Entre el amor y la hacienda

Capítulo 10. Una visita inesperada

Capítulo 10. Una visita inesperada

El desayuno en la Hacienda Los Olivos terminó entre risas, bromas y una nueva ocurrencia de Mateo que estuvo a punto de hacer que Alejandro perdiera la paciencia.

—Papá, ¿puedo invitar a la señorita Isabella a montar a caballo conmigo?

Alejandro dejó la taza sobre el plato.

—Primero debes terminar tus clases de equitación.

—Ya las terminé.

—Debes practicar con el instructor.

—Ya practiqué ayer.

—Entonces debes…

—¡Alejandro! —intervino Isabella, divertida—. Creo que el niño solo quiere invitarme a dar un paseo.

Mateo la miró con expresión triunfal.

—¿Ves, papá? Ella sí me entiende.

Lucía soltó una carcajada.

—Cuidado, hermano. Si sigues así, pronto serás el único que no quiera pasar tiempo con Isabella.

—Yo no he dicho que no quiera pasar tiempo con ella —respondió Alejandro.

La frase salió demasiado rápido.

Hubo un silencio breve.

Lucía levantó las cejas. Mercedes sonrió detrás de su taza y Rafael decidió concentrarse repentinamente en su pan dulce.

Isabella bajó la mirada hacia su café, intentando disimular la sonrisa que comenzaba a aparecer en sus labios.

Alejandro se dio cuenta de lo que acababa de decir.

—Me refiero a que puede acompañarnos cuando quiera —aclaró—. Es nuestra invitada.

—Por supuesto —respondió Lucía con inocencia fingida—. Nuestra invitada.

—Lucía.

—¿Qué?

—Come tu desayuno.

La joven volvió a reírse.

Mateo, mientras tanto, ya había decidido que aquella conversación era una victoria para su plan secreto.

En cuanto los adultos dejaron de prestar atención, sacó discretamente una pequeña libreta del bolsillo de su pantalón.

Escribió:

OPERACIÓN: PAPÁ FELIZ.

Avance del día: papá sonrió cinco veces. La señorita Isabella también.

Debajo añadió:

Próximo objetivo: conseguir que pasen más tiempo juntos.

Después guardó la libreta, satisfecho.

Lo que Mateo no sabía era que, aquella mañana, alguien más estaba preparando una visita que cambiaría la tranquilidad de la hacienda.

Y no precisamente para bien.

Isabella se despidió de la familia poco antes del mediodía.

Había aceptado quedarse a comer otro día, pero por ahora quería regresar a su cabaña, terminar algunas páginas de su libreta y llamar nuevamente a Camila.

Antes de marcharse, Mercedes la acompañó hasta la puerta.

—Me dio mucho gusto que vinieras, querida.

—Gracias por invitarme. Hacía tiempo que no desayunaba con una familia que se riera tanto.

Mercedes le acarició suavemente el brazo.

—Aquí siempre hay alguien haciendo alguna tontería. Generalmente, Mateo. A veces Lucía. Y, en ocasiones, mi hijo.

—¡Te escuché, mamá! —gritó Alejandro desde el comedor.

Mercedes sonrió.

—¿Lo ves? Nunca nos aburrimos.

Isabella rio.

—Eso ya lo noté.

Mercedes la observó con afecto.

—Y recuerda algo, Isabella: no tienes que fingir que estás bien cuando no lo estés.

La sonrisa de Isabella se suavizó.

—Lo estoy intentando.

—Es suficiente por ahora.

Se abrazaron brevemente.

Cuando Isabella comenzó a caminar hacia las cabañas, Alejandro apareció en el umbral.

—¿Te acompaño?

Ella se volvió.

—No hace falta. Está muy cerca.

—Lo sé.

—Entonces…

Alejandro metió las manos en los bolsillos.

—Quería caminar un poco.

Isabella lo miró con una sonrisa traviesa.

—¿Y casualmente tu camino va hacia las cabañas?

—La hacienda tiene muchos senderos.

—Claro.

—No tienes que burlarte de mí.

—No me estoy burlando.

—Tu expresión dice otra cosa.

Ella soltó una carcajada.

—Está bien. Puedes acompañarme.

Caminaron juntos por el sendero que atravesaba los jardines. El sol iluminaba los árboles y una brisa suave movía las hojas. Durante unos minutos hablaron de cosas sencillas: los caballos, las labores de la hacienda y la afición de Mateo por organizar la vida de los demás.

—Creo que tu hijo tiene una vocación muy clara —comentó Isabella.

—¿Cuál?

—La administración.

Alejandro la miró con sospecha.

—¿La administración?

—Sí. Organiza desayunos, paseos, actividades y hasta brindis. Dentro de poco te va a presentar un calendario de obligaciones familiares.

Alejandro soltó una carcajada.

—No me des ideas.

—Demasiado tarde. Estoy segura de que ya lo tiene preparado.

Ambos rieron.

Cuando llegaron a la bifurcación que conducía a las cabañas, se detuvieron.

—Gracias por el desayuno —dijo Isabella.

—Gracias por aceptar la invitación.

Ella lo miró con curiosidad.

—¿Siempre eres tan formal?

—Solo cuando intento causar una buena impresión.

La respuesta sorprendió a ambos.

Alejandro bajó ligeramente la mirada, mientras Isabella sintió que las mejillas se le calentaban.

—Bueno… —dijo ella, buscando una salida—. Creo que lo estás haciendo bastante bien.

Él levantó los ojos.

—Me alegra saberlo.

Se quedaron mirándose un instante más de lo necesario.

Entonces Isabella dio un pequeño paso hacia atrás.

—Nos vemos después, Alejandro.

—Nos vemos, Isabella.

Ella continuó por el sendero sin volver la cabeza, aunque no pudo evitar sonreír.

Alejandro la observó hasta que desapareció detrás de los árboles.

Después se pasó una mano por el cabello.

—Esto empieza a ser preocupante —murmuró.

—¿Qué cosa, papá?

Alejandro dio un respingo.

Mateo estaba detrás de él, con su inseparable libreta bajo el brazo.

—¿Desde cuándo estás ahí?

—Desde que dijiste que algo era preocupante.

—No estaba hablando contigo.

—Pero soy tu hijo. Puedo preocuparme.

Alejandro suspiró.

—¿No deberías estar en tus clases?

Mateo consultó su reloj.

—Todavía tengo diez minutos.

—Entonces aprovecha esos diez minutos para hacer tu tarea.




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