El club de las feas.

Capítulo 12: La reina de la polenta.

Capítulo 12: La reina de la polenta.

Christian.

Hay momentos en la vida de un hombre en los que debe decidir entre la dignidad y la persecución. Yo, a las nueve y cuarto de aquella mañana de domingo, con cien periodistas pisándome los talones y una mujer vestida de gallo triste corriendo hacia un pinar, tomé la decisión más sensata de mi carrera empresarial: me quité la corbata y eché a correr.

-¡Señor Sinclair! -gritó un reportero con un micrófono del tamaño de un bocadillo-. ¿Es cierto que va a pedirle matrimonio?

-¡Es una carrera benéfica! -respondí sin detenerme.

-¿Perdón?

-¡Corremos por la recaudación de fondos para... para gallos tristes!

-¿Existe esa asociación?

-¡Existirá cuando termine la mañana!

Dante, que corría a mi lado con su traje de tres piezas y su cara de sufrimiento contenido, me lanzó una mirada de profundo desprecio.

-Eres un mentiroso patológico.

-Soy un hombre con recursos.

-Eres un hombre que acaba de inventar una asociación benéfica con cien testigos.

-Pues haz los papeles.

-Christian...

-Dante, por favor. Corre.

Entramos en el pinar a toda velocidad. El suelo estaba alfombrado de agujas húmedas que amortiguaban los pasos. Los troncos se alzaban a ambos lados como columnas de una catedral verde. Y entre ellos, a unos cincuenta metros, veía balancearse un sombrero de paja con uvas de plástico que subía y bajaba como una boya en alta mar.

-¡Bella! -grité-. ¡Detente!

-¡Jamás! -respondió ella a lo lejos, sin girarse.

-¡Los periodistas te siguen!

-¡Pues despístalos!

-¡Eso intento!

-¡Intenta más fuerte!

Detrás de nosotros, el bosque se llenó de ruido: pasos, jadeos, el roce de las cámaras contra las ramas y la voz de Donatella, que había decidido sumarse a la expedición montada en el asiento trasero del coche de Aurelio y gritaba instrucciones por una ventanilla abierta.

-¡Por la izquierda, hijo! ¡Gira por la izquierda!

-¡Mamá, no hay camino a la izquierda!

-¡Pues hazlo tú!

Mi madre tiene una fe inquebrantable en que la voluntad de un Sinclair puede crear caminos donde no los hay. Lo cierto es que, en ocasiones, tiene razón. Giré a la izquierda, salté un tronco caído, esquivé un matorral de zarzas y de pronto, sin aviso, el pinar se abrió y quedé frente a un prado inmenso, bañado de sol, con la hierba alta y un camino de tierra que bajaba hacia un pueblo de tejados rojos.

En medio del prado, a la altura de mi pecho, asomaba por encima de la hierba una cabeza con sombrero de paja y uvas.

Corría con la cabeza gacha, los brazos pegados al cuerpo y el poncho mostaza ondeando como la bandera de un país muy pequeño y muy derrotado. A su alrededor, saltamontes saltaban en todas direcciones.

-Bella -dije, sin aliento, alcanzándola por fin-. Para.

-¡No!

-Escucha.

-¡No quiero escuchar!

-Hay un toro.

Se detuvo en seco.

-¿Qué?

-A tu izquierda. Mira.

Giró la cabeza con mucha lentitud. A veinte metros de distancia, bajo la sombra de un roble, un toro enorme, negro, de cuernos lustrosos y mirada de pocos amigos, nos contemplaba con la boca masticando hierba y las orejas en alerta.

-Oh -dijo Bella.

-Sí.

-Es muy grande.

-Sí.

-Y está mirando mi poncho.

-Los toros ven el rojo.

-El poncho es mostaza.

-Los toros tienen mal gusto para los colores.

El toro soltó un bufido. Raspó el suelo con una pezuña. Bella dio un paso atrás, me agarró del brazo con las dos manos y me susurró, con voz de ultratumba:

-Christian.

-Dime.

-Si salgo de esta, dimito.

-No dimitas, Bella.

-Dimito y me hago pastora.

-Los pastores también tienen toros.

-Pues me hago monja.

-Las monjas también.

-Pues me hago estatua.

-Esa profesión ya la conoces.

-¡Christian!

El toro, harto de aquella conversación, bajó la cabeza y cargó.

Lo que ocurrió a continuación fue una escena que mi madre, que la presenció desde el coche con unos prismáticos de ópera, describió después como «lo mejor que he visto desde el estreno de La Traviata». Bella soltó un chillido que hizo volar a cuarenta pájaros. Yo la agarré de la cintura, la levanté en vilo y salté hacia un lado con ella. El toro pasó de largo con un resoplido y siguió su camino hacia el pinar, donde se topó de frente con cien periodistas que salían de entre los árboles con cámaras y micrófonos.

-¡Un toro! -gritó alguien.

-¡Un toro suelto!

-¡Sálvese quien pueda!

Se organizó un caos monumental. Los reporteros salieron despavoridos en todas direcciones, tropezando entre sí, soltando micrófonos, trepando a los árboles, arrojando cámaras al aire. Un cámara de televisión se subió a un pino con el trípode todavía en la mano. Una presentadora de noticias perdió un zapato. El toro, desconcertado, se detuvo en el centro de la estampida y se puso a pastar tranquilamente un micrófono con peluche.

Yo, tumbado en la hierba con Bella encima de mí por tercera vez en cuarenta y ocho horas, contemplé el espectáculo con el alma en paz.

-Ya no nos siguen -dije.

-Qué alivio.

-Me debes la vida.

-Tú me debes el toro.

-¿Cómo que te debo el toro?

-Tú lo has señalado.

-Yo te he avisado.

-Podrías haberlo ignorado.

-Habría sido un acto de irresponsabilidad.

-Habría sido un acto de misericordia.

Se levantó de un salto, se sacudió las briznas de hierba del poncho y se ajustó las gafas del abuelo, que habían quedado torcidas sobre su nariz. Después, sin añadir una palabra, echó a andar con paso firme por el camino de tierra que bajaba hacia el pueblo.

-¿Adónde vas? -pregunté, levantándome.

-A Milán.

-Está a cincuenta kilómetros.

-Pues voy andando.

-Vas a tardar diez horas.

-Pues salgo ya.

-Bella.

-No me hables.

-Tengo coche.

-Pues no lo quiero.




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