El club de las feas.

Capítulo 19: Trece frascos de Nutella.

Capítulo 19: Trece frascos de Nutella.

Bella.

Quiero dejar constancia de que en mi vida he hecho cosas de las que me arrepiento, pero ninguna tanto como subirme a una lancha de rafting con un velo de novia en la cabeza.

El río Adda, que desde la distancia parece un hilito plateado de postal, es en realidad una serpiente furiosa de agua helada que se agita, ruge y escupe espuma blanca contra todo lo que se le pone por delante. Yo lo descubrí a los cuarenta segundos de aterrizar sobre la goma amarilla, cuando el instructor de la escuela de rafting, un muchacho de pelo rubio y sonrisa deportiva llamado Tiziano, me miró con los ojos desorbitados y gritó:

—¡Señora! ¿Qué hace usted en mi barca?

—¡Huyendo!

—¿De qué?

—¡De todo!

—¡No tiene casco!

—¡Tengo un velo!

—¡Eso no protege!

—¡Es de seda!

—¡Siéntese y agárrese a la cuerda!

Me senté entre seis turistas alemanes con trajes de neopreno naranja, cascos de plástico y remos de dos metros, que me miraron con una mezcla de curiosidad y de reverencia. El más corpulento, un señor calvo de bigote rubio, levantó una ceja y preguntó en un italiano de manual:

—¿Es usted la mujer del gallo?

—No.

—Es usted.

—No soy nadie.

—Mi esposa tiene un poncho igual.

—Qué casualidad.

—Dice que es una heroína.

—Es una exagerada.

—¡Atención, remeros! —gritó Tiziano—. ¡Rápido a la vista! ¡Remen a la derecha!

—¡Yo no tengo remo! —protesté.

—¡Pues use las manos!

—¡Las tengo ocupadas!

—¡Con qué!

—¡Con una rana!

Era cierto. La rana, que había sobrevivido a trenes, autobuses, camiones de queso, campanarios y a un rápel por la fachada de una iglesia, se había agarrado a mi hombro con una determinación de percebe y croaba a todo pulmón, como si hubiera nacido para la navegación fluvial.

La primera cascada fue un trámite. La segunda, un bautismo. La tercera, un juicio final. Recuerdo un muro de agua blanca que se alzaba delante de la proa, un grito colectivo de «¡Wasser!» (los alemanes, siempre previsores), una sacudida espantosa, un vuelo corto por los aires y un aterrizaje de espaldas sobre las piedras mojadas de una orilla, con el velo enrollado alrededor de un pie y la sensación de que cada hueso de mi cuerpo estaba escribiéndome una carta de dimisión.

—¡Señora! —gritaba Tiziano, a lo lejos—. ¿Está viva?

—Creo que sí —dije, tosiendo agua.

—¡Quédese ahí! ¡Vamos a buscarla!

—¡No hace falta!

—¡Es el protocolo!

—¡Yo no creo en los protocolos!

Me levanté tambaleante, me sacudí el barro del poncho y eché a andar por la orilla hasta que, a unos cien metros, tras una curva del río, encontré un pequeño embarcadero de madera donde un hombre de unos sesenta años, con boina, jersey de lana y una caña de pescar, contemplaba el agua con la serenidad de un monje.

—Buenos días —dijo, sin volverse.

—Buenos días.

—¿Viene usted de lejos?

—De bastante.

—Parece cansada.

—Es una semana difícil.

—¿Quiere un bocadillo?

—Con mucho gusto.

Era un bocadillo de sardinas con tomate. Estaba divino. El pescador, que se llamaba Nando, me explicó que llevaba cuarenta años en aquel embarcadero sin pescar un solo pez, porque «el pescar no es de peces, sino de paz». Le conté, con la boca llena, que me había escapado de un convento, de un camión de quesos y de una iglesia, y que ahora me buscaban trescientas mujeres con ponchos mostaza. Asintió con calma.

—Una vez me persiguió una vaca —dijo.

—¿Y qué hizo?

—Me hice amigo.

—Eso no funcionará con trescientas mujeres.

—Puede que sí.

Y fue entonces cuando oí un claxon. Un claxon grave, familiar, atronador, que reconocí al instante. Sobre el puente que cruzaba el río aparecieron dos figuras corriendo, con las bufandas al viento, los bolsos balanceándose y los gritos de siempre.

—¡Presidenta! —aullaba Fiorella, saltando una valla—. ¡Presidenta, estamos aquí!

—¡Bella, no huyas! —gritaba Stella—. ¡Somos nosotras!

—¡Traéis un coche?

—¡Un Fiat Panda!

—¡Perfecto!

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El Fiat Panda de Stella tenía veintitrés años, una abolladura en el parachoques, un pegatina de «Forza Napoli» en la luna trasera que nadie sabía de dónde había salido y una calefacción que solo funcionaba en dirección contraria: soplaba aire frío en invierno y aire caliente en verano. Aquella mañana de domingo, con diez grados bajo cero en las montañas, soplaba un vapor ardiente que nos tuvo a las tres con las ventanillas bajadas durante todo el trayecto a Milán.

—Escuchadme —dijo Stella, al volante, con las gafas empañadas—. Tenemos un problema.

—Solo uno —murmuré, abrazada a una manta que olía a perro mojado.

—Donatella nos ha invitado a la cena.

—¿A vosotras también?

—A las tres. A las ocho, en su casa de Nápoles. Con trajes de gala.

—¿Cuándo os lo dijo?

—Ayer por la tarde. Nos llamó a la oficina. Con una voz que daba escalofríos.

—¿Y qué le dijisteis?

—Que lo pensaríamos.

—Y ella…

—Dijo: «Doce Nutellas. Con lacito».

—Eran trece —corrigió Fiorella desde el asiento trasero.

—Eran trece cuando hablé con Bella —dijo Stella—. A nosotras nos dio doce.

—¡Es una discriminación!

—Es una estrategia comercial.

—¿Y qué pensáis hacer?

Stella tomó una curva con un chirrido de neumáticos y un frenazo que lanzó a Fiorella contra el respaldo.

—Esto es un asunto del club.

—Lo sé.

—Hay que decidir si vamos o no vamos.

—Yo no voy.

—Yo tampoco —dijo Fiorella.

—Yo tampoco —repitió Stella, pero con tal pesar que me giré hacia ella.

—¿Por qué lo dices así?

—Porque tengo una duda.

—¿Cuál?

—Una duda profesional.

—¿Profesional?

—Como contable. Estoy acostumbrada a calcular riesgos. Y mi análisis dice que si no vamos, Donatella seguirá persiguiéndote por todos los rincones de Italia con camiones de queso, peregrinas y sacerdotes ancianos.




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