El club de las feas.

Capítulo 6: La estatua, la paloma y la fuente.

Capítulo 6: La estatua, la paloma y la fuente.

Christian.

Hay personas que huyen con sigilo. Se escabullen por las esquinas, se pierden entre la multitud, desaparecen sin dejar rastro. Bella Rinaldi, en cambio, huye como un huracán con falda larga, y debo confesar que es el espectáculo más fascinante que he presenciado en mi vida.

Todo empezó con una derrota aparente. Ella subió al coche. Sí, subió. Se sentó en el rincón más alejado del asiento trasero, pegada a la puerta como una gata mojada, con el bolso apretado contra el pecho y las gafas de acuario empañadas por la indignación. Yo me acomodé en el extremo opuesto, a la distancia prudente de un hombre que sabe que acaba de ganar una batalla pero no la guerra.

—Gracias por subir —dije.

—No he subido. He sido secuestrada.

—Has subido por tu propio pie.

—Porque había Nutella.

—Perfecto. Siempre es bueno tener un motivo noble.

Bella me lanzó una mirada capaz de fundir el acero. Aurelio, mi chófer desde hace doce años, un hombre de sesenta con bigote de morsa y capacidad infinita para fingir sordera, ajustó el retrovisor y arrancó.

El trayecto desde la estación de Como hasta la villa dura veinte minutos. Los primeros cinco transcurrieron en un silencio tenso, roto solo por el sonido de Bella abriendo el frasco de Nutella y hundiendo un dedo con una furia que habría asustado a un oso. Yo miraba por la ventanilla, con los labios apretados para no reírme, y fingía un interés enorme por las luces del lago.

Al sexto minuto, el coche se detuvo en un semáforo en rojo, frente al paseo marítimo.

Y entonces ocurrió.

Oí un clic. Un clic metálico, discreto, casi inocente. Giré la cabeza. La puerta trasera derecha estaba abierta de par en par, el bolso de Bella caía hacia la acera y mi secretaria, con el moño tambaleándose y la falda caqui remangada hasta las rodillas, salía del coche con una agilidad digna de una gimnasta olímpica.

—¡Bella! —grité.

—¡Adiós, señor Sinclair! —respondió, ya en plena carrera—. ¡Gracias por el viaje!

—¡El semáforo está en rojo para los coches, no para ti!

—¡Lo sé! ¡Por eso salto!

Y saltó. Literalmente. Salvó de un brinco un charco enorme, esquivó a un señor con un perro salchicha, y se lanzó por el paseo del lago con la maleta olvidada en el maletero y el frasco de Nutella todavía en la mano.

Aurelio me miró por el retrovisor con su bigote impasible.

—¿Quiere que la persiga, señor?

—No. Yo voy a pie. Tú sigue a distancia.

—¿A qué distancia?

—Que no se note. Pero que se note un poco.

Salí del coche, me ajusté el abrigo y empecé a correr.

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Voy a ser sincero. Yo corro bien. Hago deporte tres veces por semana, tengo un entrenador personal que me detesta y una cinta de correr en mi casa que utilizo con una devoción casi religiosa. Pero perseguir a Bella Rinaldi por el paseo del lago de Como, a las siete de la tarde de un viernes de octubre, con lluvia reciente, adoquines resbaladizos y un centenar de turistas con paraguas, resultó ser una prueba atlética que no figuraba en mi plan de entrenamiento.

La vi esquivar a una pareja de ancianos, saltar sobre un carrito de helados, pisar sin querer la cola de un gato (que bufó como una locomotora) y gritar «¡Perdón, perdón!» a todo el que se le cruzaba. El moño se le deshacía por momentos, y con cada zancada, un mechón castaño se le escapaba de las horquillas y le ondulaba sobre los hombros.

—¡Bella, vuelve! —grité, esquivando un cochecito de bebé—. ¡Solo quiero hablar!

—¡Hablemos por teléfono! —respondió ella, sin girarse.

—¡Tu móvil estaba en el cajón de los cubiertos!

—¡Lo tengo en el bolso!

—¡El bolso lo has tirado en la acera!

Hubo un instante de silencio. Después, un grito agudo:

—¡Mi bolso!

—¡Aurelio lo recoge!

—¡Traidor!

La vi doblar una esquina brusca, derrapar sobre un charco y desaparecer tras un quiosco. Cuando llegué, jadeando, ella ya no estaba. Había un puesto de souvenirs con camisetas de «I love Como», un vendedor de castañas asadas y, un poco más allá, una pequeña plaza con una fuente de piedra y un grupo de turistas rodeando algo.

Me acerqué con cautela. Era una estatua viviente.

Una de esas que se disfrazan de bronce o de mármol, se plantan sobre una caja de madera y se quedan inmóviles durante horas hasta que alguien les echa una moneda. Esta, en concreto, representaba a un caballero romano con casco dorado, capa roja y una lanza en la mano derecha. Pero había algo raro en ella. Algo distinto. La lanza temblaba. La capa roja parecía una cortina de hospital pintada con prisa. Y bajo el casco asomaba un moño tirante, medio deshecho, del que colgaban dos horquillas.

Me detuve en seco.

La estatua del caballero romano llevaba gafas de montura gruesa.

—No —murmuré—. No puede ser.

Me acerqué despacio, fingiendo naturalidad. Los turistas me hicieron sitio con curiosidad. A mi lado, un niño de unos seis años miraba la estatua con la boca abierta.

—Mamá, este caballero respira muy fuerte.

—Es parte del espectáculo, cariño.

—Pero tiene Nutella en la barbilla.

Contuve la risa con un esfuerzo sobrehumano. Saqué una moneda de dos euros del bolsillo, la dejé caer en el sombrero que había a los pies de la caja y, con la voz más suave de mi repertorio, dije:

—Qué estatua tan realista.

Nada. Ni un parpadeo. Pero noté que las gafas se le empañaban ligeramente.

—Es increíble —continué, rodeándola despacio—. El detalle de la capa. La lanza. Y esas gafas… muy originales. Una licencia artística, supongo.

La estatua apretó los dientes.

—Seguro que el artista tiene un talento extraordinario. Aunque debo decir que esta estatua se parece muchísimo a alguien que conozco.

Un temblor casi imperceptible recorrió la lanza.

—Una mujer encantadora. Muy trabajadora. Con una puntualidad envidiable y un código penal en la cabeza.




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