Bella.
Existen decisiones que una toma con la cabeza fría y otras que toma con la rana caliente. La mía, aquella mañana de domingo, fue echar a correr hacia un acantilado de Capri con un anillo de latón incrustado en el dedo anular, sin tener la menor idea de lo que había al otro lado.
Lo que había era una escalera. Novecientos y pico peldaños de piedra blanca, tallados en la roca viva por los antiguos griegos, que descendían en zigzag hacia el mar entre buganvillas, lagartijas y turistas con sombrero de paja. Los bajé a una velocidad que ningún traumatólogo recomendaría, con el vestido de menta hecho jirones, la sábana de la furgoneta ondeando en mi cintura como una capa de superhéroe y la rana agarrada a mi hombro con la placidez de una pasajera de primera clase.
—¡Cuidado, señora! —gritó un alemán con mochila.
—¡Perdón!
—¡Va usted muy rápido!
—¡Es mi naturaleza!
—¿Es una novia?
—¡No!
—Lleva un anillo.
—¡Es un accidente!
—Y un velo.
—¡Es de otra!
—¡Qué romántico!
—¡No es romántico, es una condena!
Llegué al pie de la escalera con las rodillas temblando y los pulmones en llamas. Me apoyé contra una pared de piedra, jadeando, y por fin me atreví a mirarme la mano. El anillo seguía allí. Pequeño, redondo, de latón gastado, con su cristal rojo del tamaño de una avellana brillando con una alegría insultante bajo el sol de la mañana.
—Muy bien —le dije—. Eres un anillo. Yo soy una persona. Tenemos que llegar a un acuerdo.
El anillo no contestó.
—Voy a quitarte con jabón.
Nada.
—Con aceite.
Nada.
—Con un martillo.
Una gota de sudor me cayó por la nariz. Miré a mi alrededor. Estaba en la Marina Grande, el puerto principal de la isla, un semicírculo de casas de colores, barcas de pescadores, terrazas de restaurantes y puestos de recuerdos. Era domingo. Las campanas de la iglesia repicaban a lo lejos. La gente paseaba en pantalones cortos y sandalias, con helados en la mano. Nadie sabía todavía quién era yo.
Esa era la buena noticia. La mala llegó a los diez segundos.
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La pescadería de don Gennarino era un tenderete de madera pintado de azul, con un toldo a rayas, una vitrina rebosante de hielo picado y un letrero escrito a mano que decía: «Pescado fresco, sardinas, consejos y apoyo emocional». Detrás del mostrador, con un delantal de plástico, botas de goma y unos brazos que parecían dos jamones serranos, un hombre de sesenta años me observó llegar con la ceja arqueada.
—Buenos días, signorina.
—Buenos días. ¿Tiene hielo?
—Mucho.
—¿Podría meter mi dedo en él?
—¿El anular izquierdo?
—Sí.
—¿Con un anillo de latón con un cristal rojo?
Me quedé helada, a pesar de que todavía no había tocado el hielo.
—¿Cómo lo sabe?
—Lo ha dicho la radio.
—¿La radio?
—Radio Capri Libera. A las nueve y cuarto.
—¿Y qué ha dicho?
—«Última hora: la novia del anillo de la abuela de Totò huye hacia el acantilado. Se ruega a los vecinos que la ayuden con cariño.»
—¡Es un desastre!
—Es una noticia local.
—¡Yo no soy una novia!
—Lleva velo.
—¡Es una sábana!
—Y un anillo.
—¡Es una trampa!
—Le deseo toda la felicidad del mundo —dijo don Gennarino, con los ojos húmedos, y me tendió un cubo de hielo picado—. Meta el dedo.
Lo metí. Esperé un minuto. Dos minutos. Tres. Mi dedo, cubierto de escarcha, se puso morado. El anillo, indiferente, siguió brillando. Don Gennarino, concentrado, me envolvió la mano con un trapo y empezó a tirar.
—¡Ay!
—Aguante.
—¡Que me arranca el dedo!
—Es un anillo muy terco.
—¡Es un anillo de carácter!
—Lo dijo Totò.
—¡Pues Totò es un pirata!
—Y su abuela era una santa.
—¡No me sirve de nada!
Tiró con toda su fuerza. Yo tiré en sentido contrario. El trapo se rompió. Don Gennarino salió despedido hacia atrás, aterrizó sobre una caja de sardinas y quedó tendido entre cien peces plateados con una expresión de infinita serenidad.
—Lo siento, hija —murmuró—. Hay cosas que están escritas.
—¡Está escrito en latón!
—Es lo mismo.
Salí corriendo mientras tres pescadores acudían a socorrerlo y un cuarto, desde una barca amarrada al muelle, gritaba por un megáfono: «¡Está en la pescadería! ¡Que nadie se mueva!».
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La farmacia del doctor Esposito tenía un mostrador de mármol, una pared de cajones de madera con etiquetas de porcelana y un farmacéutico de bata blanca, gafas de media luna y pelo cano, que me recibió con una reverencia.
—Pase, pase, señorita. La estaba esperando.
—¿También lo ha oído por la radio?
—Y por la televisión.
—¿Salimos en la televisión?
—Hay un helicóptero filmando desde las nueve.
—¡El de Donatella!
—Es un equipo de Canale Cinque.
—Madre del cielo.
—Pero no se preocupe. Tengo la solución.
Abrió un cajón con una llave de plata. De su interior sacó un tubito de crema blanca con una etiqueta amarilla que decía: «Lubricante universal. Para casos desesperados».
—Es un ungüento de mi abuelo —explicó—. Ha liberado de sus anillos a tres generaciones de novias arrepentidas.
—¿Arrepentidas?
—Es una tradición familiar. Aplíquese.
Me unté el dedo con aquella crema fría y viscosa. Esperé. El anillo, para mi esperanza, giró un milímetro. Dos. Tres. Una sonrisa de triunfo se me dibujó en la cara. El farmacéutico, con las manos en alto, entonó un aleluya.
—¡Funciona!
—¡Funciona!
—¡Tire!
Tiré. El anillo salió disparado como un cohete, rebotó contra el techo, golpeó la lámpara, se estrelló contra un frasco de jarabe, aterrizó en la caja registradora, rodó por el mostrador, saltó a un cubo de agua, flotó un instante y, ante mis ojos desorbitados, se deslizó con una precisión de reloj suizo por el dedo anular izquierdo del doctor Esposito, que lo contempló con una cara de absoluta incredulidad.