Entre el amor y la hacienda

Capítulo 35: La verdad detrás de Los Olivos

Capítulo 35: La verdad detrás de Los Olivos

La noche había caído sobre la hacienda cuando Alejandro encontró a Isabella junto al viejo rosal del jardín.

La había buscado durante casi media hora. Primero en la cabaña, después en el comedor y finalmente en el corredor que daba a los establos. Mercedes le había dicho que la vio salir con el teléfono en la mano y el rostro preocupado.

Alejandro conocía aquella expresión.

Era la misma que Isabella ponía cuando algo le dolía y no quería que nadie lo notara.

Y eso comenzaba a inquietarlo más de lo que estaba dispuesto a admitir.

—Te he estado buscando —dijo al acercarse.

Isabella levantó la mirada. Tenía los ojos enrojecidos.

—Necesitaba estar sola un momento.

Alejandro se detuvo a unos pasos.

—¿Puedo acompañarte?

Ella asintió.

Él se sentó a su lado, sin tocarla todavía. Durante varios minutos permanecieron en silencio, escuchando el viento entre los árboles.

—Daniel encontró otra pista —confesó finalmente Isabella—. La fotografía que recibimos parece relacionar la antigua operación de mi padre con esta hacienda.

Alejandro bajó la mirada.

—Me lo contó.

—¿Y no vas a preguntarme qué más sabemos?

—Si quieres contármelo, te escucharé.

Isabella se volvió hacia él.

—¿Por qué eres así conmigo?

—¿Así cómo?

—Tan paciente. Tan cuidadoso. Como si tuvieras miedo de que me rompa si dices algo equivocado.

Alejandro dejó escapar una respiración lenta.

—Porque sé que te han lastimado. Y porque me importas más de lo que imaginé que alguien podría importarme otra vez.

Isabella sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

—A veces quisiera que fueras un poco más egoísta.

Él frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque cuando eres tan comprensivo, no sé cómo defenderme de lo que siento por ti.

Alejandro la miró largamente.

—No quiero que te defiendas de mí, Isabella.

—¿Y si termino enamorándome tanto que me olvido de cómo protegerme?

Él se acercó un poco.

—Entonces quiero que aprendas a protegerte sin tener que alejarte de mí.

La respuesta la desarmó.

Isabella había pasado meses intentando convencerse de que nunca volvería a confiar en un hombre. Después de Sebastián, el amor le parecía una promesa que tarde o temprano terminaba convirtiéndose en una mentira.

Pero Alejandro no le prometía que jamás sufriría.

Le ofrecía algo más difícil de encontrar: la posibilidad de hablar, de equivocarse y de seguir siendo ella misma.

—Alejandro…

—Dime.

—Bésame.

Él se quedó inmóvil durante un segundo, como si necesitara asegurarse de que había escuchado bien.

—¿Estás segura?

Isabella tomó su rostro entre las manos.

—No estoy segura de muchas cosas en mi vida. Pero de esto sí.

Alejandro no necesitó escuchar nada más.

La besó con una ternura que pronto se transformó en una emoción más profunda. Isabella rodeó su cuello con los brazos y se acercó a él, aferrándose a su camisa como si quisiera detener el tiempo.

Alejandro le acarició el rostro, el cabello, la espalda. No había prisa en sus movimientos, pero sí una intensidad que ninguno de los dos podía seguir ocultando.

Cuando se separaron, Isabella apoyó la frente contra la de él.

—Me asusta lo mucho que te quiero.

Alejandro cerró los ojos.

—A mí también me asusta.

Ella retrocedió apenas para mirarlo.

—¿A ti?

—Claro que sí. Llevo años creyendo que ya sabía cómo sería el resto de mi vida. Trabajar, cuidar de Mateo, mantener la hacienda y aprender a vivir con la ausencia de Mariana. No esperaba volver a sentir esto.

—¿Y qué vas a hacer?

Alejandro le tomó la mano y besó sus nudillos.

—Lo que debí haber hecho desde el principio: dejar de fingir que no te necesito en mi vida.

Las lágrimas de Isabella finalmente cayeron.

Él las secó con el pulgar.

—No llores, mi amor.

Fue la primera vez que la llamó así.

Isabella lo miró sorprendida.

Alejandro también pareció darse cuenta de lo que había dicho. Sin embargo, no se retractó.

—¿Mi amor? —susurró ella.

Él sonrió apenas.

—Si todavía no puedo llamarte así, dímelo y esperaré.

Isabella negó con la cabeza, emocionada.

—No. Vuelve a decirlo.

Alejandro la atrajo hacia su pecho.

—Mi amor.

Ella cerró los ojos y lo abrazó con fuerza.

Por primera vez desde que Sebastián había destruido sus planes de boda, Isabella no sintió que estaba intentando recuperar lo que había perdido.

Estaba descubriendo algo nuevo.

Y eso le daba tanto miedo como felicidad.

1. La confesión que Alejandro había guardado

Más tarde, los dos se quedaron sentados en el porche de la casa principal.

La hacienda estaba en silencio. Desde la habitación de Mateo llegaba el murmullo lejano de una canción infantil que Mercedes le cantaba antes de dormir.

Isabella tenía la cabeza apoyada en el hombro de Alejandro.

—Quiero preguntarte algo sobre Mariana —dijo de pronto.

Alejandro permaneció quieto.

—Está bien.

—¿Alguna vez pensaste que volver a enamorarte significaría traicionarla?

Él tardó en responder.

—Sí.

Isabella levantó la cabeza.

—¿De verdad?

—Durante mucho tiempo. Después de su muerte, cada vez que alguien me sugería que saliera, que conociera a otra mujer o que pensara en rehacer mi vida, sentía que me estaban pidiendo que olvidara lo que había vivido con ella.

—¿Y cuándo cambió eso?

Alejandro contempló el jardín.

—Una noche, Mateo me preguntó por qué ya no cantaba mientras lo acostaba. Antes lo hacía todas las noches. Después de perder a Mariana, dejé de hacerlo porque algunas canciones me recordaban demasiado a ella.

Isabella le acarició la mano.

—¿Qué le respondiste?

—Le dije que estaba cansado.

Alejandro tragó saliva.

—Pero él me miró y me dijo: «Papá, cuando mamá estaba aquí, tú cantabas aunque estuvieras cansado. ¿Ya no te gusta cantar conmigo?».




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