La mañana llegó a la Hacienda Los Olivos con el canto de los gallos, el olor a café recién hecho y una tranquilidad que Isabella comenzaba a reconocer como algo suyo.
Por primera vez en mucho tiempo, despertó sin sentir que tenía que correr a ninguna parte.
No había vestido de novia que terminar, invitados a los que confirmarles su asistencia, ni un hombre al que pedirle explicaciones por haber destruido sus sueños. Había dejado atrás una vida que creyó perfecta y, aunque todavía le dolía recordarlo, empezaba a comprender que perderla no significaba quedarse sin futuro.
Se levantó, abrió las ventanas de la pequeña cabaña y contempló el campo bañado por el sol.
Entonces vio a Mateo.
El niño estaba frente a su puerta, con un sombrero demasiado grande para su cabeza, una mochila colgada de un hombro y un cuaderno apretado contra el pecho.
—Buenos días, Isabella.
—Buenos días, señor Montenegro. ¿A qué debo el honor de esta visita tan temprano?
Mateo miró a ambos lados antes de acercarse.
—Tengo una propuesta muy importante.
—¿Más importante que alimentar a Relincho?
—Muchísimo más importante. Relincho puede esperar. Bueno, no mucho, porque cuando tiene hambre se pone de malas y luego muerde las cosas.
Isabella soltó una carcajada.
—Está bien. Te escucho.
Mateo abrió su cuaderno, buscó una página y carraspeó con solemnidad.
—He organizado una excursión familiar.
Isabella parpadeó.
—¿Una excursión familiar?
—Sí. Mi abuela dice que las familias deben pasar tiempo juntas. Mi tía Lucía dice que necesitamos salir de la casa porque mi papá trabaja demasiado. Y Rafael dice que, si nos quedamos en la cocina, mi abuela le va a pedir que vuelva a cocinar, y eso sería una tragedia.
—¡Te escuché, enano! —gritó Rafael desde algún lugar de la casa principal.
Mateo bajó la voz.
—Por eso pensé que lo mejor es irnos al arroyo. Podemos llevar comida, sentarnos debajo del árbol grande y pasar el día juntos.
Isabella sintió que algo cálido le apretaba el corazón.
—Me parece una idea preciosa, Mateo.
El niño sonrió, pero inmediatamente volvió a mirar su cuaderno.
—Hay un pequeño detalle.
—¿Cuál?
—Mi papá todavía no sabe que está invitado.
—¿Y por qué no le preguntas?
Mateo la miró como si acabara de sugerirle que saltara desde el techo.
—Porque mi papá es muy difícil. Si le digo que deje de trabajar, me pregunta si ya terminé la tarea. Si le digo que salga a pasear, me pregunta si los caballos ya comieron. Y si le digo que quiero que sea feliz, me abraza y después se va a revisar los corrales.
Isabella se llevó una mano a la boca para contener la risa.
—Entonces tendremos que convencerlo entre los dos.
—¡Eso mismo pensé!
Mateo cerró el cuaderno y se lo entregó.
En la portada, con letras grandes y varios dibujos de corazones, se leía:
OPERACIÓN: HACER FELIZ A LA GENTE QUE QUIERO.
Debajo había una lista de actividades.
Papá debe descansar.
Isabella debe sonreír mucho.
Abuela no debe preocuparse.
Rafael no debe cocinar.
Todos deben comer juntos.
Nadie debe sentirse solo.
Isabella leyó la última línea dos veces.
—Mateo, esto es muy bonito.
El niño se encogió de hombros, intentando aparentar indiferencia.
—Es que las familias deben cuidarse. Eso dice mi abuela. Y yo quiero una familia donde todos estén contentos.
Isabella se arrodilló frente a él.
—Tienes un corazón enorme, ¿lo sabes?
—Sí —respondió él sin dudar—. Aunque mi papá dice que también tengo una cabeza muy dura.
—Eso puede ser cierto.
—¡Oye!
Ambos se echaron a reír.
Mateo guardó el cuaderno y la abrazó con fuerza.
Isabella le devolvió el abrazo, cerrando los ojos un instante.
No sabía qué lugar ocuparía en la vida de aquel niño. Tampoco quería hacer promesas que todavía no estaba segura de poder cumplir. Pero sí sabía que Mateo se había ganado un espacio muy especial en su corazón.
Y eso, precisamente, era lo que empezaba a asustarla.
Porque cuando uno comienza a querer de verdad, también comienza a tener algo que perder.
Una invitación difícil de rechazar
Alejandro encontró a su hijo en el comedor media hora después, de pie sobre una silla y con una hoja en la mano.
—Papá, necesito que firmes aquí.
Alejandro dejó la taza de café sobre la mesa.
—¿Qué hiciste ahora?
—Nada.
—Mateo.
—Bueno, nada malo.
—Eso tampoco me tranquiliza.
Mercedes, sentada junto a la ventana, ocultó una sonrisa detrás de su taza.
—Firma, hijo. Tal vez sea menos peligroso que preguntarle.
Alejandro tomó la hoja.
Era una invitación formal, escrita con la letra irregular de Mateo.
Se invita al señor Alejandro Montenegro a participar en una excursión familiar al arroyo, con la finalidad de convivir con sus seres queridos, descansar del trabajo y recordar que también tiene vida fuera de la hacienda.
Alejandro levantó lentamente la mirada.
—¿Quién escribió esto?
—Yo dicté y Rafael escribió las palabras difíciles —contestó Mateo—. Pero él agregó que la finalidad también era evitar que siguieras molestando a los trabajadores con tus preguntas sobre las cercas.
—¡Yo no agregué eso! —protestó Rafael desde la puerta.
Lucía apareció detrás de su esposo.
—Lo pensaste, que es prácticamente lo mismo.
Alejandro miró a su madre, a su hermana, a su cuñado y, finalmente, a su hijo.
—¿Todo el mundo está conspirando contra mí?
—No, papá —respondió Mateo—. Estamos intentando salvarte.
—¿Salvarme de qué?
—De convertirte en un señor que solamente habla de vacas y facturas.
Mercedes soltó una carcajada tan sonora que tuvo que dejar la taza sobre la mesa.