El club de las feas.

Capítulo extra: El club de las feas. P.D.: Si el zapato te sirve.

Capítulo extra: El club de las feas. P.D.: Si el zapato te sirve.

Stella.

Soy contable. Esto significa que creo en los números, en los balances y en la idea de que, si algo no cuadra, hay que encontrar el error y corregirlo. Esto significa también que, en mi vida, solo he cometido dos errores de bulto: uno del que no pienso dar detalles, porque pertenece al pasado y los pasados no se auditan, y otro que ocurrió una noche de abril, en una escalera de mármol de Milán, a las doce menos un minuto, con un zapato de tacón de ocho centímetros.

Voy a explicarlo con el orden que merece.

Todo empezó el día en que Valentina Orsini, presidenta del consejo de administración de Sinclair Company, entró en el departamento de contabilidad del quinto piso con una carta de pergamino en la mano y una sonrisa que, a mis ojos de profesional, resultó inmediatamente sospechosa.

—Señorita Conti —dijo.

—Dígame, señora.

—Tengo una noticia.

—Prefiero los datos.

—La gala de primavera, que presentará la nueva línea de productos, se celebrará el sábado dieciocho de abril, en la Villa Ambrosiana. Asistirán mil doscientos invitados, tres ministros, una duquesa, cuatro jeques, el alcalde, los inversores y la prensa del corazón. Y se ha decidido, por unanimidad del consejo, que las invitadas de honor sean tres.

—¿Quiénes?

—La señora Sinclair, naturalmente.

—Lógico.

—La señorita Fiorella, del departamento de mercadotecnia.

—Es la autora de la campaña de los patitos.

—Y usted.

Dejé caer el bolígrafo. Se me empañaron las gafas, que eran gruesas, de montura negra, redondas, heredadas de un tío de Fiorella, y que yo llevaba desde hacía seis meses con un orgullo que ni yo misma comprendía del todo.

—¿Yo?

—Usted.

—¿Por qué?

—Porque descubrió un error de cuatrocientos euros en el presupuesto de papelería, porque ha reducido un diez por ciento el gasto de la empresa en clips y porque, según el señor Sinclair, es la única empleada que lo ha mirado a los ojos sin pestañear.

—Es un criterio muy poco contable.

—Es un criterio humano —sonrió Valentina—. Le ruego puntualidad. Vestido de gala. Y que no se ponga el poncho.

Salió. Me quedé inmóvil, con la carta en la mano y la sensación, nada agradable, de que alguien había alterado mis cuentas sin avisar.

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La reunión extraordinaria del Club de las Feas se celebró esa misma noche, en el apartamento de Bella, que a sus cinco meses de embarazo ya no cabía en ninguna silla y se había instalado en un sillón gigantesco, con las piernas en alto, una manta de lana, un frasco de Nutella sobre el vientre y un bote de pepinillos en la mano izquierda, «por alternar».

Estábamos las tres. Fiorella, sentada en el suelo, con un patito de goma ataviado de esmoquin. Bella, con la barriga como un tambor. Y yo, de pie, con una carpeta, repasando datos.

—Declaro abierta la sesión —dije.

—Secundo —dijo Fiorella.

—Yo también —dijo Bella, con la boca llena.

—Orden del día: la gala.

—Estoy encantada —dijo Fiorella, con los ojos brillantes—. Vestido, música, canapés. ¡Y somos invitadas de honor!

—Es una trampa.

—¿Por qué?

—Porque en la gala habrá guapos.

Se hizo un silencio. Fiorella soltó el patito. Bella dejó el pepinillo suspendido a medio camino de la boca.

—Stella —dijo, con suavidad—. Han pasado cuatro meses desde la boda.

—Lo sé.

—Y desde entonces no ha habido ni un solo guapo en tu vida.

—Esa es mi política.

—Es una política muy… estricta.

—Es la del club.

—El club —dijo Bella— lo disolví yo.

—No. Lo reinventamos. Y su regla fundamental sigue en pie: los guapos están prohibidos.

—Para nosotras —precisó Fiorella.

—Para nosotras —repetí—. Bella, tú puedes casarte con quien quieras.

—Gracias.

—Te abstienes de la decisión.

—Me abstengo con todo gusto. —Se acarició la barriga, con una sonrisa beatífica—. Yo me enamoré de un guapo. Y ahora tengo un hijo suyo en las tripas. No estoy en condiciones de dar lecciones.

—Exactamente.

—Pero os aviso —añadió, apuntando con el pepinillo—. Cuando uno cae, cae con estrépito.

—Eso no ocurrirá —dije.

—¿Por qué estás tan segura?

—Porque tengo un plan.

Saqué de la carpeta una cartulina de cuarenta centímetros, escrita con rotulador rojo, con un organigrama, un cronograma, un croquis de la Villa Ambrosiana y una frase en grandes letras mayúsculas: «OPERACIÓN CISNE».

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Voy a resumir el plan, porque su ejecución fue, objetivamente, impecable.

Primero: asistir a la gala disfrazadas. No de feas, que es lo que somos de lunes a viernes, sino de lo contrario. Una transformación radical, absoluta, de la cabeza a los pies. Segundo: cambiar de identidad, para que ningún compañero de la empresa, ningún jefe y ningún guapo pudiera reconocernos. Tercero: disfrutar del evento como espectadoras privilegiadas, sin que nadie se nos acercara.

—Es una contradicción —observó Bella.

—¿Por qué?

—Si queréis que nadie se os acerque, ¿por qué os arregláis?

—Porque una cosa es arreglarse —expliqué— y otra gustar.

—Eso no tiene sentido.

—Para mí, sí.

—Para mí tampoco —dijo Fiorella, con sinceridad—. Pero me apetece muchísimo.

El primer ingrediente fue la peluca. Fiorella, con una paciencia de artista, nos llevó a un taller de teatro de la Via Torino donde una anciana con aire de hechicera nos probó una veintena de modelos. Yo salí con una melena rubia platino, lisa, brillante, con flequillo recto y una caída de seda que me llegaba a media espalda. Fiorella, con una cascada de rizos dorados, de color miel, que le enmarcaban el rostro como un halo de ángel. Nos miramos al espejo. No nos reconocimos.

—Sois otras —susurró la anciana.

—Es lo que buscamos —dije.

—Nadie os conocerá.

—Eso espero.

El segundo ingrediente fueron las lentes de contacto. Aquí tengo que reconocer que la operación estuvo a punto de fracasar.




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