El club de las feas.

Capítulo 27: Operación Desenamorar.

Capítulo 27: Operación Desenamorar.

Bella.

Hay manuales de guerra que comienzan con un mapa, otros con una lista de provisiones y unos pocos con una cabeza de ajo. El mío empezó con las tres cosas, a las siete y cuarto de la mañana del lunes, dentro de un Fiat Panda aparcado en doble fila frente al edificio de Sinclair Company.

—Repasemos el cronograma —dijo Stella, al volante, con una carpeta abierta sobre las rodillas y un lápiz entre los dientes.

—Ya lo sé de memoria.

—Repasémoslo.

—Está bien.

—Ocho en punto, llegada. Ocho y cinco, ajo.

—Ajo.

—Ocho y diez, café. Ocho y quince, eructo.

—Eructo.

—Nueve, tía Concetta. Diez, préstamo. Once, reunión de la Línea Gallo Triste. Doce, sueños. Una de la tarde, apodos. Dos, silbidos. Tres, ducha.

—Ducha.

—Y cuatro, el golpe final: la boda de mil invitados.

—Es un plan precioso —suspiró Fiorella, desde el asiento trasero, con una cabeza de ajo en cada mano y un patito de goma sobre la rodilla.

—Es un plan monstruoso —corrigió Stella.

—Es un plan de higiene emocional —dije yo, con la barbilla en alto.

Fiorella me tendió una cabeza de ajo. Era enorme, de piel violácea, con los dientes gordos como pulgares. La contemplé con un respeto casi religioso, como quien se dispone a recibir un sacramento.

—¿Entera? —pregunté.

—Entera.

—¿Con piel?

—Sin piel, presidenta, que no somos animales.

—¿Cruda?

—Cruda.

—Por el club —murmuré.

—Por el club —respondieron mis amigas, con la voz estrangulada de quien presencia un acto de heroísmo y tiene la delicadeza de no mirar.

Me llevé el primer diente a la boca. Mastiqué. El mundo se encendió. Una explosión de fuego me subió por la nariz, me inundó los ojos y me bajó por la garganta como un desfile de dragones. Tragué. Cerré los ojos. Me temblaron las rodillas. Y cuando por fin abrí la boca para respirar, el aire que salió de mí hizo que el parabrisas del Panda se empañara por dentro, que Fiorella abriera una ventanilla con las dos manos y que Stella, con los ojos llorosos, murmurara:

—Dios mío. Qué fuerza de voluntad.

—¿Cómo estoy? —pregunté, con voz de ultratumba.

—Magnífica.

—¿Huelo?

—A catedral.

—Perfecto.

Me comí los once dientes restantes mientras Stella hacía una cuenta atrás desde el diez. Al llegar a cero, bajé del coche con el poncho mostaza, los ojos llorosos y una nube verde a mi alrededor. Un paloma que picoteaba migas en la acera levantó el vuelo con un graznido de espanto. Un barrendero, a diez metros, se agarró la nariz y se alejó con paso rápido. Y yo, la presidenta del Club de las Feas, atravesé las puertas giratorias de Sinclair Company con la dignidad de una emperatriz y el aliento de un dragón.

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El ascensor se vació al verme entrar. No estoy exagerando. Había cinco personas dentro, tres hombres de traje, una secretaria con una carpeta y un mensajero con un ramo de flores. Al percibir mi aroma, los cinco se quedaron inmóviles. Después, sin una palabra, en perfecto orden, con la disciplina de un ejército en retirada, desfilaron hacia el exterior y esperaron en el vestíbulo con la cara contra la pared.

—Gracias —dije, con una sonrisa.

—De nada, señorita Rinaldi —murmuró el mensajero, sin girarse.

—¿Y las flores?

—Son para usted.

—¿De quién?

—No lo sé. Una paloma las dejó en mi moto.

Las tomé. Eran dos docenas de rosas blancas, atadas con un lazo rojo, con una tarjeta diminuta: «Para la mujer que se tomó once dientes de ajo por mí. No hacía falta. C.»

Se me cayó el ramo al suelo.

—Cómo lo sabe —susurré.

—Tiene informantes —dijo una voz a mi espalda.

Me volví. La recepcionista de la ceja arqueada, con las dos cejas, de hecho, arqueadas por primera vez en su historia, me miraba con una compasión infinita.

—Buenos días, señorita.

—Buenos días.

—Un consejo de mujer a mujer.

—Dígame.

—No funcionará.

—Eso lo veremos.

—Ese hombre lleva dos semanas con una máscara rosa en el cajón del escritorio.

—No lo sabía.

—Y dos semanas de pastillas de menta en el bolsillo.

—Madre mía.

—Está preparado.

—Qué hombre más peligroso.

—Es un enamorado.

—¡Eso no existe!

—Existe y está en el piso treinta.

Entré en el ascensor. Pulsé el botón. Cerré las puertas. Y mientras subía, con las rosas contra el pecho y el aliento ardiendo, sentí cómo, entre la rabia y el ajo, algo cálido y absurdo se me acomodaba bajo las costillas.

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El despacho de Christian olía a café recién hecho y a lavanda. Lo primero que vi, al abrir la puerta, fue la nota de la paloma enmarcada en plata sobre una mesita auxiliar, junto a un sillón de cuero frente al ventanal. Lo segundo, un cartel manuscrito, pegado en la pared con cinta adhesiva, que decía: «Zona libre de ajos. Pero se admiten excepciones».

Lo tercero fue a él.

Estaba sentado tras su escritorio, con un traje azul marino, la corbata perfecta, el pelo peinado y una taza de café en la mano. No llevaba máscara. Ni pinza en la nariz. Ni pañuelo. Me miró, sonrió, y con una naturalidad escalofriante, dijo:

—Buenos días, Bella.

—Buenos días, señor Sinclair —respondí, soplándole un chorro de aliento a metro y medio.

Parpadeó. Una sola vez. Después, sin alterar la sonrisa, inhaló con calma, como quien aspira el aroma de un jardín.

—Ajo.

—Crudo.

—Variedad morada.

—¿Cómo lo sabe?

—Soy perfumista.

—Es… es un perfume nuevo.

—Original.

—Se llama «Eau de Ajo».

—Con notas de salida a dragón.

—Es una creación exclusiva.

—Me encanta.

Se me cayó la mandíbula. Christian se levantó, rodeó el escritorio con las manos en los bolsillos y se acercó a mí hasta quedar a un palmo, mirándome con una expresión de absoluta admiración.

—Es la fragancia más valiente que he olido en mi vida.




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