El club de las feas.

Capítulo 31: La enferma imaginaria.

Capítulo 31: La enferma imaginaria.

Bella.

Hay enfermedades que se diagnostican con un termómetro y otras que se diagnostican con un telediario. La mía, aquel jueves por la tarde, empezó siendo del primer tipo y terminó siendo del segundo.

Llevaba cuatro horas en la cama. Cuatro horas exactas, que había medido con una precisión científica en el reloj de la mesilla, acostada de lado, con las cortinas echadas, el pijama de ositos, tres mantas, dos almohadas, un cojín de corazón abrazado contra el pecho (el mismo que me regaló Matteo y que había vuelto a mi cama por razones que prefiero no analizar) y una rana verde instalada en un vaso de agua sobre la mesilla, con la cabeza asomada por el borde y una expresión de profunda compasión.

—No estoy triste —le dije.

La rana croó con escepticismo.

—Estoy enferma.

Croó con más fuerza.

—Es una indisposición.

Se hundió en el vaso, ofendida.

Llevaba en el cuerpo una colección de síntomas imposibles de ignorar. Tenía un nudo en la garganta. Un pellizco en el estómago. Un temblor en las rodillas. Una opresión en el pecho que subía y bajaba como las mareas. Los ojos hinchados, la nariz roja, la cabeza pesada y un cansancio inmenso, antiguo, como si hubiera corrido un maratón durante tres semanas y acabara de enterarme de que la meta estaba en otro continente.

—Es la gripe —me dije.

Me puse el termómetro bajo el brazo. Esperé tres minutos con los ojos cerrados. Lo saqué. Treinta y seis con cinco.

—Es una gripe fría.

Llamaron al timbre.

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Stella y Fiorella entraron en mi apartamento sin esperar respuesta, con la llave que yo les había dado hacía años y que jamás me atreví a pedirles de vuelta. Stella traía una bolsa de papel con tres envases de sopa de pollo, un paquete de galletas, una caja de pañuelos y una expresión de tribunal. Fiorella, detrás, abrazada a un patito de goma con una bufandita, parecía una niña en un funeral.

—Presidenta —dijo Stella, plantándose a los pies de mi cama.

—Estoy enferma.

—Lo sé.

—Contagiosa.

—Lo dudo.

—Tengo fiebre.

—¿De cuánto?

—De… treinta y seis cinco.

—Eso es la temperatura normal.

—Es una fiebre fría.

—No existe.

—La he inventado yo.

—Bella.

—Me duele todo.

—¿Dónde?

—En… en general.

—¿Y en particular?

Me mordí el labio. Fiorella se sentó en el borde de la cama y me tomó una mano entre las suyas, con los ojos llenos de lágrimas.

—Bella —susurró—. Te hemos traído sopa.

—Gracias.

—Y galletas.

—Gracias.

—Y una noticia.

—No me gustan las noticias.

—Es una noticia que debes escuchar.

—Prefiero la sopa.

Stella cogió una silla, la colocó junto a la cama, se sentó con las piernas cruzadas y una carpeta sobre las rodillas. Se ajustó las gafas. Carraspeó. Y con la voz solemne de un fiscal que lee una acusación, declaró:

—Presidenta. Como contable y como amiga, es mi deber comunicarte oficialmente que el Club de las Feas ha fracasado.

Me incorporé de golpe.

—¿Cómo que fracasado?

—Sin paliativos.

—¡Llevamos tres semanas!

—Veintidós días.

—¡Es el récord de longevidad de un club!

—Es el récord de ridículo.

—¡Tenemos un juramento!

—Roto.

—¡Tenemos una regla!

—Violada.

—¡Tenemos un himno!

—Inexistente.

—¡Tenemos… tenemos…!

—Tenemos tres miembros —dijo Stella, con suavidad—. Y tres violaciones.

—¿Tres?

—Las tres.

—¿Las tres?

—Tú, yo y Fiorella.

—¡Yo no he violado nada!

—Bella.

—¡Yo he cumplido el juramento a rajatabla!

—Has huido veintiséis veces de un hombre guapo.

—¡Eso es cumplir!

—Es precisamente lo contrario.

—¿Por qué?

—Porque nadie huye tanto de algo que no le importa.

Hubo un silencio. Fiorella se sorbió la nariz. Yo me quedé inmóvil, abrazada al cojín de corazón, con la mirada fija en una grieta del techo que tenía forma de Italia.

—No sé de qué hablas —dije, con un hilo de voz.

—Sí lo sabes.

—Yo no… no estoy…

—Estás enamorada de Christian Sinclair.

La frase cayó sobre la habitación como una bomba de plumas. Se hizo un silencio denso, casi físico. La rana se hundió del todo en el vaso. Fiorella se llevó una mano a la boca.

—¡No! —grité—. ¡No, no y no!

—Presidenta…

—¡Es un malestar!

—Un malestar sentimental.

—¡Es un malestar gástrico!

—Con el nombre de un hombre.

—¡Es una indigestión de ajo!

—Han pasado treinta horas.

—¡Es un ajo de acción retardada!

—Bella.

—¡Es la humedad!

—Estamos en octubre.

—¡Es el cambio de estación!

—Es el cambio de corazón.

Me tapé la cabeza con la manta. Me hice un ovillo bajo las sábanas, con el cojín contra el pecho y las rodillas contra la barbilla, como una niña de siete años a la que acaban de regañar. Oí a Stella suspirar. Oí a Fiorella sorberse la nariz. Oí cómo alguien le daba una galleta a la rana.

—No lo estoy —murmuré, desde debajo de la manta.

—Está bien.

—No lo estoy en absoluto.

—Claro.

—Es un capricho.

—Seguro.

—Es una confusión mental.

—Totalmente.

—Es un… un… ¡es una gripe!

—Te hemos traído sopa —dijo Fiorella, con ternura—. Para la gripe.

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Pasamos la hora siguiente comiendo sopa de pollo. Y no es una exageración decir que, durante esa hora, sentí algo parecido a la paz. Stella cortó las galletas en cuatro pedazos con el pulcro rigor de una cirujana. Fiorella, a los pies de la cama, contaba anécdotas de su jefe, el hombre del termómetro, que había empezado a medir la temperatura de las reuniones y a anunciarla en voz alta («¡Sala de juntas, veintidós grados, ambiente tenso!»). Yo, con la cuchara en una mano y el cojín en la otra, me reí por primera vez en dos días.

Fue en ese momento cuando llamaron a la puerta.




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