Christian.
Hay hombres que nacen para mandar y otros que descubren de pronto, en la oscuridad de un pintalabios de cuatro metros, con el corazón en la garganta y una mujer a veinte centímetros que está a punto de declararse, que mandar es la única forma que conocen de no morirse de miedo.
Yo pertenecía, en aquel instante preciso, a la segunda categoría.
La plataforma de espuma descendía con un zumbido hidráulico. Un metro. Dos. Tres. El aire se fue enfriando. El olor a resina y a polvo dio paso a un perfume de pólvora y de cartón mojado. Bella, a mi lado, se aferraba a mi mano con la fuerza de una náufraga. Su respiración temblaba. El anillo de latón, en su dedo, iluminaba la oscuridad con un resplandor ámbar que le dibujaba la cara en un claroscuro conmovedor.
—Christian —susurró—. ¿Qué está pasando?
—Es el mecanismo.
—¿Qué mecanismo?
—El mío.
—¿Tuyo?
—Lo diseñé yo.
Era mentira. Lo había diseñado un ingeniero de Turín al que jamás había visto. Pero en la oscuridad, con la voz grave y el tono de un hombre que domina todos los resortes del universo, sonó convincente.
—¿Y por qué baja?
—Porque es una cámara de reuniones confidenciales.
—¿Una qué?
—Una sala de juntas subterránea. De uso exclusivo de la presidencia.
—¡Es la base de la escultura!
—Es una instalación de alta seguridad.
La plataforma se detuvo con un golpe suave. Se encendió una luz de emergencia, de color rojo cereza, que bañó el recinto en un resplandor de discoteca. Estábamos en un cilindro de acero de dos metros de diámetro, con las paredes cubiertas de cables, un estante con cohetes de pirotecnia, una caja de fusibles y una escalerilla de metal que subía hasta una trampilla cerrada. En un rincón, sobre una caja de madera, alguien había dejado olvidada una lata de refresco y una revista de motos de 2019.
—Bienvenida —dije, con una elegancia envidiable— a mi despacho alternativo.
—¡Es un trastero!
—Es un espacio versátil.
—¡Huele a petardo!
—Es la fragancia corporativa.
Me puse en pie con dignidad. Me sacudí el visón sintético. Me ajusté el gorro de piel. Saqué del bolsillo interior de la chaqueta una tarjeta de visita, blanca, de cartulina gruesa, con letras doradas, y se la ofrecí con las dos manos, con una pequeña reverencia.
—¿Qué es esto? —preguntó Bella, con la boca abierta.
—Mi tarjeta.
—Ya la conozco.
—Es para que tenga el contacto de mi secretaria.
—¡Ya no tienes secretaria!
—Tengo una suplente de diecinueve años con pecas.
—¡Yo era tu secretaria!
—Hasta ayer a las doce. Gemma Moretti aceptó su dimisión con efecto inmediato. Lo firmé yo.
—¡Lo sé! ¡Estaba allí!
—Entonces sabrá que, para hablar con el presidente, necesita solicitar audiencia.
Se hizo un silencio. En la penumbra roja, Bella me miró con los ojos muy abiertos y la boca entreabierta. Tuve que apretar los labios para no reír. Tuve que apretar también los puños, porque algo me temblaba dentro del pecho con una mezcla de ternura y de pánico, y supe que si dejaba de interpretar mi papel un segundo, me echaría a sus pies, le diría que la quería desde la fuente de Como y todo habría terminado.
Y no estaba preparado para que todo terminara.
Quería verla pelear un poco más.
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Debo explicar mi estrategia.
Hay una escuela de pensamiento, defendida con ardor por mi madre y por una paloma, según la cual a una mujer que ha huido veintiséis veces no se le debe dejar caer en los brazos con facilidad. Hay que hacerla trabajar. Hay que obligarla a esforzarse. Hay que dejar que la sensación de pérdida se convierta en una certeza tan honda que, cuando por fin ocurra el abrazo, no quede en ella ni un resto de duda.
Es un método astuto, elegante, sofisticado.
Y también, lo reconozco, un poco cruel.
—Tome asiento —dije, señalando la caja de madera.
—¡No quiero sentarme!
—Es el protocolo.
—¡No hay protocolo!
—Siempre hay protocolo.
—¡Christian!
—Señor Sinclair.
—¡Christian Sinclair, te lo digo por última vez, tengo algo muy importante que decirte!
—Estoy seguro de ello.
—¡Pues escúchame!
—Tengo la agenda muy apretada.
—¿Cómo?
Saqué del bolsillo una libreta de cuero negro. La abrí con solemnidad. Pasé las páginas con un dedo, frunciendo el ceño, con el gesto grave de un hombre al que le pesan todas las responsabilidades del mundo.
—Veamos —murmuré—. Hoy, jueves. Descartado, por razones obvias. Mañana, viernes: reunión del consejo a las nueve, almuerzo con los inversores a la una, visita al laboratorio a las cuatro. El sábado, presentación de la campaña de invierno. El domingo, misa con mi madre. El lunes, comité de dirección. El martes…
—¡Christian!
—El martes tengo un hueco.
—¿Cuándo?
—A las once y veinte.
—¿De la mañana?
—De la mañana.
—¿Del martes que viene?
—Del martes tres de noviembre.
—¡Eso es dentro de dos semanas!
—Dispongo de diez minutos.
—¡Es ahora! ¡Es ahora, Christian!
—Lo comprendo. Pero el presidente tiene responsabilidades.
Bella dio un grito. Un grito agudo, desesperado, que resonó en el cilindro de acero con una violencia de sirena. Se llevó las manos a la cabeza. Dio tres pasos hacia la derecha. Tres pasos hacia la izquierda. Chocó con una caja de fusibles. Se tropezó con una escalera. Se puso las manos en las caderas. Y con los ojos brillantes, la voz quebrada y las mejillas encendidas, me señaló con un dedo acusador:
—¡Eres un presumido!
—Soy un hombre muy ocupado.
—¡Un engreído!
—Soy un hombre muy solicitado.
—¡Un pavo real!
—Soy un presidente.
—¡Eres… eres… —dio una patada al suelo— eres un gallo!
—Los gallos, en general, tienen mucha clase.
—¡Aaaaah!
Se agarró de los pelos. Dio una vuelta completa sobre sí misma. Cogió la lata de refresco del rincón, la miró con furia, la lanzó contra la pared y volvió a mirarme con una expresión que no había visto nunca, a medio camino entre la ira y el llanto. Yo, apoyado con elegancia contra la escalerilla, con el abrigo de visón sobre los hombros y la libreta abierta, me limité a arquear una ceja.