Bella.
Quiero dejar constancia, para la historia, de que corrí por la villa de los Sinclair con una capa romana empapada, una bufanda ajena, un frasco de Nutella en la mano y un chihuahua con collar de diamantes falsos clavado en el dobladillo de mi falda. Quiero dejar constancia también de que, en ese momento, mi dignidad todavía estaba en el fondo de una fuente de piedra de Como, rodeada de monedas y de una rana de plástico.
El perro se llamaba Bijou. Lo supe porque una voz de mujer gritó desde algún rincón «¡Bijou, amore, no muerdas a la señorita!», con la misma convicción con la que uno le pide a un tiburón que no se coma al bañista.
—¡Suelta! —gritaba yo, sacudiendo la pierna—. ¡Suelta, bestia peluda!
Bijou gruñía con una ferocidad imposible en un animal de dos kilos. Doblé una esquina, pisé una alfombra persa que se deslizó como una pista de patinaje, atravesé un salón lleno de sillas doradas, esquivé a un técnico de sonido que llevaba un micrófono en cada mano y me estrellé contra una puerta pequeña, de madera clara, que se abrió con un chirrido.
Entré. Cerré de un portazo. Eché el pestillo, que era un simple gancho de latón. Y apoyé la espalda contra la puerta, jadeando, mientras al otro lado Bijou arañaba la madera con una furia rítmica y sostenida.
Silencio. Oscuridad. Olor a lavanda, a cera y a sábanas limpias.
Un armario de ropa blanca. Estaba dentro de un armario de ropa blanca, el segundo de mi día y el cuarto de mi semana. Yo, que no soy una persona que se esconda en armarios, empezaba a considerar que quizá tenía una vocación oculta.
—Bella —me dije en voz baja—. Respira. Piensa. Tienes un plan.
No tenía un plan.
Tanteé las paredes. Estantes con toallas dobladas, pilas de manteles, una escoba, un cubo y, al fondo, una trampilla cuadrada de madera, con una pequeña asa de metal y un cartelito que apenas pude leer a la luz que se filtraba por debajo de la puerta: «Montaplatos. No usar para personas.»
Hay frases que uno debería leer con más atención. Esa fue una de ellas.
Pero afuera, Bijou había cambiado de táctica. Ya no arañaba. Ahora ladraba con ritmo de ametralladora, y a su coro se sumaban pasos, voces masculinas y, más cerca de lo deseable, un timbre grave y divertido que reconocí al instante.
—Aurelio, ¿dónde la has visto por última vez?
—Entró en el armario de la lencería, señor.
—¿Está cerrado?
—Con pestillo.
—Qué interesante.
Se me heló la sangre. Y se me calentó la cara, porque oír a Christian decir «qué interesante» en ese tono, a través de una puerta, empezaba a convertirse en un mal hábito para mi corazón.
—Bella —dijo, muy cerca, con una dulzura peligrosa—. Sé que estás ahí. Abre, por favor. Te prometo que no te voy a morder.
—¡El perro sí! —grité sin pensarlo.
—El perro ya está bajo control. Me lo ha prestado su dueña.
—¡Pues que se lo quede!
—Bella, abre la puerta.
—¡No!
—Por favor.
—¡Tampoco!
—Voy a contar hasta tres.
—¡No me importa!
—Uno.
Miré la trampilla.
—Dos.
Levanté el asa.
—Tres.
Se oyó el gancho de latón saltar. La puerta se abrió. Y en ese instante, un segundo antes de que la luz del pasillo me delatara, me metí de cabeza en el hueco del montaplatos, doblada como un acordeón, con la capa romana arremolinada alrededor de las rodillas y el frasco de Nutella clavado en las costillas.
—¿Bella? —oí decir a Christian, con asombro—. ¿Dónde…?
Tiré de una cuerda. Fue un acto reflejo. La cuerda estaba allí, colgando, con un cartelito que ponía «Bajar», y yo, que tengo una conciencia moral firme pero una puntería pésima, tiré de ella.
El montaplatos bajó.
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El descenso duró once segundos, aunque a mí me parecieron once años. Fue un viaje lento, oscuro, traqueteante, con el sonido de poleas oxidadas y un olor creciente a ajo, mantequilla y pánico. Me quedé hecha un ovillo en el cajón de madera, con la cabeza gacha y los ojos cerrados, rezando todos los rezos que sabía y varios que me inventé.
Aterricé con un golpe seco. Las puertas del montaplatos se abrieron solas, como un telón de teatro, y la luz me golpeó la cara.
Estaba en una cocina enorme, de acero y azulejos blancos, con treinta cocineros de uniforme trabajando a un ritmo frenético. Había cazuelas humeantes, sartenes chisporroteando, bandejas llenas de canapés, un pastelero decorando una torre de macarons y, en el centro, de pie sobre una caja, un chef gigantesco con un bigote encerado y un gorro de dos palmos de altura.
Todos se detuvieron. Cuando digo todos, quiero decir todos. Las sartenes dejaron de chisporrotear. Un cuchillo quedó suspendido en el aire. Un pastelero soltó una manga pastelera, que cayó al suelo con un plof apagado.
Treinta pares de ojos me miraron, a mí, la mujer que acababa de aparecer en el montaplatos con una capa romana empapada, pintura plateada en la frente, un frasco de Nutella en la mano y un moño completamente destruido.
—Buenas noches —dije, con la voz más digna que encontré.
Nadie contestó.
—Vengo del… del servicio.
El chef Ottavio, que más tarde descubriría que se llamaba así y que había dirigido cocinas en Roma, París y Nueva York, parpadeó tres veces. Después abrió la boca y rugió:
—¡LA CAMARERA NUEVA!
—¿Perdón?
—¡Por fin! ¡Llevamos veinte minutos esperándola! ¡Los canapés se enfrían! ¡Los invitados llegan al comedor en cinco! ¡Y usted viene disfrazada de gladiador!
—No soy una camarera…
—¡Es el uniforme temático! ¡Me lo dijo la organizadora! ¡Camareras vestidas de la antigua Roma, para la presentación de la línea Imperio! ¡Qué idea tan original!
—Pero yo…
—¡Silencio! ¡Bandeja!
Antes de que pudiera protestar, tres cocineros me rodearon como hormigas. Me quitaron el frasco de Nutella («¡Aquí no se come, señorita!»), me colocaron un delantal de encaje sobre la capa, me plantaron una corona de laureles de plástico en la cabeza y me pusieron en las manos una bandeja de plata cargada con cuarenta canapés de salmón ahumado, crema de queso y caviar.