Bella.
Hay una regla de oro en la huida que nadie me enseñó y que descubrí aquel domingo, a las cinco y diez de la tarde, con trescientas mujeres persiguiéndome por la ladera de una montaña: cuando no puedes esconderte de una multitud, hazte multitud.
Lo pensé en el segundo exacto en que doblé un recodo del sendero y me topé de frente con uno de los autobuses de las peregrinas, aparcado con las puertas traseras abiertas, el maletero a medio descargar y una montaña de ponchos mostaza apilados sobre la hierba como un rebaño de ovejas amarillas. Detrás de mí, a doscientos metros, la marea de gallinas tristes avanzaba cantando. Delante, un precipicio. A mi izquierda, un muro. A mi derecha, un autobús lleno de ropa.
—Es una señal —susurré.
La rana croó con una resignación profunda.
—No me mires así. Es una estrategia.
Me metí entre los ponchos. Me puse uno, que me llegaba a las rodillas y olía a lavanda y a naftalina. Me calé un sombrero de paja con un racimo de uvas de plástico hasta las cejas. Rebusqué en una caja de cartón y encontré unas gafas de culo de vaso, que me convirtieron los ojos en dos canicas de acuario y el mundo en una acuarela borrosa. Me remangué el vestido de menta, escondí la sábana bajo el poncho, el pan en forma de corazón dentro de una manga, la bolsa de limones tras un montón de calcetines y la rana, que se negó a abandonarme, en el bolsillo del pecho, de donde asomó con aire de condecoración.
Cuando la primera oleada de peregrinas llegó jadeando al autobús, yo ya estaba de pie en la fila, mirando al frente con la cara más piadosa que fui capaz de fabricar.
—¡Hermanas! —gritó una mujer corpulenta, con un acento veronés que cortaba el aire—. ¿Ha pasado por aquí la Dama?
—No la he visto —dije, con voz de contralto.
—¿Y tú quién eres?
—Una peregrina.
—¿De dónde?
—De… —busqué desesperadamente un pueblo— de Lodi.
—¿Qué sección?
—La… de Lodi.
—¿Cuántos años en la fe?
—Dos semanas.
—¡Una novata! —exclamó la mujer, con los ojos húmedos—. ¡Bendita seas! ¡Estás en el momento más sagrado del movimiento!
—Gracias.
—Soy la señora Bernarda, presidenta de la sección veronesa.
—Encantada.
—¿Tu nombre?
—Concetta.
—Qué bonito. La hermana Ottavia dice que Concetta es nombre de santa.
—Es de mi tía.
—Será una santa. Ven. Te necesitamos.
Me agarró del brazo con una mano como un torno y me arrastró hacia el centro de la multitud.
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Voy a explicar cómo es estar infiltrada en un ejército que te busca. Es una experiencia que no recomiendo, pero que, en términos de comedia, es incomparable.
Primero, te sientas en un autobús con cuarenta mujeres de entre diecinueve y noventa y un años, todas con ponchos mostaza, todas con gafas gruesas, todas con calcetines blancos hasta las pantorrillas, todas con una cara de entusiasmo místico, y descubres que no solo te toleran, sino que te adoran. Una te ofrece un caramelo. Otra te pone una manta sobre las rodillas. Una tercera, de unos ochenta años, te pellizca la mejilla y te dice que eres «una chica muy bien criada». Una cuarta te enseña el himno completo, con estrofas que ni siquiera sabía que existían: «Gallo triste, gallo triste, tu rabo es una bandera; si te caes, nos levantas, si huyes, nos das carrera».
—Qué letra tan profunda —murmuré.
—Es de la hermana Graziella —dijo la señora Bernarda—. La sorda. Tiene mucho talento.
—Se nota.
Segundo, descubres que hay una jerarquía. La presidenta de cada sección tiene derecho a un asiento delantero, a una pancarta propia y a un silbato de plástico. La hermana Ottavia, que viaja en el primer autobús, tiene un megáfono y un chaleco amarillo fosforescente con la inscripción «Coordinadora General de Búsqueda». Las veteranas llevan insignias con forma de gallo. Las novatas, un lazo mostaza en el brazo. A mí me pusieron uno, con solemnidad de condecoración militar.
Y tercero, y lo más extraordinario, descubres que todas hablan de ti sin saber que estás ahí.
—¿Vosotras creéis que ella lo quiere? —preguntó una joven de pelo rosa, sentada detrás de mí.
—Claro que lo quiere —respondió otra.
—¿Cómo lo sabes?
—Por cómo huye.
—¿Y eso qué significa?
—Que si no lo quisiera, ya se habría ido a Argentina.
—Es lógico.
—Es una huida de manual. Se llama «huida de contención afectiva».
—¿Existe eso?
—Lo leí en una revista.
—Yo creo que lo odia —intervino una tercera, de aspecto severo—. Es una mujer independiente.
—Es una mujer asustada —corrigió la primera.
—Es una mujer que prefiere los gallos.
—Es una mujer con un anillo atascado.
—Qué casualidad.
—Es una señal.
—Es una maldición.
—Es un hechizo.
—Es una cláusula.
—Es el destino —sentenció una anciana desde el fondo, con una voz profunda que silenció el autobús entero—. Y yo, que he enterrado a tres maridos, os digo una cosa, niñas: cuando una mujer corre tanto, es que va hacia algo. No huye. Se acerca por el camino largo.
Hubo un silencio reverente. Me miré las manos, que apretaban el pan en forma de corazón con una fuerza innecesaria. Sentí en el pecho una cosa tibia y absurda que no supe clasificar.
—Qué sabia es la abuela Pierina —susurró la joven de pelo rosa.
—Tiene noventa y cuatro años.
—Y un máster en corazones.
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El convoy de peregrinas llegó al puerto de Capri a las seis menos veinte. Descendieron de los autobuses como un ejército en procesión, con las pancartas en alto, los silbatos soplando y la hermana Ottavia al frente, subida a un cajón de verduras, con el megáfono en la mano y los ojos brillantes de entusiasmo.
—¡Hermanas! —tronó—. ¡Escuchad! ¡La Dama ha huido hacia la montaña! ¡Pero el amor no huye, solo se retrasa! ¡Hemos de dividirnos en cuatro brigadas!
—¡Brigadas! —repitieron las peregrinas, con fervor.