El club de las feas.

Capítulo 5: Operación Cueva.

Capítulo 5: Operación Cueva.

Bella.

A las cuatro y cuarenta de la tarde del viernes, mientras doscientas personas se subían a autobuses y coches negros para viajar al lago de Como, yo estaba sentada en el suelo de mi cocina, en pijama de ositos, con una mascarilla de arcilla verde en la cara y una cucharada de Nutella camino de la boca.

Lo voy a explicar bien, para que nadie me juzgue sin conocer los hechos.

El jueves por la noche había hecho la maleta. Lo juro. Había metido un vestido negro discreto, dos blusas de saco, la falda color caqui de emergencia, tres pares de medias gruesas y el neceser con lo mínimo indispensable. Había puesto el despertador a las seis. Había incluso planchado el moño mentalmente.

Y entonces, a las once de la noche, mientras cepillaba mis dientes, me miré en el espejo del baño con las gafas del tío Gianni puestas y vi a una mujer que se dirigía voluntariamente a un fin de semana de lago, villa, vestidos de gala y hombre guapo con complejo de cazador. Y esa mujer era yo. Y estaba loca.

—Bella —me dije, con la boca llena de espuma—. Esto no es una buena idea.

Mi reflejo no discutió.

Así que a las doce y cuarto, tras una breve consulta conmigo misma y un mensaje de buenas noches de Stella que decía «No flaquees, presidenta», tomé la decisión más racional de mi vida: no ir. Me quedaría en casa. Diría que estaba enferma. Al lunes siguiente, con el temple recuperado y el juramento intacto, volvería al trabajo y fingiría que nada había pasado.

Era un plan impecable. Tenía un solo fallo: se lo había ocultado a mis amigas.

Porque a las cinco menos veinte de aquella tarde, cuando por fin reuní el valor de mirar el móvil después de apagarlo durante tres horas, descubrí cuarenta y siete mensajes, once llamadas perdidas y un audio de Fiorella de dos minutos y medio que decía, en esencia, «¿¿DÓNDE ESTÁS??», con variaciones.

El último, de Stella, había llegado a las cuatro y treinta y siete:

*«Estamos en el autobús. Él te busca. Tiene cara de asesino en serie con buenas intenciones. HUYE. O VEN. Pero decide ya.»*

Dejé caer la cuchara en el bote de Nutella.

—Ay, Madonna santa.

El móvil vibró otra vez. Número desconocido. Lo dejé sonar, mirándolo como a una serpiente. Luego vibró un mensaje:

*«Bella, es Christian. ¿Va todo bien? Espero que no te haya pasado nada. Si estás enferma, dímelo y mando un médico.»*

*Un médico*. Ya me lo había avisado, el muy canalla.

No contesté. Apagué el móvil. Lo metí en el cajón de los cubiertos, debajo de los cuchillos, que me pareció el lugar más seguro de la casa. Me levanté con una dignidad un tanto mermada por los ositos del pijama y fui hacia el salón, donde me detuve en seco.

Había un ruido en la escalera.

Pasos. Varios. Firmes. Y una voz de mujer muy mayor, vibrante como un violín desafinado, que decía en italiano:

—¡Sí, sí, es aquí! ¡La puerta verde, el tercero B!

Me quedé petrificada.

—Imposible —susurré—. No pueden haber…

Corrí hacia la mirilla y pegué el ojo.

Y lo vi.

Christian Sinclair estaba en el rellano de mi escalera, con un abrigo oscuro, el pelo ligeramente mojado por la lluvia y una expresión de indiscutible satisfacción. A su lado, mi vecina del segundo, la señora Carmela, de ochenta y un años, cuarenta kilos y un oído biónico, lo miraba con la mano en el pecho y una sonrisa de adolescente enamorada.

—Qué joven tan guapo y tan educado —decía, con un hilo de voz emocionado—. ¿Es usted el novio de Bella?

—Todavía no, señora —respondió Christian, con encantadora seriedad—. Pero trabajo en ello.

Se me escapó un gemido ahogado.

—¡Qué maravilla! ¡Ay, qué alegría! ¡Una chica tan buena, tan trabajadora, tan sola! —Carmela rebuscó en el bolsillo de su bata—. Tengo la llave de repuesto. Me la dio por si había una emergencia.

—No quisiera abusar de su…

—¡Es una emergencia! ¡Es el amor!

*La voy a matar*, pensé. *Voy a matar a mi vecina de ochenta y un años.*

Retrocedí de la puerta con el corazón desbocado. Miré a mi alrededor como una ardilla acorralada. Tenía tres opciones: abrir y enfrentarlo, hacerme la muerta o escapar. Yo, que había fundado un club sobre la base de la huida estratégica, no tardé ni un segundo en decidir.

Escuché la llave girar en la cerradura.

—¡Bella! —llamó él desde fuera, con voz suave—. ¿Estás ahí?

Silencio. Mi respiración. Mi corazón. Un hilo de arcilla verde resbalándome por la barbilla.

—Soy yo. Christian. Solo quiero saber si estás bien.

*Mentira*, pensé. *Quiere saber si estoy en casa para atraparme.*

—Bella, si no contestas, voy a tener que entrar. La señora Carmela ha tenido la amabilidad de prestarme su llave.

*Un poco de dignidad, Carmela*, pensé con rencor.

La llave giró otra vez. La puerta empezó a abrirse. Y yo, sin pensarlo, hice lo único razonable que se me ocurrió: me tiré dentro del armario del pasillo y cerré la puerta tras de mí.

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El armario del pasillo es un lugar interesante para quien nunca ha estado dentro de él.

Huele a naftalina y a invierno. Tiene cuatro abrigos, tres paraguas, una plancha estropeada que nunca tuve el valor de tirar y una aspiradora vertical cuyo cable se me enredó en el tobillo al segundo. Cabía yo, apenas. De pie, con la espalda pegada a un abrigo de lana de mi madre, la nariz rozando un paraguas y una manga de plumas haciéndome cosquillas en la oreja.

Escuché la puerta abrirse. Después, pasos. Lentos. Seguros.

—¿Hola? —dijo Christian desde la entrada—. ¿Bella?

Contuve la respiración.

—Qué casa tan… acogedora —murmuró, con una voz que, a pesar de todo, sonó sincera.

Oí que avanzaba por el salón. Abrió una puerta. La del baño, supongo. La cerró. Abrió otra. Mi dormitorio. El crujido de la cama. Un silencio largo.

*Dios mío*, pensé. *Está mirando mi cama. Mi cama deshecha, con mi cojín de corazón tirado al fondo.*




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