La mañana apenas comenzaba cuando Isabella llegó al despacho de su hermano.
Había dormido poco. Cada vez que cerraba los ojos, recordaba el mensaje de Daniel y la expresión de Alejandro al descubrir que Ricardo reconocía el anillo de la mujer misteriosa.
No sabía qué iba a escuchar.
Pero tenía la sensación de que aquella conversación cambiaría para siempre la manera en que entendía la historia de su familia.
Alejandro la esperaba junto a la entrada. Cuando la vio bajar del automóvil, caminó hacia ella y le tomó las manos.
—¿Estás preparada?
Isabella intentó sonreír.
—No. Pero quiero saber la verdad.
—Entonces la escucharemos juntos.
Ella lo miró con ternura.
—¿Sabes qué es lo que más miedo me da?
—¿Qué?
—Que descubramos algo que nos haga daño a los dos.
Alejandro le acarició una mejilla.
—Si la verdad nos duele, tendremos que aprender a vivir con ella. Pero no voy a dejar que los errores de nuestros padres decidan lo que podemos sentir tú y yo.
Isabella respiró profundamente.
—Te amo.
Él la atrajo hacia sus brazos y la besó en la frente.
—Y yo te amo a ti. No lo olvides, ni siquiera cuando las cosas se pongan difíciles.
Ella se quedó unos segundos abrazada a él antes de entrar.
No sabía que, dentro de aquel despacho, los esperaba una confesión capaz de abrir heridas que llevaban décadas ocultas.
1. El anillo que Ricardo reconoció
Daniel estaba de pie junto a la ventana. Ricardo Valdés, el tío de Isabella, permanecía sentado frente al escritorio con las manos entrelazadas.
Su rostro parecía más envejecido que la última vez que Isabella lo había visto.
—Tío, Daniel me dijo que reconociste el anillo —comenzó ella.
Ricardo levantó la mirada.
—Sí.
—¿A quién pertenecía?
El hombre tardó unos segundos en responder.
—A una mujer que trabajó durante muchos años con tu padre.
Isabella se sentó lentamente.
—¿Cómo se llamaba?
—Clara.
Daniel colocó una fotografía sobre el escritorio. Era la misma imagen antigua en la que aparecía la mujer de la mano adornada con el anillo de piedra oscura.
Ricardo la miró y asintió.
—Es ella.
Alejandro se inclinó ligeramente hacia delante.
—¿Qué relación tenía con nuestros padres?
Ricardo suspiró.
—Clara era responsable de parte del archivo administrativo de la empresa de tu suegro, Alejandro. Conocía contratos, reuniones y movimientos de documentos. Tu padre también la conocía porque participó en algunas reuniones relacionadas con aquella operación.
Isabella sintió que el corazón le latía más rápido.
—¿Y por qué nunca la mencionaste?
—Porque después de la muerte de tu padre, Clara desapareció de nuestras vidas. Dejó de trabajar con nosotros y nadie volvió a saber de ella.
—¿Nadie? —preguntó Daniel.
Ricardo bajó la mirada.
—Yo recibí una llamada suya varios meses después.
El silencio se volvió absoluto.
—¿Qué te dijo? —preguntó Isabella.
—Que había encontrado algo que no debía estar en el archivo. Me pidió que no confiara en las copias de ciertos documentos y que buscara una autorización original.
Alejandro se enderezó.
—¿La autorización que desapareció de la oficina?
Ricardo asintió.
—Sí.
Isabella sintió un escalofrío.
—Tío, ¿por qué no nos lo dijiste antes?
Ricardo se pasó una mano por el rostro.
—Porque tenía miedo. Tu padre me había pedido que guardara aquella carpeta, pero cuando desapareció no supe qué hacer. Después murió y yo pensé que lo mejor era no remover nada.
—¿Lo mejor para quién? —preguntó Daniel, con la voz contenida—. ¿Para nosotros o para ti?
Ricardo no respondió inmediatamente.
—Para todos, eso creía. Me equivoqué.
Isabella lo miró con los ojos llenos de lágrimas.
—¿Sabes cuántas noches he pasado pensando que mi padre me ocultó algo terrible? ¿Cuántas veces me he preguntado si hubo algo que debí saber antes de comprometerme con Sebastián?
—Lo sé, hija.
—No, tío. No lo sabes. Porque tú tenías información y decidiste callarte.
Ricardo recibió aquellas palabras sin defenderse.
—Tienes razón.
La respuesta desarmó por un instante a Isabella.
Su tío continuó:
—No voy a pedirte que me perdones ahora. Solo quiero que sepas que nunca quise hacerte daño. Y que, si todavía estamos a tiempo de reparar algo, voy a ayudarles.
Alejandro tomó la mano de Isabella debajo del escritorio.
No intervino. Sabía que aquella conversación pertenecía a una herida familiar que no podía resolver por ella.
Pero no pensaba soltarla.
2. La carta que Clara dejó atrás
Ricardo sacó un sobre amarillento de una carpeta que había llevado consigo.
—Hay algo más.
Daniel se levantó de inmediato.
—¿Qué es eso?
—Una carta que Clara me entregó durante aquella llamada. Me pidió que la conservara hasta que alguien pudiera investigar el asunto de manera independiente.
Isabella lo miró, incrédula.
—¿La has tenido todo este tiempo?
—Sí.
—¿Y nunca se te ocurrió entregarla?
Ricardo cerró los ojos.
—Cada año me decía que lo haría al siguiente. Pensaba que quizá todo había quedado atrás. Después, cuando empezaron a aparecer preguntas sobre la operación, me convencí de que entregar la carta podía perjudicar a tu padre y a la familia.
—Papá ya no está aquí para que lo perjudiques —dijo Isabella, con la voz quebrada—. Pero nosotros sí estamos aquí, intentando entender qué pasó.
Ricardo asintió lentamente y entregó el sobre al abogado, que había llegado minutos antes.
—No lo abramos sin registrar primero cómo llegó a nuestras manos —indicó el abogado—. Vamos a documentarlo y a revisar su contenido con cuidado.
Daniel estuvo de acuerdo.
Mientras el abogado preparaba el registro de recepción, Isabella salió unos minutos al pasillo.