El club de las feas.

Capitulo 39: La novia que no huyó.

Capitulo 39: La novia que no huyó.

Bella.

Hay mujeres que se despiertan el día de su boda con una sonrisa de ángel, un moño perfecto y la serenidad de quien lleva toda la vida esperando ese instante. Yo me desperté a las seis y diez de aquel sábado en una habitación de la pensión de doña Immacolata, en Capri, con el pelo de nido de águila, una rana dormida sobre mi almohada, el estómago hecho un nudo y una única frase retumbándome en la cabeza como una campana: «Hoy me caso, y no sé dónde están mis sandalias ortopédicas».

—No pasa nada —me dije, incorporándome de golpe—. Es normal. Todas las novias tienen un pánico escénico.

La rana abrió un ojo. Me miró con una expresión de profundo escepticismo.

—Respira, Bella. Estás tranquila. Estás serena. Estás…

Llamaron a la puerta con tres golpes secos.

—¿Quién es?

—¡El comité de belleza! —respondió una voz de contralto.

Se abrió la puerta y entró, como un huracán, un ejército. Giada Bellandi, con una bata de seda y una bolsa de maquillaje del tamaño de una maleta. Su modisto, un caballero de pelo plateado y bufanda de lunares llamado Gianluca, que hacía de nuevo acto de presencia con una libreta y una cinta métrica. Donatella, con su sombrero de ala ancha, sus perlas y un cuaderno de tapas rojas con el título «Operación Boda». Stella, con una carpeta, unas gafas de montura fina y la expresión resuelta de una contable en día de balance. Fiorella, con una bandeja de croissants, un patito de goma con velo de novia y los ojos llenos de lágrimas. Doña Immacolata, con una cesta de rosquillas y unos rulos del tamaño de latas de conserva. Y, tras ellas, abriéndose paso a codazos, tres señoras mayores de Bérgamo que no había visto en mi vida, aunque una de ellas, con un callo visible bajo la media, me gritó desde el fondo con los brazos abiertos:

—¡Bellina!

—¿Tía Concetta?

—¡Mi niña!

Me abrazó con tanta fuerza que me crujieron las costillas. Olía a naftalina, a pan tostado y a colonia de lavanda. Detrás de ella, con los ojos húmedos y la barbilla temblorosa, asomaron mi madre, con su moño y su chaqueta de domingo, y mi padre, con su bigote de morsa y un traje oscuro que le quedaba pequeño. Los dos me miraron durante un largo instante sin decir una palabra. Después, mi padre se aclaró la garganta, se quitó las gafas, las limpió con la corbata, se las puso de nuevo y murmuró con una voz rota:

—Hija. Estás más delgada.

—Papá, no es el momento.

—Te han tratado mal.

—No, papá.

—Mira que huir por toda Italia.

—Papá.

—Ese hombre tiene buena planta —dijo, tras una pausa—. Pero si te hace sufrir, le pego.

—Papá, es el presidente de una empresa.

—Le pego con respeto.

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Voy a describir el vestido, porque merece figurar en los anales de la historia de la moda italiana, o al menos de la lista de mis recuerdos más queridos.

Era blanco. No un blanco frío de hospital, sino un blanco cálido, de marfil, de nata, de luz de madrugada. De tul y seda, sin una sola lentejuela, con un corpiño ajustado de encaje antiguo, finísimo, que abrazaba los hombros y dejaba la espalda cubierta por una red de flores bordadas, y una falda larga, amplia, ligera, de varias capas de tul que flotaban a cada paso como la espuma de una ola. Tenía un velo largo de tul de seda, sujeto a la cabeza con la peineta de nácar de la noche de la cena, que caía como una cascada hasta los pies. Y en las mangas, que Giada había diseñado como un guiño, un homenaje y una venganza a partes iguales, llevaba dos globos diminutos de tul, ligeros, abullonados, que se podían quitar con un cierre de cremallera si la novia lo deseaba.

—Son una broma —dijo Giada, con una sonrisa de campanilla.

—Son preciosas —susurré, con los ojos llenos de lágrimas.

—Fiorella insistió.

—¡Sin ellas no sería tu vestido! —sollozó Fiorella.

Cuando me lo pusieron, entre cuatro manos, con una precisión de ejército, y me colocaron frente al espejo de cuerpo entero que doña Immacolata había arrastrado desde el comedor, contuve la respiración.

La mujer del espejo era alta, delicada, luminosa. Tenía los ojos dorados, enormes, con una sombra suave de color miel, las mejillas con un rubor tímido, los labios de un rosa pálido y el pelo recogido en un moño bajo y suelto, del que escapaban algunos mechones rizados que enmarcaban su rostro. Llevaba el vestido como si lo hubiera llevado toda la vida. Parecía una de esas novias de las estampas antiguas, de las que sonríen con una mezcla de pudor y de felicidad.

Parecía otra persona. Y sin embargo, por primera vez en toda mi vida, parecía yo.

—Dios mío —susurró Stella, con la voz quebrada—. Presidenta.

—Dimisionaria —corregí.

—Bella —dijo Fiorella, llorando a moco tendido—. Estás… estás…

—¿Qué?

—¡Estás tan guapa que me dan ganas de quitarte la rana!

—¡Ni se te ocurra!

La rana, sobre mi hombro, con un lacito diminuto de tul, croó con una dignidad ofendida.

Las lágrimas se me desbordaron. Mi madre me abrazó. Mi tía Concetta me dio un beso de bigote. Doña Immacolata me puso en las manos un ramo de rosas blancas, camelias, hojas de olivo y espigas de trigo, atado con una cinta verde. Donatella, con los ojos brillantes y el sombrero torcido, me tomó las manos entre las suyas y dijo, con una voz que jamás había oído en ella:

—Querida. Hace cuarenta días vi entrar a una mujer en un camión de queso y pensé: «Ahí va mi nuera». Y no me equivoqué.

—Donatella…

—Cuida de mi hijo.

—Lo haré.

—Y que él cuide de ti. Y si no lo hace, me lo dices a mí.

—Yo le pego —dijo mi padre, desde el fondo.

—Con respeto —añadió mi tía.

Entonces ocurrió. Fue un segundo. Un solo segundo. Entre la risa, las lágrimas, los abrazos y el olor a tul y a flores, sentí que algo me subía por la garganta, un cosquilleo antiguo, un reflejo de veintisiete huidas, una voz interior que susurraba con una claridad espantosa: «Corre».




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