Christian.
Hay hombres que lo saben todo antes que nadie. Yo me enorgullezco de ser uno de ellos, y no por sabiduría, sino por la nariz.
Soy perfumista. Llevo quince años distinguiendo, a ciegas, mil doscientas fragancias, y puedo decir sin jactancia que, si una mujer cambia su aroma en una sola nota de salida, me doy cuenta antes de que ella misma lo sospeche. Por eso, una mañana de principios de febrero, tres meses después de la boda más ruidosa de la historia de Capri, estando en la cocina de nuestra villa de Bérgamo, con una taza de café en la mano y el sol entrando por los ventanales sobre los olivos, la vi aparecer en bata, con el pelo revuelto, los ojos hinchados y un frasco de Nutella en la mano, y supe, con una certeza absoluta, que mi esposa llevaba a mi hijo en el vientre.
No me lo dijo nadie. Me lo dijo el aire.
Tenía una nota nueva. Muy leve. Un aroma dulce, tibio, redondo, entre leche tibia y flor de naranjo, que no había estado allí el día anterior y que se mezclaba con su perfume de siempre, jazmín y lavanda, como un acorde que de pronto adquiere un bajo. Lo reconocí en el acto, aunque jamás lo había olido. Es una de esas cosas que, simplemente, se saben.
—Buenos días, mi vida —dije, con la voz más natural del mundo.
—Buenos días —murmuró ella, y se metió una cucharada de Nutella en la boca con una expresión de culpa—. Es que… tenía hambre.
—Son las siete y diez.
—Es una hambre madrugadora.
—Es el tercer frasco de esta semana.
—Es una… una fase.
—Claro.
Le sonreí. Ella me miró con sospecha. Y yo, con la discreción de un diplomático, di un sorbo de café y miré por la ventana, hacia el gallinero donde Ramiro, el gallo de la hermana Ottavia (que se había quedado a vivir con nosotros, no pregunten cómo), me observaba con aire de saber más de lo que decía.
Mi madre ya lo había notado el domingo anterior. Dante, el martes. Aurelio, por una cuestión de bigote, el miércoles. Ludovica lo supo, según mis cálculos, el mismo día en que ocurrió, porque desde entonces dormía sobre la almohada de Bella con una bufandita de punto de color blanco y rosa que Fiorella, con una puntería sospechosa, había tejido el mes anterior.
Pero nadie dijo nada. Hicimos entre todos un pacto de silencio tan sólido que habría enorgullecido a una orden trapense. Porque queríamos que fuera ella quien nos lo dijera. A su manera. A su ritmo. Con el desastre correspondiente.
Lo que no sabíamos era que otro lo iba a decir antes.
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Debo explicar lo que sigue con el rigor de un notario, aunque no lo presencié en directo. Lo reconstruyo a partir de los testimonios de Stella, Fiorella, Dante, Aurelio, el doctor Ernesto, tres peregrinas y una grabación de Canale Cinque, que me fue facilitada por Gianni Gianni previa firma de un contrato de confidencialidad que ya ha incumplido en dos ocasiones.
Todo empezó el lunes a las diez y cuarto de la mañana, en el despacho de la farmacia de Bérgamo, donde mi esposa, con un abrigo gris, unas gafas de sol, un pañuelo en la cabeza y un bigote postizo que le había prestado Fiorella, entró a hurtadillas y compró una pequeña caja azul, discretamente, mirando a ambos lados. Tenía un retraso de once días. Once. Los había contado en un calendario de la nevera, con un rotulador rojo y una cara de pánico que me había partido el alma desde detrás de una puerta.
—Una caja de… eh… algo —dijo, con voz de barítono.
—¿De algo? —preguntó el boticario.
—Para… una amiga.
—Ya.
—Que tiene un… un malestar.
—Entiendo.
—De los que… ¿cómo decirlo?
—¿De los que se resuelven con una raya o dos?
—…
—Sale a dieciocho euros.
Pagó. Salió corriendo. Se escondió en un portal. Abrió la bolsa de papel. Miró la caja. Respiró hondo. Y en ese instante, a diez metros de distancia, apoyado en la pared de un edificio, con un periódico en la mano y un estetoscopio asomando por el bolsillo de la bata, el doctor Ernesto, cardiólogo de profesión y cotilla de vocación, que había ido a Bérgamo a visitar a su tía Carmela, la vio.
—Hija —dijo, acercándose—. ¿Qué haces aquí con bigote?
—Nada.
—¿Qué llevas en la bolsa?
—¡Nada!
—¿No será… —bajó la voz— …lo que creo?
—¡Doctor!
—Perdona. Es mi vocación.
—¡Es un asunto privado!
—Claro, claro. —Sonrió con una ternura inmensa—. Pero permíteme una observación profesional. Hace tres semanas, en la boda, te tomé el pulso sin querer cuando te mareaste en la escalera.
—¿Y?
—Y noté algo extraño.
—¿Qué?
—Una cadencia doble.
—¿Cómo?
—Que oí dos latidos.
—¡Eso es imposible!
—Era un eco muy tenue. Casi imperceptible. Pero soy cardiólogo.
Bella se quedó paralizada. Se le cayó el bigote. Se llevó una mano al vientre con una expresión de pánico absoluto.
—Doctor —susurró—. Por favor. No se lo diga a nadie.
—Mi querida niña.
—Prométamelo.
—Soy un hombre de palabra.
—¡Júremelo!
—Te lo juro por el Hipócrates.
Se estrecharon la mano. Ella se marchó corriendo. Él se quedó mirándola con los ojos húmedos, con la mano en el corazón y una sonrisa de felicidad inmensa. Se alisó el pelo. Dio tres pasos. Se detuvo. Cogió el móvil. Marcó un número. Y con la voz temblorosa, rota de emoción, le dijo a su tía Carmela, que justo en ese momento servía cafés a doscientos periodistas en la acera de enfrente:
—Tía. No te lo vas a creer.
Fue una catástrofe.
A los cinco minutos, Carmela, que tiene un contrato de colaboradora con tres televisiones, se lo contó a la camarera del bar de la esquina. A los diez, la camarera se lo dijo al repartidor de pan. A los quince, el repartidor al párroco. A los veinte, el párroco a la señora de los rulos. A los veinticinco, la señora de los rulos a una peregrina de Verona. A los treinta, la peregrina a una monja. A los treinta y cinco, la monja a la hermana Ottavia, que estaba en ese momento en una misa en Bérgamo y que, al oírlo, soltó tal grito de alegría que se cayó del banco. Y a los cuarenta, desde un megáfono dorado, con una peluca torcida y los ojos rebosantes de lágrimas, Gianni Gianni anunció en directo, en todos los canales de Italia, con una voz de trompeta: