Un año después, Los Olivos amaneció con el sonido de las campanas de la pequeña capilla y el murmullo de los invitados que comenzaban a llegar.
La hacienda estaba adornada con flores blancas, cintas de color marfil y pequeños arreglos de follaje que Isabella había elegido personalmente.
Mercedes supervisaba los últimos detalles.
Lucía daba instrucciones a los encargados de acomodar las sillas.
Rafael, por supuesto, había sido apartado de la cocina después de que intentara ayudar con los aperitivos.
—¡No entiendo por qué nadie confía en mí! —protestó desde el corredor.
Lucía lo miró con una sonrisa.
—Porque el año pasado quemaste unas tortillas y activaste la alarma de humo.
—¡Fue una circunstancia excepcional!
Mateo apareció corriendo, vestido con un traje azul oscuro y una corbata que se había negado a llevar correctamente.
—¡Papá, ya llegaron los invitados!
Alejandro salió de su despacho y miró a su hijo.
—¿Estás listo, campeón?
Mateo asintió.
—Sí. Pero tengo una pregunta.
—Dime.
—Cuando Isabella sea tu esposa, ¿todavía vas a tener tiempo para jugar conmigo?
Alejandro se arrodilló frente a él.
—Siempre, Mateo. Habrá días en que tenga trabajo y días en que tú tengas tus propias actividades, pero nunca dejarás de ser una de las personas más importantes de mi vida.
Mateo sonrió.
—Está bien. Porque yo también quiero que Isabella sea tu esposa.
Alejandro lo abrazó.
—Yo también quiero eso.
A unos metros, Mercedes los observaba con los ojos llenos de lágrimas.
—Por fin —susurró.
Lucía se acercó y le pasó un brazo por los hombros.
—Mamá, no llores todavía. La ceremonia ni siquiera ha comenzado.
—Déjame llorar. He esperado mucho tiempo para ver a mi hijo feliz otra vez.
Lucía sonrió.
—Y esta vez parece que sí sabe lo que quiere.
Mercedes miró a Alejandro, que seguía conversando con Mateo.
—Esta vez no está huyendo de su dolor. Está eligiendo la vida.
Isabella esperaba en una habitación de la casa principal.
Llevaba un vestido elegante de encaje, sencillo y delicado, con una falda que se movía suavemente al caminar. En su cuello brillaba el collar que Alejandro le había regalado durante aquella cita junto al arroyo.
Su madre, Elena, le acomodó un mechón de cabello.
—Estás preciosa, hija.
Isabella sonrió.
—Estoy nerviosa.
—Eso es normal.
Camila, su hermana menor, se acercó con un ramo de flores.
—¿Estás segura de que quieres casarte con un ranchero que probablemente te regalará botas en todos los aniversarios?
Isabella soltó una carcajada.
—Estoy segura.
Daniel apareció en la puerta.
—El novio está esperando.
Isabella respiró profundamente.
—Entonces vamos.
Antes de salir, miró una pequeña fotografía que había colocado sobre la mesa. Era una imagen de su padre, tomada años atrás.
La sostuvo entre sus manos.
—Ojalá pudieras verme, papá.
Elena se acercó y la abrazó.
—Estoy segura de que estaría orgulloso de ti.
Isabella besó la fotografía y la dejó en su lugar.
Después tomó el brazo de Daniel.
Era hora de comenzar una nueva etapa.
Cuando Isabella apareció al final del sendero, Alejandro sintió que todo el ruido de la hacienda desaparecía.
La vio caminar hacia él, acompañada por su hermano, con una sonrisa que le iluminó el rostro.
Durante unos segundos, recordó a la mujer que había llegado a Los Olivos intentando escapar de una traición.
Recordó sus primeras conversaciones, las discusiones, los silencios, los besos robados y las noches en las que ambos habían tenido miedo de confiar.
Y comprendió que no se había enamorado de una mujer que necesitaba ser salvada.
Se había enamorado de una mujer que, a pesar de todo lo que había vivido, todavía se atrevía a elegir el amor.
Cuando Isabella llegó frente a él, Alejandro le tomó las manos.
—Estás preciosa —susurró.
Ella sonrió.
—Tú tampoco estás nada mal.
Él soltó una pequeña risa.
—Me alegra saberlo.
La ceremonia comenzó.
Hablaron de compromiso, respeto y honestidad. Hablaron de la importancia de acompañarse en los momentos difíciles y de construir una vida donde ambos pudieran crecer sin dejar de ser quienes eran.
Cuando llegó el momento de intercambiar los votos, Alejandro miró a Isabella.
—No puedo prometerte que nuestra vida estará libre de problemas. No puedo prometerte que siempre tendré las respuestas ni que nunca cometeré errores. Pero puedo prometerte que no voy a esconderme de ti cuando tenga miedo. Que escucharé tu voz incluso cuando no esté de acuerdo contigo. Que respetaré tu libertad y cuidaré el amor que hoy me entregas.
Isabella sintió que las lágrimas le llenaban los ojos.
Alejandro continuó:
—Te elijo cuando sonríes y cuando lloras. Te elijo cuando el futuro parece sencillo y cuando tenemos que reunir fuerzas para enfrentarlo. Y te elijo porque contigo he aprendido que volver a amar no significa olvidar a quienes perdimos. Significa permitir que la vida vuelva a sorprendernos.
Isabella le apretó las manos.
Cuando llegó su turno, respiró profundamente.
—Yo te elijo, Alejandro. No porque crea que puedes resolver todos mis problemas, sino porque sé que no intentarás decidir por mí. Te elijo porque me has demostrado que la confianza se construye con actos, que la verdad puede doler, pero que una mentira termina haciendo mucho más daño. Te elijo porque amo al hombre que eres, al padre que eres y al compañero que has decidido ser conmigo.
Se le quebró la voz.
—Y te prometo que cuidaré de nuestro amor sin pedirte que renuncies a tu historia. Quiero compartir tu presente y construir contigo el futuro. Quiero reír con Mateo, aprender de Mercedes, discutir con Lucía y sobrevivir a la cocina de Rafael.