El club de las feas.

Capítulo 13: La mujer del carrito.

Capítulo 13: La mujer del carrito.

Bella.

El lunes por la mañana descubrí que la fama tiene un olor muy concreto: huele a café frío, a gomina de reportero y a croissants aplastados contra una ventana.

Lo supe porque desde el balcón de mi apartamento, asomada por una rendija de la persiana como un espía en una película de la Guerra Fría, conté ciento doce personas apostadas en la acera de mi calle. Había cámaras de televisión sobre trípodes, furgonetas con antenas, fotógrafos subidos a un contenedor de basura y un vendedor ambulante de globos con forma de gallo que alguien había decidido fabricar durante la noche.

—Esto es una pesadilla —murmuré.

—Esto es una oportunidad de negocio —respondió una voz a mi espalda.

Me giré con el corazón en la garganta. En la puerta de mi salón, con una bata de flores, los rulos puestos y una bandeja en las manos, estaba la señora Carmela, mi vecina de ochenta y un años, con una sonrisa más ancha que una pizza familiar.

—Carmela, ¿cómo ha entrado?

—Con la llave de repuesto, hija.

—¿Otra vez?

—Es una emergencia. —Dejó la bandeja sobre la mesa—. Te he traído un cafecito. Y he vendido otros cuarenta abajo.

—¿Ha vendido cafés?

—A dos euros. Con galletita. Los periodistas están encantados. Ayer saqué ciento veinte euros y un contrato para la tele.

—¿Qué contrato?

—Me van a entrevistar. Soy la vecina de la Dama del Gallo. Tengo un programa el miércoles. Quieren que cuente cómo eras de pequeña.

—¡Carmela, yo la conocí hace tres años!

—Pues les diré que eras una niña muy tímida.

Me dejé caer sobre el sofá, con la cabeza entre las manos. Llevaba el poncho mostaza todavía puesto, porque a las dos de la madrugada, cuando por fin llegué a casa en un taxi con las ventanillas tapadas con periódicos, no tuve fuerzas para quitármelo. El gallo triste me miraba desde el pecho con una expresión de absoluta solidaridad.

—Tengo que ir a trabajar —dije.

—Es lunes.

—Es lunes.

—¿Y cómo vas a salir?

—No lo sé.

—Hay ciento doce periodistas abajo.

—Lo sé.

—Y un señor con un burro.

—¿Un burro?

—Dice que es para la portada. «La Dama del Gallo y el Asno Triste.» Lleva un sombrero con uvas.

—Madonna santa.

Carmela se sentó a mi lado, me dio unas palmaditas en la rodilla y me miró con la expresión astuta de un general veterano.

—Escúchame, hija. Esto se arregla con una estrategia.

—¿Qué estrategia?

—La del carrito.

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Veinte minutos después, una anciana de espalda encorvada, con bata de flores, rulos de colores, pañuelo en la cabeza, gafas de culo de vaso y un carrito de la compra de cuadros escoceses, salió por el portal de un edificio de Porta Venezia arrastrando los pies a una velocidad de cuatro metros por minuto.

La anciana era yo.

Carmela había insistido en todo: en el pañuelo anudado bajo la barbilla, en la bata, en el bastón que me dio «por si hay que fingir cojera» y en un par de pantuflas de lana que me quedaban dos tallas pequeñas. Había añadido una verruga postiza en la nariz, dibujada con un lápiz de ojos, y una arruga en la frente hecha con la punta de un bolígrafo.

—Estás irreconocible —había dicho, admirando su obra con las manos juntas.

—Estoy ridícula.

—Pero invisible.

Y tenía razón. Al cruzar la acera, a un metro de distancia de un cámara de televisión, nadie me miró. Un fotógrafo, para dejarme pasar, se apartó con un «disculpe, señora». Una reportera me ofreció su brazo con amabilidad exquisita para ayudarme a cruzar la calzada.

—Gracias, hijita —dije, con una voz tan cascada que casi me da risa a mí misma.

—De nada, abuela. ¿Adónde va?

—Al mercado.

—Qué bonito. ¿Quiere que la acompañe?

—No, no, que es muy lejos.

—¿Cuánto?

—Tres paradas de metro.

—Pues la llevo.

—No hace falta.

—Insisto.

Terminé cruzando la calle del brazo de una periodista de Canal Cinco que me preguntó si conocía a la famosa Dama del Gallo. Le contesté que sí, que era una chica muy rara, siempre despeinada y con unas gafas enormes. Ella tomó notas con entusiasmo. Me despedí con un «que Dios la bendiga» y seguí mi camino con el carrito traqueteando sobre los adoquines.

Fue un éxito. Hasta que, a diez metros de la boca del metro, el carrito se enganchó en un bordillo, se volcó con un estrépito metálico y vomitó sobre la acera su contenido completo: seis latas de atún, tres paquetes de espaguetis, un martillo de cocina, una cabeza de ajo y, rodando solemne hasta el centro de la plaza, un frasco de Nutella de medio kilo con un lacito rojo.

Silencio.

Cien periodistas se giraron hacia mí.

—Ese frasco —dijo alguien— lo vi en un vídeo.

—Es de un cuarto de kilo —improvisé.

—Es el mismo.

—Es una réplica.

—Lleva un lacito.

—Es una moda del barrio.

—¡ES ELLA! —gritó una voz aguda—. ¡LA ABUELA ES LA DAMA!

Me bastó un segundo. Un solo segundo para comprender que todo había terminado. Y otro segundo, el siguiente, para tomar la decisión más inteligente de mi carrera: soltar el bastón, arrancarme el pañuelo, dejar atrás el carrito y salir corriendo hacia la boca del metro con la bata de flores ondeando como la capa de un superhéroe.

Bajé las escaleras de tres en tres. Salté el torniquete. Un guardia de seguridad gritó «¡Eh, señora!». Un grupo de turistas japoneses sacó fotos. Dos adolescentes aplaudieron. Me metí en un vagón justo cuando las puertas se cerraban, con el corazón desbocado y los rulos temblándome en la cabeza.

En el vagón, sentado frente a mí, había un niño de siete años con una gorra, que me miró de arriba abajo con ojos grandes y dijo en voz alta, con el desparpajo de la infancia:

—Mamá, esa abuela lleva zapatillas de casa.

—No mires, cariño.

—Y tiene una verruga dibujada.

—Cariño, por favor.

—Y parece la señora de los vídeos.




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