El club de las feas.

Capítulo 35: Operación rapto.

Capítulo 35: Operación rapto.

Bella.

Hay frases que ninguna mujer debería tener que pronunciar con el agua del Naviglio hasta la barbilla y un hombre guapo flotando a su lado, pero la mía fue: «¡Ahora me vas a escuchar, aunque sea a nado!».

La dije a medianoche, en medio del canal, con el poncho mostaza hinchado como un flotador, las sandalias ortopédicas a la deriva, una hoja de lechuga pegada a la oreja y la rana, que me había seguido en el salto con la fidelidad de una dama de compañía, subida a mi cabeza como un sombrero. Christian emergió a medio metro de mí, jadeando, con el pelo pegado a la frente, la camisa transparente y los ojos brillantes de pánico.

—¡Bella! —gritó—. ¿Estás bien?

—¡Perfectamente!

—¡Te has tirado de un camión!

—¡Tú también!

—¡Yo te he seguido!

—¡Pues escucha!

—¡Estoy a punto de ahogarme!

—¡No es verdad, se hace pie!

Era cierto. El Naviglio Grande, bajo el puente, tiene una profundidad de un metro y veinte, y los dos estábamos de pie sobre el fango del fondo, con el agua helada a la altura del pecho, mirándonos a la luz de las farolas con una expresión de absoluta estupidez. A nuestro alrededor flotaban un zapato, una bolsa de patatas fritas, un gorro de piel, un abrigo de visón sintético y una cantidad escandalosa de uvas de plástico.

—Christian —dije, jadeando—. Tengo que decirte una cosa.

—Lo sé.

—Es muy importante.

—Lo sé.

—Es la más importante de mi vida.

—Bella…

—Te…

—¡ATENCIÓN, ESPECTADORES! —tronó una voz sobre nuestras cabezas.

Alcé la vista. Sobre el puente, en la barandilla de hierro forjado, asomaban ciento doce periodistas, cuarenta peregrinas en bicicleta, una banda de música con los instrumentos en alto, tres cámaras, un cardiólogo, un camionero con bigote y, a la cabeza de todos ellos, con la peluca torcida y el micrófono dorado en la mano, Gianni Gianni, con una expresión de éxtasis profesional.

—¡HAN SALTADO LOS DOS! —gritaba—. ¡HAN SALTADO JUNTOS! ¡ES UNA PROPOSICIÓN DE MATRIMONIO ACUÁTICA!

—¡No lo es! —aullé.

—¡Es un acto de amor!

—¡Es un accidente!

—¡Que se besen!

—¡BESO, BESO, BESO! —coreó el puente.

Me giré hacia Christian con los dientes apretados, dispuesta a ignorar a todo el universo y soltar aquella frase que llevaba veintisiete días atragantada. Pero él, en un movimiento rápido, se había erguido con la dignidad de un monarca recién salido de las aguas, se había sacudido el pelo con una mano y, con la voz más grave y solemne de su repertorio, anunció:

—Sin comentarios.

—¿Cómo?

—No haré declaraciones.

—¡Christian!

—Mi gabinete de prensa publicará un comunicado.

—¡Tú no tienes gabinete de prensa!

—Tengo a una becaria con pecas.

—¡Escúchame!

—Aurelio —dijo, levantando una mano con elegancia—. La toalla.

Desde el puente descendió una cuerda. Una escalera, en realidad: la escalerilla de seda de un helicóptero blanco con un lazo rojo, que acababa de situarse sobre el canal, con un estruendo de aspas y una lluvia de pétalos. En la puerta del aparato, sentado con las piernas cruzadas, el jeque Rashid saludaba con una taza de té y una sonrisa beatífica.

—¡Querido amigo! —gritó—. ¡Suba! ¡Hay dátiles!

—Gracias, Alteza —respondió Christian, y trepó por la escalerilla con una agilidad sorprendente para un hombre empapado.

—¡CHRISTIAN! —chillé.

Se detuvo a mitad de la escala. Me miró desde arriba. Hubo un instante, un solo instante, en que su rostro se contrajo, en que una sombra de dolor le cruzó los ojos y creí ver al hombre de verdad detrás del presidente. Después recompuso el gesto, ajustó la bufanda inexistente, carraspeó y dijo con frialdad:

—Tengo una reunión.

—¡A medianoche!

—En Dubái.

Y desapareció dentro del helicóptero entre aplausos, silbidos y una lluvia de pétalos de rosa, mientras yo, sola en medio del canal, con una rana en la cabeza, un anillo en el dedo y una hoja de lechuga en la oreja, gritaba hacia las estrellas:

—¡COBARDE!

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Pasé tres días sin dormir.

No exagero. Tres días con sus noches, durante los cuales visité en este orden: su despacho (cerrado), su casa (con una nota en la puerta que decía «Fuera de cobertura»), la casa de su madre (que me recibió con una bandeja de pasteles y la frase «Querida, paciencia»), el almacén de Lambrate (vacío), el yate del jeque (zarpado), la capilla de Capri (cerrada por reformas) y la Gruta Azul (cerrada por marea). Cada vez que lo encontraba, huía. Cada vez que huía, lo encontraba. Cada vez que lo encontraba, algo, siempre algo (un periodista, una peregrina, una paloma, una banda de música, un presentador con peluca) nos interrumpía justo cuando yo abría la boca.

Mi ánimo, durante aquel tiempo, fue deteriorándose con la velocidad de una fruta madura.

El viernes por la noche, a las doce y media, sentada en el suelo del apartamento de Stella, rodeada de cartones de pizza, envoltorios de galletas y tres botes de helado de fresa vacíos, con el pelo en un moño de nido de águila y los ojos enrojecidos, tomé una decisión histórica.

—Voy a secuestrarlo —dije.

Stella, que estaba comiendo una porción de pizza, se atragantó. Fiorella, que ordenaba su colección de patitos de goma sobre la mesa, dejó caer uno.

—¿Cómo?

—Voy a secuestrarlo.

—Presidenta —dijo Stella, con cautela—. Has dormido poco.

—Siete minutos en tres días.

—Eso es poco.

—Es suficiente para planear.

—¿Planear qué?

—Un rapto.

—Bella, un rapto es un delito.

—Un rapto romántico.

—Sigue siendo un delito.

—Es un acto de amor en estado puro.

—Eso no es una defensa legal.

—¡Es la única que tengo!

Me puse en pie de un salto. Cogí una servilleta. Cogí un rotulador. Dibujé sobre la servilleta, con trazos rápidos y furiosos, un croquis incomprensible. Una furgoneta. Una flecha. Una caja. Un muñeco con corbata. Una nube con la palabra «ESCUCHA».




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