El club de las feas.

Capítulo 16: La doctora Rinaldi.

Capítulo 16: La doctora Rinaldi.

Christian.

Hay quien dice que un hombre enamorado pierde el juicio. Yo puedo asegurar que, en mi caso, lo perdí exactamente a las nueve y veinte de aquella mañana de martes, cuando vi a la mujer de mis pensamientos saltar por una ventana del piso treinta con una máscara rosa en la cara y un poncho mostaza flotándole alrededor como un paracaídas defectuoso, y mi primer impulso fue aplaudir.

—¡Bella! —grité, asomándome al alféizar.

No hubo respuesta. Solo un deslizamiento largo, un chirrido de tela contra tela y, un segundo después, un golpe sordo seguido de un cacareo de paloma. Debajo de mí, a dos metros, el gran toldo de lona blanca que cubría la terraza del piso veintinueve ondulaba como un mar en tempestad. Y en el centro, hundida en su seno, boca arriba, con el moño deshecho y la paloma gris y gorda posada sobre su pecho como un general victorioso, mi embajadora corporativa contemplaba el cielo con cara de mártir.

—Estoy bien —dijo, con una voz amortiguada por el filtro.

—Me alegra.

—No me mires.

—Estoy mirando la paloma.

—Pues sigue.

Gemma Moretti, que no se había movido del umbral del despacho, se ajustó la bufanda sobre la nariz con un gesto de infinita paciencia administrativa.

—Señor Sinclair —dijo—. Le recuerdo que el inspector de Sanidad espera en la terraza del piso veintinueve, a cuatro metros de esa señorita.

—Lo sé.

—Con prensa.

—Lo imagino.

—Y con un aparato de medición olfativa que, según el manual, puede detectar un tufo a quince kilómetros.

—Qué tecnología tan admirable.

—¿Va a hacer algo?

—Voy a bajar.

—¿Por la escalera?

—Por donde haga falta.

Salí corriendo. Dante, que había asomado por una esquina del pasillo con una taza de café y una mascarilla de enfermero, me vio pasar como un meteorito.

—¡Christian! —gritó—. ¿Adónde vas?

—¡A impedir una catástrofe!

—¿Cuál?

—¡No lo sé todavía!

—¡Eso nunca es buena señal!

—¡Siempre ha sido mi especialidad!

---

La terraza del piso veintinueve era una explanada elegante, de suelo de madera clara, jardineras con adelfas, mesas de teca y una barra de bar que solo se abría los viernes. Aquella mañana, sin embargo, parecía el escenario de una rueda de prensa del apocalipsis. Una treintena de periodistas, con mascarillas, pañuelos, bufandas y alguna máscara de buzo, se apelotonaban junto a la barandilla. Dos cámaras de televisión, protegidas con bolsas de plástico, enfocaban hacia el centro. Y allí, de pie bajo el toldo que acababa de recibir a Bella, con una libreta en una mano y un aparato con forma de pistola de supermercado en la otra, estaba el hombre más temible de Milán: el doctor Bruno Fabbri, inspector jefe de Sanidad e Higiene Ambiental.

Era un tipo diminuto, de cuarenta años, con una calva reluciente, un bigotito de lápiz, unas gafas de culo de vaso y un traje blanco de protección química con capucha, guantes de goma amarillos y botas de pescador. De su cuello colgaba una placa dorada que decía, con letras orgullosas: «Servicio de Olfatometría Municipal. Nivel IV.»

Cuando entré en la terraza, hecho un ovillo de jadeos, el inspector me miró de arriba abajo con aire sombrío.

—¿Es usted el responsable del inmueble?

—Christian Sinclair, presidente de la empresa.

—Doctor Fabbri. Recibimos cuarenta y tres denuncias por emisiones nocivas. Mi aparato indica una concentración de tres mil unidades olfativas en el vestíbulo y de once mil en el piso treinta. Es una cifra comparable a la de una planta de tratamiento de residuos animales.

—Una cifra muy elevada.

—Récord provincial. ¿Dónde está el foco?

—Desconozco el foco, doctor.

—Eso lo averiguaremos.

Alzó la pistola olfativa y la giró con lentitud a su alrededor, con la nariz arrugada y la ceja fruncida. El aparato emitió un pitido grave, después otro, después un zumbido continuo, y la aguja se desvió con violencia hacia el centro del toldo.

—Ahí —susurró—. Ahí está.

Bajo la lona, de espaldas a nosotros, sentada en el suelo con las rodillas contra el pecho y la paloma todavía encaramada a la cabeza, una mujer vestida de gallo triste intentaba, sin demasiado éxito, convertirse en una piedra.

—Señora —dijo el inspector, avanzando con paso de cazador—. Identifíquese.

No se movió. Contuvo la respiración. La paloma, impertérrita, empezó a picotear una de las uvas rotas del sombrero.

—Señora, no se lo repito.

Bella se volvió muy despacio. Con la máscara rosa puesta, el moño medio deshecho y los ojos enormes tras las gafas del abuelo, parecía una astronauta recién aterrizada en un planeta de lonas y de adelfas. Miró al inspector. Miró a los periodistas. Miró a Gemma, que acababa de aparecer por la puerta de servicio con una expresión de duelo. Miró hacia mí con una súplica silenciosa. Y de pronto, con una dignidad inesperada, se puso en pie, se sacudió el polvo del poncho, extendió la mano derecha hacia el inspector con un gesto profesional y declaró con voz clara:

—Doctora Rinaldi. Técnica de olores.

Se hizo un silencio sepulcral.

—¿Cómo ha dicho? —preguntó Fabbri.

—Técnica de olores. Servicio de Olfatometría Municipal. Nivel V.

—¿Nivel V?

—Superior al suyo.

—No existe el nivel V.

—Se creó el lunes. Es muy reciente.

—¿Quién la ha enviado?

—El Ministerio.

—¿Qué ministerio?

—El… de Aromas.

—No existe el Ministerio de Aromas.

—Eso mismo pensaba yo antes de ingresar.

El inspector tragó saliva. Los periodistas se inclinaron hacia delante con las libretas en alto. Gemma, a mi lado, murmuró entre dientes: «Esto es un delito de usurpación de funciones públicas, artículo cuatrocientos noventa y ocho del código penal». Yo, con una calma que ni yo mismo me reconocí, di un paso al frente, apoyé una mano en el hombro del inspector y dije, con mi voz más sedosa:




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.