Bella.
Hay frases que una nunca espera pronunciar en la vida, y la mía de aquella noche fue: «Capitán, ¿tiene usted un chaleco salvavidas de mi talla?».
Lo dije en la cubierta del yate del jeque Rashid, a las diez y cuarto de la noche, con el golfo de Nápoles abriéndose ante mí como un manto de terciopelo negro salpicado de luces, un vestido de menta con mangas abullonadas empapado de espuma, un velo de novia enroscado al cuello y un frasco de Nutella abrazado contra el pecho como quien se aferra a un flotador. A mi lado, sobre el hombro, la rana, que había adoptado la postura de un vigía de fragata, croaba con aire solemne.
—¿Un chaleco, señorita? —preguntó el capitán, un hombre robusto de barba blanca y gorra de visera dorada, con aspecto de haber navegado por todos los mares del mundo y de haberse aburrido en la mayoría—. Tenemos cuarenta. Pero ¿para qué lo quiere?
—Para saltar.
—¿Saltar adónde?
—Al mar.
—Estamos a dos millas de la costa.
—Pues nadaré.
—Hay corrientes.
—Soy una nadadora experimentada.
—¿De verdad?
—He caído en cinco fuentes, un estanque y un lago en una semana.
—Eso no cuenta como natación.
—Es una disciplina emergente.
El capitán asintió con una gravedad respetuosa y se alejó murmurando algo sobre las mujeres de hoy y los barcos de siempre. Yo me quedé sola junto a la barandilla, mirando el estela blanca que dejábamos atrás, y respiré hondo, con una mezcla de alivio y de terror. Por fin, por primera vez en dos semanas, estaba lejos de todo: de las peregrinas, de los periodistas, de los consejos de administración, de las cenas familiares y de un hombre de ojos de color whisky que se había quedado en el muelle con las manos en los bolsillos.
—Estoy a salvo —me dije—. Estoy en medio del mar. Aquí no puede alcanzarme nadie.
—Querida —dijo una voz suave a mi espalda.
Me giré. El jeque Rashid, envuelto en su túnica blanca, con el turbante impecable y una taza de té de menta en las manos, me observaba con una sonrisa de bondad infinita.
—¿Se encuentra cómoda?
—Muy cómoda.
—¿Le han preparado el camarote?
—Todavía no lo he visto.
—Es el de la proa. Tiene una cama redonda, un jacuzzi y una ventana con vistas al horizonte.
—Suena maravilloso.
—Y también un teléfono.
—¿Un teléfono?
—Para que llame a quien quiera.
—Gracias, Alteza. Pero no tengo a quién llamar.
—¿No?
—Mis amigas están en Nápoles.
—Qué lástima.
—Y mi familia…
—¿Sí?
—Está en Bérgamo, y se ha enterado de todo por la televisión.
—Qué desgracia.
—Y mi jefe…
—Ah.
—Mi jefe está en el muelle.
El jeque dio un sorbito a su té con una calma exasperante.
—¿Está segura?
—Lo vi.
—Con las manos en los bolsillos.
—Eso es.
—Qué hombre tan paciente.
—No es paciente. Es un acosador.
—Es un caballero.
—Es una plaga.
—Es un enamorado.
—¡Alteza!
—Perdone. Soy un hombre de proverbios.
—No necesito proverbios, necesito un bote.
—Ahora mismo no disponemos de ninguno.
—¿Cómo que no?
—Está en reparación.
—¿Y la lancha?
—Se la ha llevado un invitado.
—¿Qué invitado?
—Un joven de ojos de whisky.
Sentí que el aire se me escapaba de los pulmones. Me giré hacia popa con una lentitud de pesadilla, y allí, a trescientos metros, entre la espuma blanca que levantaban las hélices, vi acercarse a toda velocidad una pequeña lancha motora con un letrero luminoso que decía «Taxi Marítimo Capri y alrededores», pilotada por un hombre en mangas de camisa con la corbata ondeando al viento y una expresión de felicidad absoluta.
—No —susurré.
—Sí —dijo el jeque, con una sonrisa beatífica.
—Es imposible.
—Va muy rápido.
—Esto es un abuso.
—Es una regata.
—¿Qué regata?
—La del corazón, querida.
—¡Alteza!
—Perdone. Otra vez.
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Voy a ser justa con la tripulación del yate Zafiro III, porque se comportó de una manera ejemplar. Doce marineros de uniforme blanco, un cocinero de bigote enroscado, dos azafatas, un mayordomo de librea y un halcón de cacería llamado Saladino, que viajaba en un posadero de ébano a proa y que, desde el momento en que subí a bordo, me observó con una mirada de profunda sospecha. Todos, sin excepción, me trataron con la mayor cortesía. Ninguno pronunció una palabra de reproche. Y cuando, tras la aparición de la lancha de Christian, empecé a correr por cubierta en busca de un escondite, cuatro marineros se apartaron con una inclinación de cabeza, el cocinero me abrió la puerta de la cámara frigorífica con un gesto de ayuda y las azafatas me tendieron, sin que se lo pidiera, un cojín de seda para amortiguar la caída.
—¡Gracias! —grité, mientras saltaba tres escalones.
—¡Buena suerte, señorita! —respondió el mayordomo.
—¡Que Alá la guíe! —añadió una azafata.
Me metí en la cámara frigorífica. Cerré la puerta. Me quedé de pie entre quesos, jamones, cajas de langostinos y un cordero entero colgado de un gancho, con los dientes castañeteando y los brazos cruzados, rezando para que el frío me protegiera de todos los males.
Al cabo de un minuto, un golpecito.
—¿Bella?
Contuve la respiración.
—Sé que estás ahí.
—No hay nadie.
—Hay una rana croando.
La rana, ofendida, calló.
—Abre, Bella.
—No.
—Hace frío.
—Estoy perfectamente.
—Tienes los labios azules.
—¿Cómo lo sabes?
—Por el ojo de buey.
Me giré. En la puerta de la cámara, a la altura de mi cabeza, había un cristal redondo de unos veinte centímetros de diámetro. Y al otro lado, apoyado con una mano contra el marco, con el pelo mojado, la camisa abierta y los ojos más brillantes que nunca, Christian me miraba con una sonrisa de oreja a oreja.
—Hola —dijo.