Entre el amor y la hacienda

Capítulo 2. Una mentira piadosa

Capítulo 2. Una mentira piadosa

Isabella descubrió que empacar para comenzar una nueva vida era mucho más complicado que empacar para unas vacaciones.

Para empezar, no sabía cuánto tiempo estaría fuera.

Había metido ropa para dos semanas, luego la había sacado porque le pareció demasiado elegante para una cabaña en el campo. Después volvió a meterla porque no estaba dispuesta a renunciar a sus vestidos favoritos solo porque quisiera vivir una temporada lejos de la ciudad.

También llevaba tres pares de zapatos que probablemente no necesitaría, un libro que llevaba meses intentando terminar y una caja con fotografías familiares.

Lo que no llevaba era el vestido de novia.

Ese lo había dejado en casa de su madre, dentro de su funda, como si todavía existiera alguna posibilidad de que volviera a ponérselo.

Pero no.

Isabella no pensaba casarse con Sebastián.

Y, aunque todavía le dolía pronunciar su nombre, estaba decidida a no permitir que aquel hombre se llevara también el resto de su vida.

—¿De verdad te vas a ir sola? —preguntó su hermana Camila, sentada sobre la cama mientras observaba la maleta abierta.

—Esa es la idea.

—¿A una cabaña?

—Sí.

—¿En medio del campo?

Isabella levantó la mirada.

—Camila, no voy a vivir en una cueva. Hay electricidad, agua caliente e internet.

—¿Y si te encuentras un oso?

—Le pediré que me ayude con las maletas.

Camila no se rio.

Aquello era preocupante, porque su hermana podía encontrarle el lado divertido hasta a una factura de electricidad.

—Hablo en serio, Isa.

La joven dejó de doblar una blusa.

—Yo también.

Camila la observó unos segundos.

—¿Sebastián te hizo algo?

El silencio que siguió fue demasiado largo.

Isabella bajó la mirada hacia la maleta.

—No quiero hablar de él.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que tengo por ahora.

Camila se levantó y se sentó a su lado.

—Mamá cree que estás nerviosa por la boda. Daniel piensa que estás atravesando una crisis existencial. Y yo creo que algo pasó y no quieres contárnoslo.

—No es justo que siempre seas la más inteligente de la familia.

—Lo sé. Es una carga terrible.

Ambas sonrieron, aunque la sonrisa de Isabella se desvaneció pronto.

Camila le tomó la mano.

—No voy a obligarte a hablar. Pero prométeme que, si necesitas ayuda, me llamarás. A cualquier hora. Aunque sean las tres de la mañana.

—Te lo prometo.

—Y otra cosa.

—¿Qué?

—Si ese idiota tiene algo que ver con esto, quiero saberlo.

Isabella sintió un nudo en la garganta.

Por un instante estuvo a punto de contárselo todo. Quiso hablarle de la puerta entreabierta, de las voces que había escuchado y de la imagen que no conseguía quitarse de la cabeza.

Pero todavía no podía.

No porque quisiera proteger a Sebastián.

Sino porque necesitaba recuperar el control de su propia historia antes de compartirla con los demás.

—Cuando vuelva, hablaremos —prometió.

Camila la abrazó.

—Está bien. Pero si regresas casada con un pastor de cabras, quiero ser la madrina.

Isabella soltó una carcajada.

—Serás la primera en enterarte.

La despedida familiar fue menos dramática de lo que Isabella esperaba y mucho más incómoda de lo que hubiera deseado.

Su madre, Elena Valdés, apareció en el vestíbulo con una bolsa llena de medicamentos, repelente de insectos, protector solar y suficientes alimentos para alimentar a un pequeño ejército.

—Mamá, voy a una cabaña, no a cruzar el desierto.

—Nunca se sabe.

—Hay tiendas cerca.

—¿Y si no encuentras lo que necesitas?

Daniel, su hermano mayor, apareció con una botella de agua en la mano.

—Mamá, la niña tiene veintinueve años. Puede comprar una botella de agua.

Elena lo miró con desaprobación.

—No estoy hablando contigo.

Daniel levantó las manos.

—Por eso mismo procuro mantenerme al margen.

Isabella abrazó a su madre.

—Estaré bien. Necesito un poco de tranquilidad, nada más.

Elena la observó con esa expresión que solo las madres saben poner cuando sospechan que sus hijos no les están contando toda la verdad.

—¿Y Sebastián?

La pregunta cayó sobre el vestíbulo como una piedra.

Isabella sintió que se le tensaban los hombros.

—Él y yo necesitamos tiempo.

—¿Tiempo para qué? La boda es dentro de unos días.

—Precisamente por eso. No quiero casarme por presión ni porque ya esté todo organizado. Necesito estar segura de lo que quiero.

Elena frunció el ceño.

—¿Estás segura de que no estás tomando una decisión apresurada?

Isabella pensó en Patricia, en la cama y en las palabras de Sebastián.

Después levantó la barbilla.

—Estoy segura de que necesito marcharme.

Su madre guardó silencio.

Finalmente le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.

—No voy a detenerte, cariño. Pero no confundas estar sola con estar perdida.

Aquellas palabras la acompañaron hasta el automóvil.

Porque eso era justamente lo que temía.

Que, al marcharse, descubriera que ya no sabía quién era.

A cientos de kilómetros de allí, en la Hacienda Los Olivos, Alejandro Montenegro consideraba que el día había comenzado de manera desastrosa.

Primero, uno de sus proveedores había llamado para informarle que la entrega de alimento para el ganado llegaría con retraso.

Después, el encargado de uno de los potreros le había comunicado que una cerca necesitaba reparaciones urgentes.

Y, para terminar, Mateo había decidido que no quería desayunar huevos.

—¿Entonces qué quieres? —preguntó Alejandro, mirando a su hijo por encima de la taza de café.

El niño, sentado en una silla demasiado grande para él, cruzó los brazos.

—Hotcakes.

—Hay huevos.

—Los huevos no son hotcakes.

—Eso ya lo noté.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.