Bella.
Corrí.
No lo digo en sentido figurado. Corrí de verdad, con mi falda de lana batiéndome las pantorrillas, el bolso rebotando contra la cadera y el moño ya medio deshecho, atravesando el vestíbulo de Sinclair Company como una fugitiva que acaba de robar las joyas de la corona. La recepcionista de la ceja arqueada me vio pasar y levantó la otra ceja, para variar. Un guardia de seguridad dio un paso atrás. Las puertas giratorias me escupieron a la calle como un hueso de aceituna.
No me detuve hasta llegar a la esquina de Via Manzoni, donde me apoyé contra una farola con la lengua afuera, jadeando como un perro de caza.
*Respira, Bella*, me dije. *Respira. No ha pasado nada. Solo has estado diez horas encerrada con el hombre más peligroso de Italia, has olvidado cómo se pone un pie delante del otro y has visto cómo te sostenía del codo con una mano grande, cálida y perfectamente manicurada. Nada grave.*
Un anciano que paseaba un perro faldero me miró con preocupación.
—¿Se encuentra bien, signorina?
—Perfectamente —jadeé—. Estoy haciendo ejercicio.
—Con esa falda.
—Es una técnica nueva.
Se alejó, murmurando algo sobre las mujeres de hoy en día. El perro me miró con lástima. Hasta los perros de Milán me juzgaban.
Saqué el teléfono del bolso con las manos todavía temblorosas y escribí en el grupo que teníamos las tres, el mismo que llevaba años llamándose «Las Tres Gracias» y que esa misma mañana Stella había rebautizado, con una arrogancia admirable, «CLUB DE LAS FEAS (Confidencial)».
*«Reunión de emergencia. Ya. Trattoria de Nonna Pina. Es grave.»*
La respuesta de Fiorella llegó en menos de diez segundos.
*«¿¿¿Qué ha pasado??? ¿Te ha despedido? ¿Te ha besado? ¿Las dos cosas???»*
Y la de Stella, un instante después, con su laconismo habitual:
*«Voy para allá. Pide vino.»*
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La trattoria de Nonna Pina era nuestro cuartel general desde los tiempos de la universidad. Un local diminuto, con manteles de cuadros rojos, fotos de futbolistas olvidados en las paredes y una dueña de ochenta años que servía pasta con la misma delicadeza con la que otros lanzan granadas. Nos sentamos en la mesa del fondo, la que quedaba junto a la ventana y bajo un cuadro de la Virgen que, según Stella, tenía «una expresión de compasión muy oportuna».
Pedí una jarra de vino tinto y tres platos de *cacio e pepe* antes de que Nonna Pina terminara de saludarnos.
—Ay, mis niñas —dijo, plantándonos delante una cesta de pan—. Qué caras traen. Seguro que es por un hombre.
—No es por un hombre, Nonna —dijo Stella, sentándose.
—Siempre es por un hombre.
—Esta vez es por varios, en realidad —murmuró Fiorella—. Pero eso ya pasó. Hoy es por uno nuevo.
Nonna Pina asintió con satisfacción, como un médico que confirma un diagnóstico, y se marchó sin decir nada más, arrastrando las zapatillas por el suelo de madera.
Esperé a que se alejara. Cuando por fin estuvimos solas, apoyé los codos en la mesa, me quité las gafas del tío Gianni (que, para mi desgracia, habían empezado a dejarme una marca roja en el puente de la nariz) y dije, con voz solemne:
—Declaro abierta la primera reunión oficial del Club de las Feas.
—Secundo la moción —dijo Stella, levantando la mano.
—Yo también —dijo Fiorella.
—Perfecto. Primer punto del orden del día: la crisis.
—¿Qué crisis? —preguntó Stella, sirviéndose vino.
Respiré hondo. Y lo solté todo de un tirón, sin pausas ni puntuación, con la rapidez de quien se quita una tirita:
—Christian Sinclair es guapo. Pero guapo de verdad, de los que no deberían existir fuera de las revistas. Alto, moreno, con unos ojos de color whisky y una mandíbula que parece esculpida por Miguel Ángel en un día muy inspirado. Se ríe como si le sobrara el sol. Me estrechó la mano y me dio un escalofrío. Me tropecé con su alfombra y me agarró del codo. Me quité las gafas sin querer y me miró durante un segundo con una cara que… que… —me detuve para tomar aire—. Y luego me invitó a cenar.
Hubo un silencio sepulcral.
Fiorella se quedó con el tenedor suspendido en el aire. Stella dejó la copa sobre la mesa muy despacio, como quien posa una bomba sin detonar.
—¿Qué ha hecho?
—Me ha invitado a cenar.
—¿El primer día?
—A las tres de la tarde.
—¿Y qué le dijiste?
—Que no.
—¿Qué más?
—Le cité el artículo seiscientos nueve bis del código penal.
Stella parpadeó. Fiorella soltó una carcajada tan escandalosa que el señor de la mesa de al lado se atragantó con una albóndiga.
—¡Le amenazaste con el código penal! —chilló Fiorella, secándose las lágrimas—. ¡Al presidente de la empresa! ¡El primer día!
—¡Fue un acto reflejo!
—Eres una heroína —dijo Stella, con una sonrisa maliciosa—. Una heroína del pueblo.
—Una idiota, querrás decir. Me van a despedir mañana.
—No te van a despedir.
—Me van a despedir y me voy a quedar sin trabajo, sin novio y sin dignidad.
—Novio ya no tenías —apuntó Fiorella.
—¡Gracias por recordármelo!
—De nada.
Stella levantó una mano, imponiendo orden, con la autoridad de quien se sabe la más sensata del grupo.
—A ver, vamos por partes. Tu jefe es guapo. Muy guapo. Eso ya lo sabíamos, porque lo vimos en las revistas. Te invitó a cenar. Tú dijiste que no. Hasta ahí, todo en orden. El club funciona. El juramento se mantiene.
—Pero…
—¿Pero?
—Pero me miró los ojos —dije, en voz muy baja.
Se hizo otro silencio. Más largo.
—¿Y? —preguntó Fiorella, con cautela.
—Y se me aceleró el corazón. Y no fue por miedo.
Las dos me miraron.
—Bella —dijo Stella con mucha calma—. Dime que estás bromeando.
—No lo sé. No sé qué me pasa. Es como si… como si algo se hubiera encendido y no encontrara el interruptor.
—Eso se llama atracción física.
—Eso se llama desgracia.