Entre el amor y la hacienda

Capítulo 24: El secreto que su padre se llevó a la tumba

Capítulo 24: El secreto que su padre se llevó a la tumba

Daniel volvió a leer el mensaje.

«Y no le cuenten todavía a Isabella que su padre descubrió la verdad antes de morir».

La frase parecía observarlo desde la pantalla del teléfono, como si quien la hubiera escrito estuviera esperando su reacción.

Daniel sintió rabia. No solo estaban jugando con la memoria de su padre; también estaban utilizando el nombre de Isabella para mantenerlos bajo presión.

Llamó inmediatamente al abogado.

—Acabo de recibir una fotografía de mi padre con Tomás Beltrán, Mauricio Ferrer y Ernesto Salgado. El remitente afirma que mi padre descubrió la verdad antes de morir.

—¿El mensaje identifica a la persona que lo envió?

—No. Es un número desconocido.

—No respondas todavía. Conserva la conversación, la imagen y los datos del mensaje. No la reenvíes como si fuera una prueba concluyente. Necesitamos establecer su procedencia y comprobar la autenticidad de la fotografía.

Daniel miró de nuevo la imagen.

—¿Y si mi padre sabía que estaban utilizando el nombre de Isabella?

—Es posible, pero el mensaje no demuestra eso. Debemos encontrar los documentos originales y reconstruir los hechos.

—Entonces eso haremos.

Cuando terminó la llamada, Daniel tomó una decisión. No iba a ocultarle a Isabella que existía una nueva pista, pero tampoco iba a permitir que un desconocido la asustara con afirmaciones que todavía no podían comprobar.

Antes de marcar su número, recibió otra notificación.

Esta vez era de Julián Ortega.

«Daniel, recordé algo que puede ser importante. Tu padre me pidió que guardara una caja con sus documentos personales. Nunca me autorizó a entregarla a nadie, excepto a sus hijos. La caja está en mi casa. Creo que ha llegado el momento de que la revisen».

Daniel se levantó de inmediato.

Tal vez, después de tantos años, su padre estaba a punto de hablarles de nuevo.

Una cena con demasiadas preguntas

En la hacienda, Isabella intentaba concentrarse en la cena.

Mercedes había preparado uno de sus guisos favoritos y Mateo llevaba casi diez minutos explicando por qué las verduras debían considerarse un castigo injusto para los niños.

—Las zanahorias son necesarias para la vista —le recordó Mercedes.

Mateo observó una rodaja de zanahoria en su plato.

—Abuela, yo veo perfectamente.

—Entonces come para que sigas viendo así.

—Pero si ya veo perfectamente, ¿para qué necesito comerlas?

Rafael soltó una carcajada.

—Este muchacho va a terminar de abogado.

Lucía levantó su copa de agua.

—Pobre de los jueces que tengan que escucharlo.

—Yo no voy a ser abogado —declaró Mateo—. Voy a ser director de la hacienda.

Alejandro alzó una ceja.

—¿Y quién te dijo que ese puesto está disponible?

—Nadie. Pero estoy preparando mi currículum.

Isabella se rio y Mateo aprovechó para acercarle su libreta.

—Tú puedes ser mi asesora.

—¿Y qué tendría que hacer?

—Ayudarme a conseguir que mi papá descanse, que la abuela deje de preocuparse, que la tía Lucía no se burle de mí y que Rafael aprenda a cocinar.

—Eso último no es un trabajo, es un milagro —comentó Lucía.

Las risas llenaron el comedor.

Alejandro miró a Isabella. Desde que ella había llegado a Los Olivos, la casa parecía haber recuperado algo que él no sabía cuánto había extrañado: conversaciones espontáneas, bromas y una alegría que no necesitaba ninguna ocasión especial.

Pero también había aprendido que no debía confundir su propia felicidad con el derecho a decidir por ella.

—¿Te encuentras mejor? —le preguntó en voz baja.

Isabella asintió.

—Sí. Gracias por invitarme.

—No tienes que agradecerme cada vez que compartimos una comida.

—Lo sé. Pero quiero hacerlo.

Sus miradas se encontraron.

Mateo, que no perdía detalle de lo que ocurría a su alrededor, dejó la cuchara sobre la mesa.

—Papá.

—¿Qué pasó?

—Creo que tienes algo en la cara.

Alejandro se pasó una mano por la mejilla.

—¿Qué cosa?

—Una sonrisa.

Rafael casi se atragantó con el agua.

Mercedes miró a su nieto con fingida severidad.

—Mateo, deja que tu padre cene tranquilo.

—Pero, abuela, estoy documentando los avances de mi operación.

Isabella bajó la mirada para disimular su risa.

Alejandro negó con la cabeza, aunque no pudo evitar sonreír.

Por unos minutos, el mundo pareció sencillo.

Hasta que el teléfono de Isabella vibró.

Era un mensaje de Daniel.

«Necesito hablar contigo mañana. Julián encontró algo de papá que podría ayudarnos a entender lo que pasó. No quiero alarmarte, pero es importante que lo revisemos juntos con el abogado».

Isabella leyó el mensaje dos veces.

Alejandro notó cómo cambiaba su expresión.

—¿Noticias de tu hermano?

—Sí. Encontró algo relacionado con mi padre.

Él no le preguntó más.

Solo dejó su mano sobre la mesa, cerca de la de ella, ofreciéndole compañía sin obligarla a aceptarla.

Isabella entrelazó sus dedos con los de Alejandro.

Aquel gesto pequeño le dio el valor que necesitaba para terminar la cena.

La caja de los recuerdos

A la mañana siguiente, Daniel llegó a casa de Julián acompañado por el abogado.

El hombre los recibió en un despacho pequeño, donde las paredes estaban cubiertas de fotografías antiguas y estanterías repletas de libros.

—Tu padre me pidió que conservara esta caja hace unos meses antes de morir —explicó Julián—. Me dijo que no debía abrirla si no había una razón importante.

Daniel observó el recipiente de madera que descansaba sobre el escritorio.

Tenía una cerradura sencilla y una pequeña placa metálica con las iniciales de su padre.

—¿Por qué no nos hablaste de ella antes?

Julián bajó la mirada.

—Porque no sabía si lo que sospechaba era cierto. Y porque tu padre me pidió que no involucrara a sus hijos hasta que existieran motivos suficientes para hacerlo.




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