La mañana comenzó con una tranquilidad sospechosa.
En la Hacienda Los Olivos, los trabajadores habían iniciado sus labores desde temprano, los caballos esperaban en los establos y Mercedes Montenegro disfrutaba de su café en el comedor mientras revisaba mentalmente las actividades del día.
Todo parecía estar en orden.
Hasta que escuchó el ruido de un automóvil entrando por el camino principal.
Mercedes levantó la mirada hacia la ventana.
Un vehículo elegante, de color blanco, avanzaba lentamente entre los árboles. No necesitó ver quién conducía para reconocerlo.
—Ay, no —murmuró.
Lucía, que estaba sentada frente a ella, untando mermelada sobre una rebanada de pan, siguió la dirección de su mirada.
—¿Qué pasó?
Mercedes dejó la taza sobre el plato.
—Llegó Verónica.
Lucía hizo una mueca.
—¿Tan temprano?
—Parece que sí.
—¿Y Alejandro sabe que viene?
—No tengo idea.
Lucía dejó el pan sobre la mesa.
—Entonces tenemos dos problemas: Verónica está aquí y Alejandro probablemente no se ha terminado el café.
Mercedes suspiró.
—No seas exagerada.
—Mamá, tú misma me dijiste que esa muchacha no te gustaba para tu hijo.
—No me gusta cómo se comporta con él. Es diferente.
—¿Diferente cómo?
Mercedes buscó las palabras.
—Como si Alejandro fuera un premio que debe conseguir, no una persona a la que debe conocer. Siempre habla de lo bien que se verían juntos, de las propiedades, de los compromisos sociales. Pero nunca le pregunta si está cansado, si necesita ayuda o si quiere hacer algo distinto.
Lucía asintió lentamente.
—Y Mateo no la soporta.
—Ese es otro asunto.
—Mamá, el niño se esconde cuando ella viene.
Mercedes se llevó una mano a la frente.
—Lo sé. Y no me gusta que Mateo tenga que sentirse incómodo en su propia casa.
En ese momento, la puerta del comedor se abrió y apareció Mateo, todavía con el cabello despeinado y una expresión de felicidad absoluta.
—¡Buenos días!
—Buenos días, cariño —respondió Mercedes—. Ven a desayunar.
Mateo se acercó a la mesa, pero se detuvo al notar que su abuela y su tía tenían una expresión extraña.
—¿Qué pasó?
Lucía miró hacia la ventana.
—Tenemos visita.
Mateo siguió la dirección de su mirada.
Cuando vio el automóvil blanco, su rostro cambió por completo.
—No.
Mercedes suspiró.
—Mateo…
—¡No puede ser!
El niño se llevó las manos a la cabeza.
—¡Hoy no! ¡Precisamente hoy no!
Lucía tuvo que contener la risa.
—¿Qué tiene de malo que venga Verónica?
Mateo la miró como si acabara de hacer la pregunta más absurda del mundo.
—¡Todo!
—Mateo —lo reprendió Mercedes suavemente.
El niño bajó la voz, pero no perdió el dramatismo.
—Tía, ella siempre quiere que papá se siente a hablar de cosas aburridas. Le pregunta por las reuniones, por los negocios y por las personas importantes. ¡Nunca le pregunta si quiere jugar conmigo!
Mercedes sintió una punzada de tristeza.
—Lo sé, mi amor.
Mateo se sentó y tomó un trozo de pan.
Luego, como si acabara de recordar algo fundamental, levantó la cabeza.
—¿La señorita Isabella sabe que Verónica viene?
Lucía y Mercedes intercambiaron una mirada.
—No lo creo —contestó Lucía.
Mateo dejó el pan sobre el plato.
—Tenemos que hacer algo.
—¿Qué cosa? —preguntó Mercedes.
El niño se inclinó hacia ellas y habló en voz baja.
—Tenemos que evitar que Verónica se quede mucho tiempo.
Lucía se echó a reír.
—¡Mateo!
—¡Es por el bien de papá!
—¿Y cómo piensas hacerlo?
Mateo reflexionó durante unos segundos.
Después sonrió.
Una sonrisa que hizo que Mercedes se preguntara si había sido buena idea enseñarle a su nieto que las cosas importantes debían planearse con cuidado.
—Tengo un plan.
Lucía se cubrió el rostro con una mano.
—Dios nos ampare.
Verónica Salgado tenía treinta y un años, una excelente posición social y la costumbre de entrar en cualquier lugar como si le perteneciera.
Era la ahijada de Mercedes desde que era pequeña. Su familia mantenía una relación cercana con los Montenegro, y durante años había visitado la hacienda en celebraciones, reuniones familiares y temporadas de vacaciones.
Conocía a Alejandro desde hacía mucho tiempo.
Y estaba convencida de que terminaría casándose con él.
A sus ojos, la relación tenía todas las ventajas posibles. Alejandro era atractivo, dueño de una propiedad importante, económicamente independiente y respetado en su círculo social. Además, era viudo y tenía un hijo, lo que significaba que su vida estaba establecida.
Verónica no tenía ninguna intención de comenzar de cero con un hombre que no supiera lo que quería.
Alejandro ya tenía todo lo que ella consideraba necesario.
Solo faltaba que él aceptara que ella era la mujer indicada.
Bajó del automóvil con un vestido color crema, gafas oscuras y un bolso de diseñador. Se quitó las gafas al llegar a la entrada de la casa y sonrió al ver a Mercedes esperándola.
—¡Madrina!
La abrazó y le dio dos besos en las mejillas.
—¡Qué alegría verte!
—Buenos días, Verónica. No esperaba tu visita.
—Lo sé. Quería darte una sorpresa.
Mercedes sonrió por educación.
—Pues vaya sorpresa.
Verónica se rio, sin advertir el tono.
—¿Dónde está Alejandro?
Mercedes ni siquiera había terminado de preguntarle cómo estaba cuando ya quería saber por su hijo.
—Debe de estar en la oficina.
—Perfecto. Voy a saludarlo.
—¿No quieres desayunar primero?
—Después. Tengo muchas cosas que contarle.
Mercedes observó cómo Verónica entraba en la casa con paso decidido.
—Eso es precisamente lo que me preocupa —murmuró.
Lucía apareció a su lado.