El club de las feas.

Capítulo 11: El uniforme del olvido.

Capítulo 11: El uniforme del olvido.

Bella.

Me desperté en una cama del tamaño de un campo de fútbol, con sábanas de algodón egipcio, una almohada de plumas que olía a lavanda y un dolor de cabeza digno de una resaca de tres días. Lo primero que pensé fue: «Qué sueño tan raro.» Lo segundo, al ver el techo pintado con querubines y el ventanal con vistas al lago: «No es un sueño.»

Estaba en la suite azul.

Me incorporé muy despacio, con el pelo hecho un nido y la boca seca. Sobre la mesita de noche había un vaso de agua, dos aspirinas y una nota con una caligrafía elegante y segura: «Para el dolor de cabeza. Y para el resto, no hay medicina. C.»

Me quedé mirando la nota con una mezcla de ternura y de furia. Después la arrugué, la tiré al fondo de la habitación y me tomé las aspirinas. No porque me las hubiera dejado él. Sino porque dolía de verdad.

El móvil estaba en la mesita, enchufado a un cargador que yo no recordaba haber conectado. Tenía noventa y tres notificaciones. Lo encendí con un dedo tembloroso, como quien levanta la tapa de una caja que sospecha llena de serpientes.

Primer mensaje, de Fiorella, a las seis y diez de la mañana:

«Presidenta. No mires internet. Repito: no mires internet.»

Segundo, de Stella, a las seis y doce:

«Hemos creado un plan. Estamos subiendo. NO MIRES INTERNET.»

Tercero, de mi madre, a las siete:

«Bella, hija, ¿es verdad que sales en la televisión? Me ha llamado la tía Concetta. Dice que te ha visto bajando por una barandilla.»

Cuarto, de un número desconocido, a las siete y cuarto:

«Señorita Rinaldi, le habla el director de la revista Vanity Italia. Nos encantaría hablar con usted sobre una portada.»

Quinto, de un tal «Jeque Rashid Contactos Oficiales»:

«Mi oferta sigue en pie. Y he comprado el cisne.»

Dejé caer el teléfono sobre las sábanas. Tragué saliva. Y ante mi horror, con la curiosidad insana del que se acerca al borde de un precipicio, abrí la aplicación de vídeos.

Lo primero que apareció fue el título: «LA DAMA DEL PINTALABIOS: ¡La novia más torpe y entrañable de Italia!» Debajo, tres millones doscientas mil visualizaciones.

Pulsé el vídeo. Y me vi. A mí, con un vestido verde esmeralda, bajando por el pasamanos de mármol de la villa Sinclair a una velocidad vertiginosa, con los zapatos en la mano y la boca abierta en un grito mudo, hasta aterrizar entre los brazos de un hombre en esmoquin que me miraba como quien contempla un milagro.

Pasé al siguiente. «La postre sorpresa de Como.» Dos millones. Siguiente. «¡Estatua romana se lanza a la fuente!» Cuatro millones. Siguiente. «Boda en el lago de Como: la novia del cisne.» Siete millones. Siguiente. «EL BESO IMPOSIBLE: ¿Se besaron o no se besaron?» Once millones. Y debajo, un hashtag que se repetía con insistencia aterradora: #BellaYChristian.

-Ay, Madonna -susurré-. Me voy a morir.

La puerta se abrió con un golpe seco. Entraron Stella y Fiorella como un tornado, con una bandeja de desayuno, una bolsa de lona y una expresión de emergencia nacional.

-¡Presidenta! -gritó Fiorella.

-¡Has mirado internet! -dijo Stella, señalando mi móvil con horror.

-He mirado un poco.

-¿Cuánto es un poco?

-Hasta once millones.

-Ah. Entonces lo has visto todo.

-Lo he visto todo.

Se hizo un silencio fúnebre. Stella dejó la bandeja sobre la cama. Fiorella se sentó a mi lado y me tomó la mano con solemnidad de enfermera.

-Bella -dijo-. Tenemos que ser prácticas.

-¿Qué quieres decir?

-Que tienes un problema grave y que tiene solución.

-¿Cuál?

-Lo llamamos Operación Olvido.

Stella abrió la bolsa de lona con un gesto teatral. Del interior, con la lentitud de un mago que saca un conejo de la chistera, extrajo una prenda tras otra.

-Primero -dijo, mostrándome un jersey-, un poncho de lana color mostaza con flecos, tejido a mano por la abuela de Fiorella en 1987.

El poncho tenía forma de tienda de campaña. Los flecos colgaban hasta las rodillas. En el pecho, un bordado de un gallo con expresión de profunda tristeza.

-Segundo, un pantalón pirata de cuadros verdes y naranjas.

-¿Eso existe? -pregunté, horrorizada.

-Es de mi tío Gianni -dijo Fiorella con orgullo-. Lo usaba para ir de pesca.

-Tercero -continuó Stella-, unas sandalias ortopédicas de color beige, con calcetines blancos de lana hasta media pantorrilla.

-Cuarto, un sombrero de paja con un racimo de uvas de plástico en el ala.

-Y quinto -dijo Fiorella, sacando algo del fondo de la bolsa como quien presenta una joya sagrada-, las gafas definitivas.

Eran unas gafas de montura redonda, gruesa y de un color indefinible entre marrón y verde, con cristales tan gruesos que la propia Fiorella tuvo que sostenerlas con las dos manos. Detrás de aquellas lentes, los ojos de cualquiera parecían dos cacahuetes flotando en un tanque de agua.

-Son de mi abuelo -dijo con voz solemne-. Murió con ellas puestas.

-¡Qué horror!

-Era un hombre muy feliz.

Me quedé mirando aquel arsenal textil con una mezcla de espanto y fascinación.

-Dime que no me lo voy a poner -murmuré.

-Te lo vas a poner -dijo Stella-. Todo. Ahora mismo.

-¿Por qué?

-Porque ayer la gala te convirtió en un fenómeno viral. Cien periodistas, doscientos curiosos y un número indeterminado de pedigüeños de la fama te esperan en el vestíbulo. Todos buscan a una mujer despampanante, de vestido esmeralda y pelo suelto. Pero si salen a buscarla y se encuentran con esto, ¿qué verán?

-¿Una mujer con un gallo triste en el pecho?

-Verán a una desconocida. A una señora de pueblo. A una prima lejana de alguien. A una fantasma con calcetines.

-Es el mejor camuflaje de la historia -añadió Fiorella con convicción.

-Es una locura.

-Es una locura que funciona.

Me quedé callada. Miré mi reflejo en el espejo del armario: una mujer con el rímel corrido, el pelo revuelto y un camisón de seda azul que me prestó Donatella. Pensé en las once millones de visualizaciones. Pensé en los periodistas. Pensé en unos ojos de color whisky que me habían mirado, la noche anterior, desde tres centímetros de distancia, mientras doscientas personas coreaban «¡Beso!» a nuestras espaldas.




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