El club de las feas.

Capítulo 17: Santa María del Silencio.

Capítulo 17: Santa María del Silencio.

Bella.

Hay lugares en el mundo tan alejados de la civilización que ni siquiera Google Maps se atreve a describirlos. Santa María del Silencio era uno de ellos. Lo supe porque cuando saqué el móvil en el último tramo del viaje, en lo alto de una carretera de curvas que subía hacia los Alpes de la Valtelina, la aplicación me dijo, con una voz que sonó casi compasiva: «Ha llegado a un destino que no reconozco. Le deseo suerte».

Había llegado hasta allí gracias a una cadena de favores de una eficacia asombrosa. Stella conocía a una prima de una amiga cuya tía era monja. Fiorella había llamado a su abuela, que conocía a una tal Madre Ignazia, a quien llamaban «la Boxeadora» por motivos que nadie quiso explicarme. Y Nonna Pina, con una sola llamada telefónica de treinta segundos, había resuelto el asunto: «Una amiga necesita desaparecer. No hagas preguntas. Es de las nuestras».

Así que ahí estaba yo, a las seis de la tarde de aquel martes, plantada frente a un portón de madera de cuatro metros de altura, en un convento de piedra gris agarrado a la ladera de la montaña como un percebe. Llevaba una mochila pequeña, el poncho mostaza (porque era lo único que no habían podido quitarme mis amigas, que se habían negado a dejarme salir sin él «por simbolismo»), las gafas del abuelo, las sandalias ortopédicas con calcetines y la máscara rosa colgada del cuello como un amuleto.

Pulsé el timbre. Un tintineo de campana resonó al otro lado.

Pasaron tres minutos. Después, una pequeña mirilla de metal se abrió con un chirrido, y unos ojillos azules, redondos como canicas, me escrutaron desde detrás de una reja.

—¿Quién es?

—Soy Bella —dije—. Bella… Concetta.

—¿Concetta qué?

—Concetta… a secas.

—¿Viene de parte de quién?

—De parte de Nonna Pina.

—¿Quién?

—La de la trattoria.

—¿Cuál trattoria?

—La de… las lentejas.

La mirilla se cerró. Se oyó un trajín de cerrojos, de llaves, de cadenas y de una especie de gruñido de bisagras, y el portón se abrió de par en par con un estruendo digno de una película de misterio. En el umbral, con los brazos en jarras, apareció una mujer de unos setenta años, de metro ochenta de estatura, hombros anchos, brazos como jamones, hábito negro, toca blanca almidonada y un par de botas de montaña que dejaban en el suelo huellas de gigante.

—Tú eres la forastera —dijo, con una voz de bajo profundo.

—Sí, señora.

—Madre Ignazia.

—Encantada, Madre.

—Entra. Y no hables.

—¿Perdón?

—Hasta las seis de la tarde, silencio absoluto. Son las seis y tres minutos. Se te perdona. Mañana no.

Me hizo una seña con el pulgar para que la siguiera. Entré en un claustro de columnas bajas, con un patio central lleno de gallinas, una fuente de piedra, un huerto cuidado con esmero y, en una esquina, un rebaño de cabras que me miraron con la placidez de quien lleva siglos sin ver nada nuevo.

—Reglas —dijo Madre Ignazia, caminando delante de mí a grandes zancadas—. Se reza a las seis, a las doce y a las nueve. Se come a las siete y a la una. Se trabaja de siete a doce y de dos a cinco. Se duerme a las diez. Las campanas suenan a las cuatro de la madrugada. Hay que levantarse.

—¿A las cuatro?

—Es cuando el Señor tiene más tiempo libre.

—Entiendo.

—Y hay una norma más.

—Dígame.

—Nadie sabe quién eres.

Me detuve en seco.

—¿Cómo?

—Que aquí no sabemos nada. No has llegado. No existes. Eres la hermana Concetta, una novicia de paso que viene a retirarse por motivos que no son de nuestra incumbencia.

—¿De verdad?

—Lo ha pedido mi amiga Pina. Y yo a Pina le debo una.

—¿Qué le debe?

—Una paella de 1987.

—No lo entiendo.

—Tampoco hace falta.

Y así, sin más trámite, entre cabras, gallinas y un silencio denso como un tapiz, fui adoptada por la comunidad de Santa María del Silencio.

---

La primera noche dormí como un tronco. La celda que me asignaron era un cuadrado de piedra de dos metros por tres, con una cama estrecha, una mesilla, una cruz de madera sobre la pared y una ventana pequeña por la que entraba un rayo de luna y el aroma de la hierba mojada. Por primera vez en nueve días, no oía claxon, ni aplausos, ni ladridos, ni «¡Beso, beso!». Solo el rumor del viento en los pinos y el balido distante de una cabra insomne.

—Esto es el paraíso —murmuré, y me quedé dormida con una sonrisa de oreja a oreja.

A las cuatro de la madrugada, el paraíso estalló.

Fue un estruendo ensordecedor, un tañido de campana de proporciones apocalípticas que hizo vibrar los cristales, sacudió la cama y me lanzó contra el suelo de piedra con un golpe seco. Me puse en pie con el pelo de punta, los ojos desorbitados y el corazón en la garganta. La campana seguía sonando. Y sonando. Y sonando.

—¡Terremoto! —grité—. ¡Es un terremoto!

—Silencio —dijo una voz desde el pasillo.

—¡Se nos cae el techo!

—Silencio, he dicho.

Abrí la puerta. En el corredor, con un camisón de franela hasta los tobillos, un gorro de dormir con borla y un candil en la mano, estaba Madre Ignazia, mirándome con los ojos entrecerrados.

—Es la campana de maitines.

—¡Es una bomba!

—Es una campana.

—¡Pues es muy fuerte!

—Es la tradición.

—¿Quién la toca?

—La novicia de turno.

—¿Y quién es la novicia de turno?

Una sonrisa de infinita satisfacción asomó a los labios de Madre Ignazia, que me tendió una cuerda gruesa de cáñamo de cuatro metros de longitud.

—Tú.

---

Voy a describir con la mayor precisión posible lo que significa tañer una campana de convento a las cuatro de la madrugada cuando uno no sabe tañer campanas. Primero, uno sube una escalera de caracol de ciento doce peldaños con una linterna. Después, llega a una torre de piedra con arcos abiertos al vacío y un viento helado que atraviesa el poncho como si fuera papel de fumar. Allí, colgada de una viga, hay una campana de bronce del tamaño de un barril, con una cuerda gruesa atada a la lengua. Uno agarra la cuerda con las dos manos. Tira. Y la campana, que pesa doscientos kilos, no tiene intención de moverse.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.