El club de las feas.

Capítulo 38: La elegida.

Capítulo 38: La elegida.

Christian.

Hay hombres que ensayan un discurso cuarenta veces ante el espejo de un baño y luego, cuando llega el momento, descubren que el corazón no tiene memoria. Yo pertenecía a esa especie, y lo comprobé a las ocho y cuarenta y cinco de aquella noche de domingo, de pie en el patio trasero de la trattoria de Nonna Pina, con un traje azul marino, una corbata que Dante me había anudado tres veces y las manos heladas, intentando recordar la primera palabra de mi propio discurso.

—Querida Bella —murmuraba, ante una parra—. Querida… no. Bella. Mi vida. No. Bella, escucha.

—Hijo —dijo Nonna Pina, apareciendo por la puerta de la cocina con un trapo en el hombro y una fuente de lentejas humeantes—, se te va a gastar el nombre de tanto repetirlo.

—Es que no me sale.

—Es que lo tienes demasiado ensayado.

—¿Y qué hago?

—Dejas de pensar y empiezas a mirar.

Miré. El patio era un pequeño paraíso escondido tras la cocina: un cuadrado de piedra de unos seis metros de lado, rodeado de muros de ladrillo cubiertos de hiedra y de rosales trepadores, con una fuente de mármol en el centro donde un pez de piedra escupía un hilo de agua, una parra enorme que formaba un techo de hojas y racimos, trescientas lucecitas colgadas entre los sarmientos como estrellas atrapadas y, bajo ellas, una mesa redonda de piedra vestida con un mantel de lino blanco bordado con hilo de oro. Sobre el mantel, entre dos candelabros de plata y un ramo de rosas blancas, se alzaba, en forma de pirámide, una torre de trece frascos de Nutella con lacito rojo.

Era la mesa más hermosa que había visto en mi vida. Y a mí, que dirijo una empresa de belleza, no me cuesta nada reconocer lo hermoso.

—Falta una cosa —dijo Dante, que acababa de asomar la cabeza desde la cocina con un patito de goma en cada mano.

—¿Cuál?

—Tú. Estás verde.

—Estoy perfectamente.

—Tienes la corbata del revés.

—Es un recurso estilístico.

—Eso mismo dijo ella el otro día con el jersey.

—Dante.

—Qué.

—Gracias.

—¿Por?

—Por estar.

Mi mejor amigo me miró durante dos segundos largos con una expresión que no le había visto nunca. Después carraspeó, se atusó el pelo, murmuró algo sobre «el humo de las lentejas» y se secó los ojos con el dorso de un patito de goma.

—Eres un buen tipo, Christian —dijo, con la voz algo rota—. Un idiota, pero un buen tipo.

—Lo sé.

—Y ella te quiere.

—Lo sé.

—Entonces, ¿de qué tienes miedo?

—De que no se me pase el temblor.

—Es el amor.

—Es una calamidad.

—Es lo mismo.

---

Hay una frase que se atribuye a no sé quién y que dice que el tiempo se detiene cuando aparece lo que uno ha esperado toda la vida. Yo nunca la había creído. Pensaba que era una de esas exageraciones románticas que escriben los poetas para justificar sus facturas de luz. Pero a las nueve en punto, cuando se abrió la puerta de la cocina y por ella apareció la mujer que había recorrido veintisiete huidas para llegar hasta aquel patio, el reloj de pared de la trattoria, que había marcado las horas con el mismo tictac desde 1958, se detuvo con un chasquido.

No lo digo en sentido figurado. Se detuvo de verdad. Nonna Pina lo comprobó después y juró que jamás había ocurrido.

Bella estaba en el umbral.

Llevaba un vestido de color esmeralda, largo, de tul y seda, tan ligero que parecía hecho de agua verde. Caía desde unos tirantes finísimos, se ceñía en la cintura con una cinta de terciopelo, se abría en una falda que ondulaba a cada respiración y dejaba la espalda al descubierto en un escote profundo, delicado, que terminaba justo donde empieza el cielo. El pelo, castaño, brillante, suelto, le caía sobre los hombros en ondas suaves, con dos mechones sujetos por una pequeña peineta de nácar. Tenía los ojos dorados, grandes, apenas sombreados con un toque de marrón, y las pestañas largas, y las mejillas con un rubor natural que no necesitaba ayuda. Los labios, pintados de un rojo oscuro, elegante, eran los mismos de la fotografía de aquella cena de cumpleaños que me enseñó Dante una mañana de septiembre. Del lóbulo de las orejas le colgaban dos pendientes de oro diminutos que reconocí enseguida: eran de mi abuela.

No llevaba gafas de montura gruesa. Ni poncho mostaza. Ni moño tirante. Ni sandalias ortopédicas, aunque, tras una mirada discreta, comprobé con ternura que llevaba, bajo la falda, unos calcetines blancos de lana, por si acaso. Sobre su hombro, escondida entre las ondas del cabello como un broche vivo, asomaba una rana verde con una expresión de orgullo supremo.

Pero no fue nada de eso lo que me dejó sin aire. Fue la forma en que me miró.

Con unos ojos tímidos, asustados, esperanzados, de mujer que no sabe qué hacer con las manos, que respira hondo, que se muerde el labio, que da un paso al frente con una sonrisa temblorosa y que teme, con toda el alma, que el hombre que la espera no esté a la altura de la imagen que ha construido en su cabeza.

Sentí que se me paraba el corazón. Sentí que se me secaba la boca. Sentí que las lentejas, las lucecitas, la torre de Nutella, el pez de piedra, la parra y la ciudad entera de Milán dejaban de existir, y que solo quedaba aquella figura verde, tan hermosa y tan delicada que parecía que un soplo de viento pudiera llevársela.

—Hola —dijo Bella, con un hilo de voz.

No pude contestar.

—¿Christian?

No pude moverme.

—¿Estás bien?

—Yo… —balbuceé—. No… no recuerdo mi nombre.

Se echó a reír. Una risa suave, nerviosa, con un temblor de campanillas. Y al dar un paso hacia mí, el tacón de su zapato se enganchó en el borde de una baldosa, se tambaleó y estuvo a punto de caer. Yo reaccioné con un reflejo felino: di dos zancadas, la sujeté de la cintura con un brazo y de la mano con el otro, y la mantuve en el aire, a diez centímetros del suelo, con el pelo cayéndole sobre mi hombro y el aroma de jazmín y de lavanda envolviéndome como una nube.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.