Christian.
Fingir frialdad es el trabajo más agotador que he hecho en mi vida, y eso que he dirigido un consejo de administración durante una década.
Mantuve la pose durante exactamente siete horas y cuarenta minutos. Siete horas y cuarenta minutos de voz pulida, de carpetas abiertas, de mirada impersonal, de «señorita Rinaldi» pronunciado con una gelidez de glaciar. Vi cómo se le hundían los hombros cuando le pedí el informe del tercer trimestre. Vi cómo se mordía el labio cuando cancelé la cena con los Moretti. Vi cómo salía del despacho con las piernas flojas y cerraba la puerta con una suavidad que me partió el alma. Y en cuanto la puerta se cerró, me llevé las dos manos a la cara, solté un gemido de agonía y le dije a la paloma:
—Soy un monstruo.
Ludovica arrulló con una dignidad herida.
—No me mires así. Era el plan.
Arrulló más fuerte.
—Es un plan de mi madre.
La paloma giró la cabeza con desdén. Tres minutos después, Dante entró en el despacho sin llamar, con una taza de té en cada mano y una expresión de pésame.
—Christian.
—No me digas nada.
—He oído lo del informe.
—Cumple con su trabajo.
—Has tratado a la mujer que quieres como a una fotocopiadora.
—Era una estrategia.
—Era una crueldad.
—Era una crueldad estratégica.
—¡Christian!
—Dante, ¿qué querías que hiciera? ¡Me dijo a gritos que quería que me desenamorara!
—Y tú fingiste que lo habías hecho.
—Exactamente.
—Y ahora ella está llorando en el baño de mujeres.
—¿Cómo lo sabes?
—Stella me lo ha contado.
—¿Llorando?
—Con una galleta.
Se me cayó el alma a los pies. Dante, con una calma que le agradecí, dejó una taza frente a mí, se sentó en la silla de las visitas y me miró con unos ojos de hermano mayor.
—Escucha. Yo te quiero. Eres el mejor amigo que tengo. Pero hay una diferencia entre esperar y torturar.
—Lo sé.
—Entonces, ¿cuál es el plan?
—Esperar a que ella haga el siguiente movimiento.
—¿Y si no lo hace?
—Lo hará.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque es una Rinaldi.
—Eso no significa nada.
—Significa que las Rinaldi tienen un orgullo del tamaño del Duomo. Y a las seis de la tarde, tras una derrota, siempre contraatacan.
A las seis y diez entró por la ventana, con un aleteo estruendoso, una paloma gorda y gris que traía en el pico una servilleta de papel arrugada. La soltó sobre mi escritorio con un gesto de heroína de guerra. La desplegué con dedos temblorosos. Era una servilleta de la cafetería del piso quince, escrita a toda prisa con un bolígrafo mordisqueado:
«Punto 10, mañana, ocho en punto, sala de juntas. Trae un abogado. B.»
Y debajo, en un garabato más pequeño, casi ilegible:
«P. D.: No te lo mereces.»
—Va a hacerlo —susurré.
—¿Qué va a hacer? —preguntó Dante.
—El punto diez.
—¿Cuál es?
—Los tres hijos, el perro, la casa en el campo, la boda de mil invitados y el viaje de novios de seis meses.
—Es una locura.
—Es perfecto.
—¿Perfecto para qué?
Me puse en pie. Me ajusté la corbata. Cogí el teléfono. Y con la sonrisa más peligrosa que me había visto en el espejo en tres semanas, marqué el número de mi madre.
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—Mamá.
—Hijo.
—Necesito tu ayuda.
—¿Es por la servilleta?
—¿Cómo lo sabes?
—Ludovica me manda copia de todos tus mensajes.
—¿Qué?
—Es una paloma muy profesional.
—Mamá, no tengo tiempo. Necesito un dossier.
—¿De qué?
—De una familia.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Después, un grito de alegría que hizo vibrar el altavoz y que Dante, a mi lado, recibió con una mueca de dolor.
—¡Lorenzo! ¡Aurelio! ¡Traed papel! ¡Rotuladores! ¡Cartulinas! ¡Una impresora! ¡Mi hijo se casa!
—Mamá, no me caso.
—Ya lo sé, ya lo sé. Es un plan.
—Es una maniobra de distracción.
—Es una obra maestra.
Pasamos la noche entera trabajando. Mi madre dirigía desde un sillón con un abanico de plumas. Lorenzo, que descubrió en sí una insospechada vocación de diseñador gráfico, maquetaba un documento de cuarenta páginas con la tipografía de la casa. Aurelio buscaba en internet casas de campo, villas toscanas y masías lombardas con una dedicación casi mística. Dante, resignado, redactaba las cláusulas legales. Y yo, sentado frente al ordenador con una taza de café, escribía el texto con la letra de mi corazón y la sintaxis de mi empresa.
A las seis de la mañana, el dossier estaba listo. Lo imprimimos en una cartulina brillante, con encuadernación espiral y una portada diseñada por Lorenzo, con una fotografía de Bella y yo, tomada por un periodista en la plaza de San Fedele, en la que bailábamos una tarantela con la torpeza más gloriosa de nuestras vidas. En la parte superior, en letras doradas, ponía:
«PROYECTO FAMILIA SINCLAIR-RINALDI. Plan quinquenal de felicidad, desastre y Nutella».
—Es magnífico —dijo mi madre, con los ojos llenos de lágrimas.
—Es una locura —dijo Dante.
—Es lo que pidió —dije yo.
—¿Y los nombres? —preguntó Lorenzo.
—Están en la página doce.
—¿Cuáles has elegido?
—Pistacho, Avellana y Nutella.
—¿Para tres hijos?
—Para tres hijos.
—Hijo mío —susurró mi madre, secándose una lágrima—, eres un genio del amor.
—Soy un loco con paciencia.
—Es lo mismo.
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A las ocho menos un minuto, yo estaba sentado en la cabecera de la mesa de la sala de juntas del piso veintinueve, con las manos entrelazadas, el dossier abierto frente a mí, una paloma en el respaldo de mi sillón y una expresión de serenidad que me había costado cuatro cafés y una oración. A mi derecha, en un sillón de cuero, Dante, con una carpeta en las rodillas y la cara de un hombre que asiste a su propia ejecución. A mi izquierda, Lorenzo, con una cámara de vídeo «para la posteridad».