El club de las feas.

Capítulo 29: Misión de vigilancia.

Capítulo 29: Misión de vigilancia.

Bella.

Hay aterrizajes elegantes y aterrizajes sobre la estatua ecuestre de Víctor Manuel II en plena Piazza Duomo. El mío fue de los segundos.

Voy a explicar cómo ocurrió, porque cuando uno viaja en un globo con forma de gallo y pierde el control sobre su destino, hay que apelar a la serenidad científica. Después de veinte minutos de vuelo sobre los tejados de Milán, con el viento arrastrándome de un lado a otro como a una hoja de otoño y un gallo de lona de treinta metros de alto cabeceando sobre mi cabeza, el globo, que había ido perdiendo aire por una costura del cuello, empezó a descender con una lentitud majestuosa. Pasé rozando la cúpula de la Galleria. Pasé por encima de un tranvía amarillo, que tocó el timbre en señal de saludo. Pasé sobre las agujas góticas de la catedral, entre cientos de turistas con la cabeza levantada y los móviles en alto. Y justo cuando creí que iba a posarme con suavidad en el suelo de la plaza, la cresta roja del gallo se enganchó en la espada del caballero de bronce, se desinfló con un suspiro largo y se derrumbó sobre el monumento como una colcha de cuarenta mil metros cuadrados.

Silencio.

Debajo de la lona se oía un rumor de turistas aplaudiendo, de palomas aleteando, de un guía que gritaba «¡Es una instalación artística, señores, una obra de la Bienal!» y, en el punto más alto de aquel paisaje mullido, el golpecito de una cesta de mimbre posándose sobre la grupa de un caballo de bronce.

—Estoy bien —dije, asomando la cabeza por la tela.

Mil móviles me apuntaron.

—¡Es la Dama!

—¡Ha bajado en globo!

—¡Se ha posado en el caballo!

—¡Un autógrafo!

—¡Un autógrafo, señora!

Me deslicé por la lona como por un tobogán, aterricé sobre un grupo de palomas, rodé hasta un banco de piedra y me levanté con la dignidad intacta y las medias rotas. En ese instante, desde la esquina de la plaza, resonó un claxon inconfundible, estruendoso y agónico, que me hizo levantar la vista con una lágrima de alegría.

—¡PRESIDENTA! —gritó una voz.

Un Fiat Panda con veintitrés años de historia, una abolladura en el parachoques y una pegatina de «Forza Napoli» en la luna trasera frenó con un chirrido a diez metros de mí. De él saltaron Stella y Fiorella, que corrieron hacia mí con los brazos abiertos y las caras desencajadas.

—¡Estás viva! —gimió Fiorella.

—¡Hemos seguido el globo por toda la ciudad! —dijo Stella.

—¡Cuatro semáforos en rojo!

—¡Y un atropello leve!

—¿Un atropello?

—A un cartel.

—Qué detalle.

—¡Sube, sube!

Subí. Arrancamos. Detrás de nosotras, la plaza entera aplaudía el espectáculo del gallo posado sobre el caballo, y por el retrovisor vi cómo una paloma gorda y gris, que había volado a mi lado durante todo el trayecto, se quedaba posada sobre la cabeza del rey de bronce, mirándonos partir con una expresión de profundo orgullo profesional.

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Volví a la oficina a las dos de la tarde, con el traje arrugado, el moño deshecho y una sonrisa de obstinada dignidad. Sabía que Christian no estaba. Su secretaria de refuerzo, una becaria de diecinueve años con la cara llena de pecas, me lo comunicó con una mezcla de admiración y de pánico.

—Salió a una reunión externa, señorita Rinaldi.

—¿Hasta cuándo?

—No lo ha dicho.

—¿Ha dejado algún recado?

—Una agenda.

—¿Una agenda?

—Con una nota para usted.

Me tendió una carpeta de cuero negro, la misma que yo había actualizado cada mañana durante tres semanas. La abrí con cuidado. Sobre la primera página, escrita a mano con una caligrafía segura, había una nota breve: «Señorita Rinaldi: confirme las citas de esta noche. C. S.»

Pasé la página. El lunes, sin novedad. El martes, sin novedad. El miércoles (hoy), tres citas: reunión de consejo a las diez, almuerzo con inversores a la una, y a las nueve de la noche, en tinta azul, con letra más cuidada que de costumbre, una línea que decía:

«21:00. Cena con Giada Bellandi. Il Cigno Nero. Mesa del fondo, con velas. Reservado por Aurelio.»

Me quedé inmóvil.

Giada. Giada Bellandi. La modelo que le había tirado una copa de champán por confundirla con Giulia. La misma Giada que, según Dante, había salido en tres campañas de lencería y una de relojes de lujo, que medía un metro ochenta y cinco, que tenía una melena rubia hasta la cintura y unas piernas que hacían perder el equilibrio a los fotógrafos.

—Mesa del fondo, con velas —leí en voz alta.

Stella, que se había asomado por encima de mi hombro con la discreción de un buitre, soltó un silbido.

—Madre mía.

—Giada Bellandi —murmuró Fiorella, con los ojos enormes—. La de los relojes.

—La de las piernas —precisó Stella.

—¿Y qué importa? —dije, con una voz extrañamente aguda—. ¡Es un éxito!

—¿Un éxito?

—¡La operación! ¡Ha funcionado! ¡Se ha desenamorado!

—Eso parece —admitió Stella, con cautela.

—¡Lo he conseguido! —grité, y di un salto con los brazos en alto—. ¡Soy una genio! ¡Una estratega! ¡Una heroína del club! ¡Me tomé once dientes de ajo por esto!

—Doce —corrigió Fiorella.

—¡Doce!

—Con el que te quedó en la muela.

—¡Doce dientes por la libertad!

Empecé a bailar. Sin darme cuenta, giré por el despacho con los brazos abiertos, tarareando una melodía de ópera que no sabía cuál era. Derribé una silla. Pisé un cable. Pasé la mano por la mesa de caoba y tiré un archivador, que se desparramó por el suelo con un ruido de campana. Stella y Fiorella, desde el sofá, me miraban con la expresión que se reserva a los pacientes de un hospital psiquiátrico.

—Estoy feliz —dije, jadeando.

—Se nota.

—Muy feliz.

—Se nota.

—Es una felicidad enorme, inmensa, profunda.

—Y ese pellizco en el estómago, ¿qué es?

Me detuve. Me llevé una mano al vientre. Era cierto. Una punzada leve, sorda, como un pellizco de aguja, que se me había instalado bajo las costillas en el instante exacto en que leí el nombre de Giada y que no me había abandonado desde entonces.




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