Qué sesión?
—La extraordinaria.
—Presidenta…
—Del Club de las Feas.
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Voy a describir el escenario con precisión, porque merece figurar en los anales de la historia sentimental de Italia.
El salón del ático de Christian Sinclair es una sala enorme, de techos altos, suelos de madera clara, un ventanal que ocupa toda una pared y que da a los tejados de Milán, un sofá de cuero marrón, dos sillones, una mesa de cristal y, en un rincón, una chimenea de mármol blanco sobre cuya repisa, enmarcada en plata, descansaba una nota que reconocí enseguida: la que yo había escrito un día de septiembre para decirle que me iba unos días y que no me buscara. Debajo, en un jarrón de cristal, había una rosa blanca marchita y una tarjeta que ponía «Para la mujer que se tomó doce dientes de ajo».
Lo vi todo con un nudo en la garganta. Después me di la vuelta y me planté en el centro de la alfombra, frente al sofá, con los brazos cruzados y la barbilla alta. Stella y Fiorella, con la solemnidad de dos testigos en un juicio, se colocaron a mi derecha y a mi izquierda. La paloma voló desde el alféizar hasta el respaldo de una silla. La rana, sobre mi hombro, enderezó la espalda con aire de secretaria.
—Declaro abierta —dije, con voz firme— la sesión extraordinaria número tres del Club de las Feas.
—Secundo —dijo Fiorella.
—Yo también —murmuró Stella.
—Orden del día: un solo punto.
—¿Cuál?
—La dimisión de la presidenta.
Se hizo un silencio. Stella parpadeó. Fiorella se llevó una mano a la boca. Ludovica, desde su silla, ladeó la cabeza con una expresión indescifrable.
—¿Cómo has dicho? —preguntó Stella.
—Dimito.
—¿De qué?
—De la presidencia.
—¡Bella!
—Es irrevocable.
—¿Y por qué?
Respiré hondo. Me llevé una mano al pecho. Sentí, bajo la palma, cómo el corazón me latía con la fuerza de un tambor. Cerré los ojos. Los abrí. Y mirando a mis amigas, que me observaban con la boca abierta, solté todo lo que llevaba treinta y siete días guardando.
—Porque no puedo ser presidenta de un club cuya regla fundamental he violado de arriba abajo. Porque he jurado ante una paloma y una rana que los guapos estaban prohibidos y llevo un mes persiguiendo a uno por media Italia. Porque he mentido, he huido, he gritado, he comido ajo crudo, me he disfrazado de gallo, de anciana, de monja, de crítica gastronómica y de lavaplatos, me he metido en un pintalabios, en una gruta, en un queso y en un globo. Porque he hecho todo eso para no decir una sola cosa.
—¿Qué cosa? —susurró Fiorella.
—Que estoy enamorada.
—Ya lo sabíamos —dijo Stella.
—¡Pero no lo había dicho en voz alta!
—Lo dijiste en la cama —señaló Fiorella.
—Fue un ay.
—Fue una confesión.
—Hoy lo digo en serio.
Me aclaré la garganta. Me ajusté el poncho. Estiré la espalda como una general ante su ejército. Y con una voz que me salió del fondo de las costillas, clara, limpia, rotunda, sin una gota de miedo, declaré:
—Estoy enamorada hasta los tuétanos de Christian Sinclair.
El silencio que siguió fue absoluto.
Un silencio denso, de catedral. Se me cerró la garganta. Me temblaron las rodillas. Y en mi mano izquierda, el anillo de latón, el maldito anillo de la abuela de Totò, empezó a emitir un zumbido suave, casi musical, mientras el cristal rojo se encendía con una luz cálida, dorada, de atardecer. Stella y Fiorella dejaron de respirar. Ludovica abrió las alas. La rana soltó un croar de alegría.
—Está funcionando —susurró Stella.
—Chist.
—¡Mira!
El aro, en mi dedo, giró despacio. Un milímetro. Dos. Tres. Se deslizó hasta la articulación. Se aflojó. Quedó suelto, libre, colgando del dedo como la alianza de una niña. Contuve el aliento. Esperé que cayera. Esperé que rodara por la alfombra. Esperé con todas mis fuerzas.
Y el anillo, con una dignidad exquisita, se detuvo.
—¿Qué le pasa? —murmuró Fiorella.
—Está esperando —dijo Stella.
—¿A qué?
—Al destinatario.
Las tres nos giramos hacia el sofá.
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Christian seguía dormido.
Tenía los ojos cerrados, los labios entreabiertos, la respiración tranquila. Una hebra de pelo le caía sobre la frente. Una sombra de barba le oscurecía las mejillas. Tenía las manos cruzadas sobre el pecho, con los dedos largos entrelazados, y una expresión de paz tan profunda que me apretó el corazón.