Christian.
Debo aclarar un punto jurídico antes de seguir, porque Dante, que es mi director financiero y mi conciencia con corbata, me lo ha pedido por escrito: yo no perseguí a Bella aquella noche.
Lo prometí en una nota, lo repetí ante una paloma y lo mantuve con una disciplina que habría enorgullecido a un monje trapense. Cuando Bella salió disparada del salón rojo hacia el ventanal, con un velo de novia ondeando como una bandera pirata, los tacones de Stella en una mano y un frasco de Nutella robado de la pirámide de plata en la otra (se lo llevó sin mirar, por reflejo, como quien salva a un hijo de un incendio), yo permanecí sentado en mi silla, con un langostino sobre el poncho y las manos sobre el mantel, perfectamente inmóvil.
—Hijo —dijo mi madre, con los ojos muy abiertos—. Se escapa.
—Lo sé.
—Por la terraza.
—Lo veo.
—¿No vas a hacer nada?
—Prometí no perseguirla.
—Pero ¿y si se cae?
—Se levantará.
—¿Y si se hace daño?
—Tiene seguro médico.
Lorenzo, a mi lado, se llevó una servilleta a la boca para ahogar una carcajada. Dante, cubierto de langostinos, murmuró con voz de ultratumba: «Es un genio del mal». Stella y Fiorella, congeladas con los tenedores en alto, nos miraban como a espectadores de una función de teatro con entradas de primera fila.
Fuera, en la terraza, se oyó un grito, un choque de tacones contra piedra, el crujido de una balaustrada y el rumor de un cuerpo deslizándose por un tejadillo de tejas. Después, un golpe seco. Después, la voz de Bella, amortiguada por la distancia y por una ramita de naranjo:
—¡Estoy bien!
—Siempre dice lo mismo —observó Dante.
—Es una fórmula litúrgica —respondí.
Me levanté con calma, me quité el langostino del poncho, lo deposité en el plato de Lorenzo («Para ti, que lo mereces») y caminé hacia el aparador, donde reposaba la bandeja con los doce frascos restantes. Cogí uno. Lo sopesé. Me lo guardé en el bolsillo del pantalón.
—¿Adónde vas? —preguntó mi madre.
—A dar un paseo.
—¿Con Nutella?
—Es mi cena.
—Hijo.
—Mamá.
—Estás persiguiéndola.
—Estoy paseando en dirección a ella. Es diferente.
—¿En qué se diferencia?
—En que yo no corro.
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El jardín del palacio de los Sinclair en Posillipo es un laberinto de naranjos, limoneros, buganvillas y escalinatas de piedra que descienden en terrazas hacia el golfo. De día es un paraíso de aromas. De noche, con las farolas encendidas, los grillos cantando y el Vesubio recortado como un gigante dormido contra un cielo violeta, es el escenario perfecto para una historia de amor.
O para una persecución a cuatro bandas.
Porque cuando salí a la terraza, con las manos en los bolsillos y el paso de quien pasea después de cenar, descubrí que la situación se había complicado. A cincuenta metros, entre los naranjos, se movían tres figuras que no habían sido invitadas: Aurelio, con la gorra calada y un walkie-talkie en la mano, avanzando a rastras por un parterre de hortensias; Lorenzo, que había salido por una ventana lateral con una linterna y un tenedor de pescado, convencido de estar participando en una cacería; y mi madre, que, sin ninguna vergüenza, se había quitado los zapatos de tacón y corría descalza por el césped con las perlas golpeándole el pecho.
—¡Por la izquierda, Aurelio! —gritaba—. ¡La he visto entrar en el limonar!
—¡Voy, señora!
—¡Lorenzo, rodéala!
—¡A la orden, mamá!
—¡Y que nadie la asuste!
—¡Eso es imposible! —gritó Lorenzo, riendo—. ¡Es una mujer que huye hasta del eco!
—Callad —dije yo, sin levantar la voz—. Os va a oír.
Se detuvieron los tres. Giraron la cabeza hacia mí con la misma expresión de culpa de unos niños sorprendidos robando pasteles.
—Yo no la persigo —aclaré—. Ni vosotros tampoco. Estamos paseando.
—Claro, hijo.
—Un paseo de familia.
—Con linterna —dijo Lorenzo.
—Y con walkie-talkie —añadió Aurelio.
—Y con una red para mariposas —concluyó mi madre, sacando de detrás de un banco un utensilio que yo no recordaba haber visto en mi vida.
—¿De dónde has sacado eso?
—Era de tu abuelo. Cazaba lepidópteros.
—Mamá, no vamos a cazar a Bella con una red.
—No la cazamos. La rodeamos con cariño.
Me llevé una mano a la frente. Suspiré. Y fue entonces cuando oímos el ruido: un chirrido, un rugido de motor, el estruendo de una verja metálica abriéndose, y un grito de mujer que, a cien metros de distancia, se alejaba rápidamente, mezclado con el pitido de un claxon.
—¡HUYENDOOOO!
Corrimos todos hacia la verja del fondo del jardín, la que daba a la Via Posillipo. Mi madre, descalza y con la red en alto, la primera. Lorenzo, jadeando, detrás. Aurelio, con su walkie-talkie y su bigote erizado, en retaguardia. Yo, el último, a paso ligero, con la dignidad intacta y el frasco de Nutella golpeándome el muslo.
Cuando alcanzamos la calle, vi una escena que habría hecho llorar de emoción a cualquier guionista de comedias: una vespa de color rojo cereza, de las de reparto a domicilio, con una caja de pizzas sujeta con una goma elástica en la parte trasera, se alejaba cuesta abajo por el asfalto en zigzag, conducida por una mujer de velo de novia, vestido de menta con mangas abullonadas y un par de zapatos de tacón colgando del manillar. Sobre su hombro, una rana verde asomaba con la cabeza erguida, disfrutando del viaje como un copiloto veterano.
Y en la acera, a cuatro metros del punto de partida, un muchacho de unos veinte años con un casco bajo el brazo y una gorra de «Pizzeria Da Gennaro» gritaba al cielo, con los brazos abiertos:
—¡Mi vespa! ¡Mi pizza! ¡Mi trabajo!
—¿Qué ha pasado? —pregunté, acercándome.
—Se la ha llevado una novia.
—¿Una novia?
—Una novia con una rana.
—¿Cómo ha sido?
—Estaba entregando una cuatro estaciones en la verja. Ha salido corriendo de un jardín, me ha tirado al suelo, ha dicho «perdón, es una emergencia sentimental» y se ha subido a mi vespa.