Christian.
Existe una diferencia fundamental entre perseguir a una mujer y huir con ella. Yo la descubrí a las once y diez de la noche, subiendo a la carrera por una escalera de piedra de trescientos peldaños, con una novia de menta agarrada de mi mano y un pirata de Capri detrás de nosotros gritando en dialecto que «el matrimonio es sagrado y la escopeta, también».
—¡No me sueltes! —jadeó Bella.
—No pensaba hacerlo.
—¡Es que no veo nada!
—Yo tampoco.
—¡Qué horror!
—¡Es romántico!
—¡No me hables de romanticismo con un tipo apuntándome a la espalda!
—Apunta al cielo.
—¡Pues que apunte mejor!
Sonó un disparo. Un pato, que dormía tranquilo en la rama de un limonero, salió volando con un graznido de indignación. El pirata, que se llamaba Totò (lo supimos más tarde, por la tarjeta de visita que nos dejó clavada en una puerta), nos gritó desde el pie de la escalera:
—¡Era de sal! ¡No os asustéis! ¡Es solo para dar ambiente!
—¡Pues da mucho! —gritó Bella.
—¡Mañana a las diez, en la capilla!
—¡Ni lo sueñe!
—¡Con flores!
—¡Que no!
—¡Y con mi suegra!
Esa última amenaza fue la que más nos aceleró el paso.
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La isla de Capri de noche es un decorado de ópera: muros blancos cubiertos de buganvillas, callejones angostos que huelen a azahar, terrazas con lámparas de papel, escaleras que suben y bajan sin ninguna lógica urbanística y cientos de limoneros cuyas ramas se inclinan sobre los senderos como brazos solícitos. Atravesamos todo aquello a la carrera, con el vestido de menta de Bella ondeando entre las sombras y la rana croando en su hombro con un entusiasmo deportivo.
—Por aquí —dije, tirando de su mano hacia una verja entreabierta.
—¿Adónde da?
—No lo sé.
—¡Esa no es una respuesta tranquilizadora!
—Es una respuesta honesta.
—¡Prefiero la tranquilizadora!
Empujamos la verja. Daba a un sendero de grava, flanqueado por antorchas y por dos hileras de palmeras iluminadas desde abajo. Al fondo, un edificio blanco de tres plantas, con balcones de hierro forjado, vidrieras de colores, una escalinata de mármol y un cartel luminoso en la entrada que decía, en letras doradas: «Villa Azzurra. Pasarela Mediterráneo. Colección Otoño-Invierno».
—Es un desfile de moda —murmuré.
—Genial.
—¿Genial?
—Nadie se fija en nadie en un desfile de moda.
—Bella, llevas un vestido de menta con mangas de globo y un velo de novia en la cabeza.
—Por eso. Parezco parte de la colección.
—Es el razonamiento más extraño que he oído.
—Y el más infalible.
Antes de que pudiera replicar, un hombre delgadísimo, de pelo teñido de plata, gafas de sol de noche y bufanda de seda al cuello, salió corriendo de la villa con una libreta en la mano, nos vio, soltó un chillido agudo y se llevó ambas manos a las mejillas.
—¡Por fin! —exclamó—. ¡Estáis aquí! ¡Llegáis tardísimo!
—¿Perdón? —dije.
—¡Los modelos! ¡Los últimos! ¡Los que cierran el desfile!
—No somos modelos.
—¡Claro que lo sois! ¡Con ese vestido! ¡Con ese velo! ¡Con esa rana! ¡Es conceptual!
—Es una confusión —intentó explicar Bella.
—¡Es genialidad! ¡Pasad, pasad, pasad!
Nos arrastró escaleras arriba con una fuerza sorprendente para un hombre de cuarenta kilos. Atravesamos un vestíbulo lleno de espejos y de maniquís, un pasillo repleto de percheros y de maquilladoras que se lanzaron sobre nosotros con pinceles y brochas, y llegamos a un salón enorme, con una pasarela en forma de T, doscientas butacas ocupadas por gente elegante, focos de colores, música electrónica y, tras una cortina de terciopelo negro, una cola de modelos esperando su turno con caras de agonía.
—¡Os presento a los cierres! —anunció el hombre de la bufanda, con voz de trompeta—. ¡La pareja estrella!
—¿Quién es usted? —pregunté, a media voz.
—Gianluca Ferrante, diseñador de la colección.
—Ah.
—«Cacareo Ilustrado».
Bella se quedó inmóvil.
—¿Cómo ha dicho?
—«Cacareo Ilustrado». Mi obra maestra. Inspirada en la Dama del Gallo Triste.
—Dios santo.
—¿La conocéis?
—Vagamente.
—¡Qué mujer! ¡Qué genio! ¡Qué torpeza sublime! Lamento que no esté aquí. La invité por tres canales distintos. Pero seguro que viene a la próxima.
—Seguro —murmuró Bella, con una voz muy pequeña.
—¡Bien! ¡Os necesito! ¡Tú, por aquí! ¡Tú, por allá!
Dos ayudantes me quitaron la camisa mojada y me pusieron, sin ninguna ceremonia, un poncho de lana color mostaza con un gallo bordado, unos pantalones bombachos de cuadros verdes y naranjas y una corona de espigas de maíz. A Bella le colocaron un sombrero de paja con un racimo de uvas de plástico, unas gafas de culo de vaso y, sobre el vestido de menta, un delantal de encaje con el logotipo de la casa.
—Esto es una pesadilla —susurró.
—Tienes razón.
—Es la peor humillación de mi vida.
—No, la peor fue la de las bragas de elefantitos.
—¡Christian!
—Perdona. Es un acto reflejo.
—¡Pareja estrella, a escena! —bramó el diseñador.
—¡No! —dijo Bella.
—¡Sí! —dijo el diseñador.
—Bella —le susurré al oído—. Tengo un plan.
—¿Cuál?
—Salimos, caminamos hasta el final, giramos y nos escapamos por la puerta lateral.
—¿Y el pirata?
—Estará dentro de diez minutos.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque todo el mundo llega a un desfile con retraso.
Se hizo un silencio. Una música grave, cavernosa, empezó a sonar por los altavoces. Los focos giraron hacia el centro de la pasarela. La cortina de terciopelo se abrió con un siseo.
—¡Adelante! —gritó Gianluca—. ¡Y cuidado con los flecos!
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Hay momentos en la vida en los que uno descubre que posee un talento oculto. El mío, aquella noche, fue desfilar. Mi paso, entre el poncho mostaza, los bombachos y la corona de espigas, tenía la elegancia de un cisne en pleno vals. El público aplaudía con cortesía. Un fotógrafo se arrodilló para capturarme de perfil. Una señora de la primera fila se llevó una mano al pecho.