Entre el amor y la hacienda

Capítulo 25: El hombre detrás de la operación

Capítulo 25: El hombre detrás de la operación

Daniel llevaba varios minutos mirando el mensaje de Sebastián.

«La primera propuesta llegó a través de alguien que Isabella conoce desde mucho antes que yo».

Aquellas palabras le provocaban una mezcla de indignación y desconfianza. Sebastián había mentido demasiadas veces para que pudiera aceptar sus afirmaciones sin cuestionarlas. Sin embargo, si tenía información que permitiera identificar a la persona que había iniciado aquella operación, Daniel no podía ignorarla.

Tomó el teléfono y respondió:

—Si tienes documentos, entrégalos directamente al abogado. No voy a aceptar acusaciones sin pruebas ni a permitir que utilices a mi hermana para negociar tu situación.

La respuesta llegó casi inmediatamente.

«Lo entiendo. No busco negociar. Esta vez quiero decir la verdad, aunque me perjudique».

Daniel dejó el teléfono sobre el escritorio.

—Eso está por verse, Sebastián —murmuró.

Abrió la carpeta donde había guardado los documentos de su padre y escribió una nota en la primera página:

Verificar el origen de la propuesta, la identidad del beneficiario real y la participación de cada intermediario. No presumir responsabilidades.

Era lo único que podía hacer mientras las piezas comenzaban a encajar.

Lo que Daniel todavía no sabía era que, al otro lado de la ciudad, un hombre acababa de recibir una llamada que llevaba años temiendo.

Y que ese hombre conocía a Isabella desde que ella era una niña.

Una mujer que ya no quería huir

Isabella despertó temprano en la cabaña.

Durante unos minutos permaneció mirando el techo, escuchando el canto de los pájaros y el sonido lejano de los trabajadores que comenzaban su jornada.

Había soñado con su padre.

En el sueño, él estaba sentado en el jardín de la casa familiar, con aquella sonrisa tranquila que siempre lograba disipar sus preocupaciones. Isabella se acercaba para preguntarle por los documentos, por Tomás, por Mauricio y por todas las cosas que ahora amenazaban con desmoronar sus recuerdos.

Pero su padre solo le tomaba la mano y le decía:

«No tengas miedo de conocer la verdad, hija. Ten miedo de renunciar a ella porque te duela».

Al despertar, las palabras seguían resonando en su mente.

Se incorporó y buscó la carta que había guardado en el cajón de la mesita.

La leyó una vez más.

Después la dobló cuidadosamente y la colocó dentro de su bolso.

No sabía qué encontraría al continuar investigando, pero había tomado una decisión: ya no permitiría que el miedo determinara sus pasos.

Se vistió y salió de la cabaña.

Alejandro la esperaba cerca de la cerca, conversando con uno de los trabajadores. Al verla, terminó la conversación y caminó hacia ella.

—Buenos días.

—Buenos días.

Él la observó con atención.

—Tienes cara de haber tomado una decisión importante.

Isabella sonrió ligeramente.

—¿Tan evidente soy?

—Solo cuando se trata de algo que te importa.

Ella se detuvo frente a él.

—Voy a seguir investigando lo de mi padre. Quiero conocer toda la verdad, incluso si eso significa descubrir cosas que preferiría no saber.

Alejandro asintió.

—¿Daniel está de acuerdo?

—Sí. El abogado está revisando los documentos. No vamos a acusar a nadie sin pruebas.

—Me parece lo correcto.

Isabella lo miró con una pequeña sonrisa.

—¿No vas a decirme que tenga cuidado?

—Claro que quiero que tengas cuidado. Pero eso no significa que vaya a decirte qué hacer.

Ella sintió una calidez inesperada.

—Gracias.

—Además —añadió Alejandro—, tengo suficiente trabajo intentando convencer a Mateo de que no necesita comprar un caballo nuevo para convertirse en director de la hacienda.

Isabella soltó una carcajada.

—¿Qué hizo ahora?

Alejandro señaló hacia los establos.

—Está intentando negociar con Rafael. Ofrece sus ahorros, tres dibujos y una promesa de no comer zanahorias durante una semana.

—¡Eso último es una oferta excelente! —exclamó Isabella.

—No se lo digas. Lleva media hora buscando a alguien que le financie el proyecto.

Caminaron juntos hacia la casa.

Por primera vez, Isabella sintió que podía hablar de sus problemas sin que estos ocuparan cada rincón de su vida. La incertidumbre seguía ahí, pero también había espacio para reír, trabajar y disfrutar de la compañía de alguien que no pretendía salvarla a la fuerza.

Y eso empezaba a importarle más de lo que estaba dispuesta a admitir.

La confesión que llegó demasiado tarde

A media mañana, Daniel recibió a Sebastián en el despacho del abogado.

No fue una reunión amistosa.

Daniel se quedó de pie junto a la ventana mientras el abogado invitaba a Sebastián a sentarse.

—Antes de comenzar —dijo el abogado—, quiero dejar claro que esta reunión tiene como finalidad conocer la información que usted dice poseer. Cualquier documento será revisado de manera independiente. No se le ha prometido confidencialidad absoluta ni un beneficio por su colaboración.

Sebastián asintió.

Parecía haber envejecido varios años en pocas semanas.

—Lo entiendo.

Daniel se volvió hacia él.

—Empieza por el principio. Y no me ocultes nada.

Sebastián sacó una carpeta de su maletín.

—Antes de conocer a Isabella, yo estaba buscando oportunidades para ampliar mis negocios. Tenía deudas y necesitaba un socio que me ayudara a entrar en ciertos círculos empresariales.

—¿Y entonces apareció Mauricio Ferrer? —preguntó Daniel.

—Sí, pero no fue el primero. Mauricio me presentó a una persona que dijo conocer muy bien a la familia Valdés. Me aseguró que existía una operación antigua que podía reactivarse y que la familia de Isabella tenía información y recursos que facilitarían el proceso.

Daniel sintió que se le endurecía el rostro.

—¿Quién era esa persona?

Sebastián bajó la mirada.




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