Bella.
Hay entradas triunfales y entradas desastrosas. La mía a la trattoria de Nonna Pina fue una tercera categoría, que los expertos en comportamiento humano todavía no han tenido el valor de clasificar: llegué por la puerta de atrás, rodando sobre un monopatín robado, con una bata de flores empapada, media sandía en la cabeza, tres peces de colores en el bolsillo y una rana viva agarrada al cuello del poncho.
—Buenos días, Nonna —dije, derrapando sobre las baldosas de la cocina.
Nonna Pina, que removía un perol de lentejas con una cuchara de madera, ni se inmutó. Me miró de arriba abajo con sus ojos de águila, olfateó el aire y asintió despacio.
—Fuente.
—Fuente —confirmé, con la voz rota.
—La de la plaza de San Babila.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque tienes un pez de colores en el bolsillo y es de los que venden allí. Siéntate.
Me desplomé sobre un taburete junto a los fogones. La rana saltó de mi hombro a una olla vacía. Los peces, ya fuera del bolsillo, nadaban de un lado a otro en el cuenco de las patatas que Nonna Pina me había puesto delante sin preguntar. El monopatín, abandonado contra la pared, giraba lentamente sobre sí mismo con un zumbido de ruedas cansadas.
—¿Y el hombre? —preguntó Nonna Pina, sin dejar de remover.
—¿Qué hombre?
—El que te persigue.
—Nadie me persigue.
—Hija, llevas la sandía en la cabeza como una corona y la cara de una novia que ha huido del altar. Alguien te persigue.
—Me ha dicho que no me va a seguir más.
La cuchara de madera se detuvo en el aire. Nonna Pina me miró con una ceja arqueada, como la recepcionista de Sinclair Company pero con cuarenta años más de experiencia.
—¿Y te ha creído, tu corazón?
—No digas esas cosas, Nonna.
—Es un hombre muy listo.
—Es un manipulador.
—Es un hombre listo y manipulador. La peor combinación.
—¡Eso digo yo!
—Y la mejor para una mujer decidida.
—¡Nonna!
—Come las lentejas.
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Stella y Fiorella llegaron a las diez y veinte, jadeando como si hubieran corrido tres maratones, con las bufandas torcidas, los bolsos abiertos y un montón de ropa encima, porque habían salido del trabajo sin ponerse bien el abrigo. Fiorella traía además un patito de goma en cada mano, regalo de su jefe, el hombre del termómetro.
—¡Presidenta! —gritó, y se lanzó a abrazarme con tanta fuerza que me sacó el aire—. ¡Estás viva!
—Estoy viva.
—Por favor, no vuelvas a hacer eso.
—No lo he hecho a propósito.
—Lo de la azotea, lo de la plataforma, lo del rápel, lo del carrito… ¡Se ha enterado hasta mi tía de Siena!
—Estamos en la televisión —confirmó Stella, desplomándose en una silla—. En los telediarios, en las radios, en los periódicos, en los carteles del metro. Hay un grupo de fans que se hace llamar «Las Gallinas Tristes» y ya tienen doscientos mil miembros.
—No puede ser.
—Y un señor de Nápoles que ha empezado a vender gallos tristes de peluche.
—¿Con uvas?
—Con uvas de plástico y un poncho diminuto.
Escondí la cara entre las manos. Detrás de mí, Nonna Pina, sin pedir permiso, sirvió tres platos de lentejas más, una jarra de vino y un plato de queso pecorino que olía a gloria bendita. Después apagó el fuego, se secó las manos en el delantal y se retiró a un rincón de la cocina con una silla y una labor de punto, como quien se prepara para ver una película.
—Seguid, seguid —dijo—. No me hagáis caso. Soy un mueble.
—Nonna, es una reunión privada del club —dijo Stella.
—Lo sé.
—Con información confidencial.
—Lo sé.
—Si se queda, deberá jurar.
—Juro.
—¿Qué jura?
—Todo lo que haga falta.
Stella se encogió de hombros. Después se enderezó en la silla, golpeó la mesa con el puño y adoptó su voz de general de campaña.
—Declaro abierta la sesión extraordinaria número dos del Club de las Feas. Orden del día: la crisis Sinclair.
—Secundo —dijo Fiorella.
—Yo también —murmuré.
—Primer punto: análisis de la situación. Bella, ¿cuántas veces has huido de ese hombre en los últimos seis días?
—No lo he contado.
—Yo sí —dijo Fiorella, sacando una libreta—. Veintidós.
—¿Veintidós?
—Contando las pequeñas. Lo del baño, lo del armario, lo del semáforo, lo de la estatua, la fuente, el montaplatos, la cocina, el laberinto, el pintalabios, el cisne, el yate, el embarcadero, el autobús, el pueblo, el toro, el ascensor, el conducto, las escaleras, la azotea, la plataforma, el rápel y el monopatín.
—Veintidós huidas —repetí, desolada.
—Veintidós huidas fracasadas.
—No fracasadas —protesté—. Algunas tuvieron éxito parcial.
—Todas terminaron en sus brazos.
—Es una coincidencia.
—Es un patrón —dijo Stella, y se inclinó sobre la mesa, con los ojos brillantes de un científico a punto de formular una teoría—. Escucha, presidenta. El problema no es que él te persiga. El problema es que cada vez que tú escapas, creas una narrativa. Un episodio. Una historia. Y los guapos, como los gatos, no pueden resistir una historia.
—¿Qué quieres decir?
—Que si quieres que te deje en paz, debes dejar de ser interesante.
—¡Pero si ya intenté ser invisible! ¡Con el poncho, el sombrero, las uvas…!
—Y funcionaste de maravilla como icono de moda.
—Es verdad —añadió Fiorella con pesar—. Hay un diseñador de Milán que ha presentado una colección inspirada en tu gallo triste.
—No necesito saber más.
—Se llama «Cacareo Ilustrado».
—¡Fiorella!
—Perdona.
Stella levantó una mano para imponer silencio. Se quitó las gafas, las limpió con el borde de la bufanda, se las volvió a poner y pronunció, con una lentitud teatral que me puso los pelos de punta:
—Necesitamos una repulsión absoluta.
—¿Cómo?
—No una repulsión social. Ni emocional. Ni moral. Una repulsión biológica. Visceral. Instintiva.