El club de las feas.

Capítulo 33: La caza del cazador.

Capítulo 33: La caza del cazador.

Bella.

Hay momentos en la vida en que una descubre que ha pasado veintiséis episodios del lado equivocado de la persecución. El mío llegó a las once y cuarto de la noche, en un almacén abandonado de Lambrate, cuando el suelo de un pintalabios gigante empezó a elevarse con un zumbido hidráulico y, por la boca del tubo, a cuatro metros de altura, apareció lentamente, como la barra de color de un anuncio de lujo, una figura envuelta en un abrigo de visón sintético, con bufanda de cachemira, gorro de piel y una expresión de profunda dignidad herida.

Me quedé de piedra.

La figura siguió subiendo. Primero asomaron el gorro y las cejas. Después los ojos de color whisky, que miraban al frente con la serenidad forzada de quien finge no estar ahí. Después la nariz, la boca apretada, la barbilla, el cuello de la bufanda y los hombros. Por último, con un chasquido seco, la plataforma se detuvo a la altura del borde y quedó expuesto, de cintura para arriba, un caballero de treinta y dos años sosteniendo un cuenco de palomitas.

—Buenas noches —dijo Christian.

—Buenas noches —respondí, con la boca abierta.

—Qué sorpresa.

—Estás dentro de un pintalabios.

—Es una sala de reuniones.

—Con palomitas.

—Es para los asistentes.

—¿Y yo qué soy?

—Una visita no programada.

Se me escapó un sonido que no supe clasificar, mezcla de risa, sollozo y gruñido de gato. Sobre mi hombro, Ludovica soltó un arrullo de victoria. Detrás de nosotros, en un rincón del almacén, Dante, sentado en una caja de cartón con una taza de té en la mano y la cara de un hombre que presencia un accidente a cámara lenta, murmuró: «Yo no he visto nada».

—Señorita Rinaldi —continuó Christian, con la voz más helada que pudo—. Debo informarle de que este es un recinto privado de la empresa.

—Lo sé. Yo trabajaba en ella.

—Hasta ayer.

—Hasta hoy a las doce.

—Tiene usted prohibido el acceso.

—Pues llama a seguridad.

—Es una gestión engorrosa.

—Pues llama a la policía.

—Es una escena desagradable.

—Entonces, baja.

—No me apetece.

—Christian.

—Señor Sinclair.

—Baja de ahí ahora mismo o subo yo.

—Inténtelo.

Fue una invitación. La más peligrosa que me han hecho en la vida. Miré el pintalabios. Miré la escalerilla de cuerda que colgaba por un lateral, resto de la gala de Como. Miré el rostro de aquel hombre, que me contemplaba con una ceja arqueada y una media sonrisa de absoluta confianza. Y recordé lo que Stella me había dicho en el Panda: «Presidenta, tú sabes cómo huye alguien. Úsalo».

—Dante —dije, sin volverme.

—Dime.

—¿Cuántas salidas tiene este almacén?

—Tres. La puerta principal, el muelle de carga y una ventana alta del lavabo.

—¿Cuál está más cerca del pintalabios?

—El muelle.

—Perfecto —dije, con una sonrisa lenta—. Entonces es la que va a elegir.

—¿Cómo?

—Cuando el fugitivo tiene miedo, escoge la salida más próxima. Es instinto.

—Eso es verdad —murmuró Dante, con admiración.

—Traidor —dijo Christian, desde lo alto.

—Lo siento —dijo Dante—. Es que tiene razón.

Salté sobre la escalerilla. Y antes de que Christian pudiera bajar del pintalabios, antes de que pudiera abrir la boca o mover el pie, hice lo único que una experta en fugas podía hacer: le corté el paso.

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Bloquear la salida de un hombre que huye es un arte. Lo aprendí en cinco segundos, con una lucidez que no sabía que poseía.

Corrí hacia el muelle de carga. Tiré de un montón de cajas con una fuerza que me sorprendió. Apilé tres encima de la puerta. Arrastré un maniquí sin cabeza que, no sé por qué, vestía un poncho mostaza, y lo planté delante como una centinela. Cogí un rollo de cinta adhesiva industrial y le di cuatro vueltas al pomo, con la furia de un mago que ata a un elefante. Después, sin respirar, me giré hacia el pintalabios.

Christian había bajado. Había saltado desde el borde de la plataforma a una montaña de ponchos mostaza, había aterrizado con una elegancia sospechosa y, con el abrigo de visón ondeando y el gorro de piel torcido, corría hacia la puerta principal.

—¡Ni lo sueñes! —grité.

—¡Señorita Rinaldi, tengo una reunión!

—¡Con quién!

—¡Con mi conciencia!

—¡Pues que espere!

—¡Está muy ocupada!

—¡Christian Sinclair, para!

—¡No!

—¡Por favor!

—¡Tampoco!

Se lanzó contra la puerta principal. La abrió de un tirón. Y se encontró frente a frente con un muro de ciento doce periodistas, trescientas peregrinas, una banda de música, una cola de ancianas con pañuelos, un cardiólogo con estetoscopio y un Gianni Gianni con un micrófono dorado, que le recibieron con una ovación atronadora y una lluvia de flashes.

—¡AHÍ ESTÁ! —gritó Gianni—. ¡EL CABALLERO FUGITIVO!

—¡Qué horror! —gimió Christian, y cerró de un portazo.

Quedó con la espalda contra la puerta, jadeando, con el visón sintético hecho un ovillo y los ojos desorbitados. Yo, a diez metros, con los brazos en jarras y una sonrisa de oreja a oreja, saboreé aquel instante con un deleite casi indecente.

—Te lo dije —murmuré.

—Es una encerrona.

—Es una estrategia.

—Es un abuso.

—Es persecución.

—¡Es lo que yo te hice!

—Exacto —dije, y sentí cómo se me ensanchaba la sonrisa—. Pues ahora te aguantas.

Christian entornó los ojos. Me observó con el gesto de un general que calcula las bajas. Y de pronto, sin avisar, salió disparado hacia la derecha, saltó una caja, derribó un perchero, esquivó a Dante, que levantó los brazos con un grito de «¡Yo no estoy!», atravesó un pasillo de maniquíes y se lanzó escaleras arriba hacia una pasarela metálica que recorría el almacén a seis metros de altura.

—¡Persiguiendo! —grité, y eché a correr tras él.

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La persecución duró veintidós minutos y fue, sin lugar a dudas, la más gloriosa de mi vida.




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