El club de las feas.

Capítulo 18: El arte de esperar.

Capítulo 18: El arte de esperar.

Christian.

Esperar es mucho más difícil que perseguir. Nadie me lo había dicho antes, y habría agradecido que alguien lo hiciera.

Perseguir tiene movimiento, adrenalina, una lógica sencilla: ella corre, yo corro, y alguno de los dos acaba cayendo en una fuente. Esperar, en cambio, consiste en sentarse en un sillón de cuero frente a un ventanal con una taza de té frío, mirar las nubes pasar y fingir una serenidad que no se tiene.

Llevaba cuatro días practicándolo. Desde el martes, cuando desperté en el suelo de mi despacho con la cabeza en el regazo de Dante, la nariz en carne viva y la sensación de haber sido atropellado por una caravana de sardinas, no había hecho otra cosa. Dante, por cierto, me había gritado «¡Está vivo!» con tal alivio que la recepcionista de la ceja arqueada tuvo que traerle un vaso de agua.

—¿Qué ha pasado? —había preguntado yo.

—Te has desmayado.

—¿Por qué?

—Por oler el frasco.

—Ah. Es verdad.

—¿Te dolió?

—Un poco. Pero mereció la pena.

—Christian, eres un enfermo.

Ahora, el sábado por la mañana, estaba sentado en el sillón que había hecho instalar frente al ventanal, con las piernas cruzadas, la nota de Bella enmarcada en plata sobre una mesita auxiliar y, en el alféizar, a medio metro de mi codo, una paloma gris y gorda llamada Ludovica que había decidido instalarse allí en régimen de pensión completa.

—Buenos días, Ludovica —dije.

La paloma ladeó la cabeza.

—¿Has dormido bien?

Arrulló.

—Yo no. He soñado con un ascensor.

Volvió a arrullar, con un tono muy comprensivo.

—Eres la única que me entiende.

—Christian —dijo Dante desde la puerta, con los brazos cruzados—, estás hablando con un ave.

—Es un ave de gran sensibilidad.

—Es un ave que ha destrozado tres trajes míos.

—Es su forma de expresar afecto.

—Es una plaga con plumas.

—Es la única testigo de la huida número veintitrés.

Dante entró en el despacho arrastrando los pies. Traía bajo el brazo una revista de crucigramas que, por lo visto, había encontrado en el cajón de Bella. La dejó sobre mi mesa con un gesto de resignación.

—Para que te distraigas.

—Gracias.

—Es de los difíciles.

—Lo sé.

—¿Cuántas definiciones has resuelto?

—Una.

—¿Cuál?

—«Sentimiento que mueve a esperar lo imposible. Siete letras.»

—Esperanza.

—Tiene ocho.

—¿Cuál es entonces?

—Pasión. Pero no encaja con las verticales.

—Pues déjalo.

—No puedo.

—Christian, llevas cuatro días en este despacho. No has ido a casa. Has dormido en el sofá. Has rechazado una reunión con los inversores de Dubái. Has cancelado la cena con la ministra. Y has convertido a una paloma en tu confidente.

—¿Y?

—Que estás obsesionado.

—Estoy esperando.

—Es lo mismo.

—No lo es.

—¿Cuál es la diferencia?

—Que esperar es más elegante.

Dante soltó una risa corta, sacudió la cabeza y se dejó caer en la silla de las visitas.

—¿Y qué has hecho con tanto tiempo libre?

—He intentado distraerme.

—¿Cómo?

—He probado el yoga.

—¿Con quién?

—Con una instructora que Dante, perdona, Gemma, contrató.

—¿Y qué tal?

—Entró en la sala, olfateó el aire, dijo «namasté» con la voz estrangulada y se desmayó en la postura del perro boca abajo.

—El aroma de Bella sigue en las alfombras.

—Es una fragancia muy persistente.

—Es una catástrofe química.

—Después probé la cerámica.

—¿La cerámica?

—Hice instalar un torno en la sala de juntas. Fabriqué un jarrón.

—¿Dónde está?

—Reventó.

—¿Por qué?

—Porque lo cocí en el horno de la cafetería.

—Pero el horno de la cafetería es para croissants.

—Eso me dijeron luego.

—¿Y después?

—Probé la meditación.

—¿Cómo salió?

—Terminé a gritos y con el pelo lleno de plumas. Ludovica se ofendió.

—Madre mía.

—Por eso he vuelto al sillón.

Hubo un silencio compasivo. Dante apoyó los codos en las rodillas, me miró con una ternura que ni siquiera intentaba disimular y murmuró, con una voz bajita que no le conocía:

—Podrías mandarle unas flores.

—No.

—Una carta.

—No.

—Un mensaje.

—Le prometí que no la buscaría.

—Un mensaje no es buscarla.

—Es una forma de decir «aquí estoy».

—¿Y no lo estás?

—Por eso mismo. No hace falta decirlo.

—¡Ay, Christian! —Se llevó las manos a la cabeza—. Eres imposible.

—Soy un caballero.

—Eres un loco con modales.

La puerta se abrió con un golpe seco. Entró Aurelio con la gorra en la mano, los ojos muy abiertos y las mejillas encendidas por una carrera reciente. El bigote le temblaba como un metrónomo.

—Señor.

—Aurelio.

—Tengo noticias.

—Si son de ella, no las quiero.

—Son de su madre.

—Peor todavía.

—Está en un camión de queso.

Se me cayó la taza de té. Ludovica salió volando hacia el techo. Dante, a mi lado, se puso en pie de un salto.

—¿Cómo que en un camión de queso?

—La señora Donatella me llamó hace diez minutos.

—¿Desde dónde?

—Desde un camión de reparto que baja de un convento en los Alpes. Dice que lleva en la caja una carga muy valiosa.

—¿Cuál?

—Una mujer con un poncho mostaza y una rana.

Cerré los ojos. Me llevé los dedos al puente de la nariz. Conté hasta diez, como me enseñó mi terapeuta, un hombre de cabellos grises y sonrisa de mártir al que hacía dos años que no veía.

—Mamá.

—Sí, señor.

—Ha ido a buscarla.

—Sí, señor.

—Yo le dije que no lo hiciera.

—No, señor. Usted dijo que no iría usted.

—Es verdad.

—Y la señora tiene una lógica muy particular.

—Lo sé.

—Me ha pedido que le comunique un mensaje.

—Dímelo.

—«Hijo, enciende el teléfono y no te muevas del sillón».




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