El club de las feas.

Capítulo 4: La cacería.

Capítulo 4: La cacería.

Christian.

Mi madre dice que nací con dos defectos: la impaciencia y la costumbre de salirme con la mía. Mi padre, que en paz descanse, añadía un tercero: «Christian no sabe perder, porque nunca ha practicado».

Tenían razón. Por eso, el miércoles por la mañana, dos días después de que Bella Rinaldi entrara en mi vida con su moño de monja y su artículo seiscientos nueve bis, yo estaba en mi despacho, de pie frente al ventanal, con una taza de café perfecto en la mano y un problema muy serio: no podía dejar de pensar en mi secretaria.

Y no, no era un problema de deseo. O no solo. Era un problema de método.

Yo soy un hombre de resultados. Cuando un perfume no vende, lo analizo, descubro por qué y lo arreglo. Cuando una campaña falla, desmonto cada pieza hasta encontrar el tornillo suelto. Bella era un tornillo suelto que se negaba a decirme dónde encajaba.

A las nueve en punto, Dante entró sin llamar. Siempre entra sin llamar. Es el único privilegio que le he concedido en quince años de amistad, y lo usa con la crueldad de un recaudador de impuestos.

—Tengo tu informe —dijo, dejando una carpeta sobre mi escritorio.

—Dime.

—Bella Rinaldi. Veintiocho años. Nacida en Bérgamo, criada en Milán. Estudió Administración de Empresas con matrícula de honor. Cuatro años de experiencia en una distribuidora farmacéutica, de donde se fue por voluntad propia. Sin antecedentes, sin deudas, sin escándalos. Alquila un apartamento pequeño cerca de Porta Venezia. Su única extravagancia registrada es una suscripción a una revista de crucigramas.

—¿Crucigramas?

—Crucigramas. De los difíciles.

Sonreí sin darme cuenta.

—Qué mujer tan rara.

—Es una mujer normal, Christian. Es normalísima. Es tan normal que me da miedo. —Dante se cruzó de brazos—. Hay un detalle interesante, eso sí. Hasta hace tres meses, en las redes sociales de su círculo, aparece una Bella muy distinta. Pelo suelto, vestidos, maquillaje. Una Bella que sonríe.

—¿Una Bella que sonríe?

—Pues sí. Hay una foto de una cena de cumpleaños donde parece otra persona. Te la he impreso.

Me tendió una hoja. La tomé con una indiferencia estudiada que no engañó a nadie, y la miré.

Se me secó la garganta.

La mujer de la foto reía con la cabeza echada hacia atrás, el cabello castaño cayéndole en ondas sobre los hombros, un vestido verde esmeralda y unos labios pintados de un rojo que yo, que había visto desfilar a las mejores modelos de Europa, no habría sabido mejorar. Sostenía una copa en una mano y, con la otra, abrazaba a dos mujeres que reían igual que ella.

Dos mujeres que, con un poco de atención, reconocí.

—Esas son…

—Fiorella y Stella —dijo Dante—. Sus mejores amigas. Las tres entraron en la empresa el mismo día, Christian. El mismo día. A las tres las contrató Recursos Humanos tras una llamada de última hora. ¿No te parece una coincidencia curiosa?

—Me parece una conspiración.

—Me parece que tienes razón.

Dejé la fotografía sobre el escritorio con mucho cuidado, como si pudiera romperse. Miré a Dante.

—Son tres mujeres que se han disfrazado de feas.

—Eso parece.

—Para entrar a trabajar en mi empresa.

—O para huir de algo. O de alguien.

—O de mí —murmuré, aunque me pareció absurdo que alguien se disfrazara de huir de un hombre al que todavía no conocía.

Dante me observó con cierta preocupación.

—Christian, te lo pregunto como amigo: ¿qué piensas hacer?

—Nada.

—Mientes.

—Voy a observar.

—Mientes peor.

—Voy a observar y luego actuaré.

Dante suspiró con la resignación de quien ha visto demasiadas veces la misma película.

—Si esa mujer se ha disfrazado, será por una razón. Y si ha jurado no enamorarse de ti, quizá deberías respetarlo.

—Dante.

—¿Qué?

—Si respetara los «no», no sería yo.

—Ese es precisamente el problema.

Se marchó murmurando algo sobre «niños malcriados» y «mujeres que merecen algo mejor». Y yo me quedé a solas con la fotografía, con la risa de aquella mujer desconocida que, curiosamente, me resultaba más conocida que la que tenía sentada a veinte pasos de mi puerta.

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Decidí que el mejor modo de estudiar al enemigo era observarlo en su hábitat natural.

Así que a las diez bajé al séptimo piso, al departamento de mercadotecnia, con el pretexto de revisar la campaña de los labiales. Era un pretexto muy razonable. Un presidente debe interesarse por sus campañas. Que el departamento de mercadotecnia tuviera, desde el lunes, una nueva asistente llamada Fiorella era una simple casualidad.

Entré con mi paso habitual, el de «aquí manda el que manda», y encontré al director de mercadotecnia, Enzo Barbieri, inclinado sobre su escritorio, midiendo la temperatura de un café con un termómetro de cocina.

—Sesenta y cuatro —murmuraba—. Sesenta y cuatro. Falta uno.

—Enzo.

Dio un brinco tan grande que el café salió volando y aterrizó en una estantería de patitos de goma. Seis patitos amarillos quedaron salpicados de espuma.

—¡Señor Sinclair! ¡Qué honor! ¡Qué sorpresa! ¡Qué…! —se le cayeron las gafas, las recogió, se las puso del revés y las corrigió—. ¡Qué puntual!

—Solo venía a ver cómo avanzaba la campaña de los labiales.

—Ah, avanza, avanza. La sinergia es magnífica. Estamos posicionando la marca en un nicho de alto valor emocional. Mire, justo estaba explicándole a la nueva asistente… ¡Fiorella!

Y entonces la vi salir del fondo del despacho, con una pila de carpetas en los brazos, una blusa tres tallas grande y unas gafas casi idénticas a las de Bella. Al verme, se quedó paralizada como un ciervo frente a los faros de un coche.

—Señor Sinclair —dijo, en un hilo de voz.

—Señorita Fiorella.

—¿Cómo… cómo sabe mi nombre?

—Sé el nombre de todos mis empleados.

Era mentira. Pero fue una mentira muy bien recibida, porque Fiorella se puso del color de una granada y dejó caer una carpeta.




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