Mauricio Ferrer llevaba muchos años convencido de que ciertas historias podían permanecer enterradas para siempre.
Había cambiado de oficina, renovado sus contactos profesionales y dejado atrás varias negociaciones que nunca llegaron a concretarse. También había aprendido a evitar determinadas conversaciones y a no mencionar nombres que pudieran despertar preguntas incómodas.
Sin embargo, aquella tarde, al abrir la puerta de su despacho y encontrarse con el hombre que tenía enfrente, comprendió que había cometido un error.
El pasado no había desaparecido.
Simplemente había esperado.
—No puedo creer que seas tú —murmuró Mauricio.
El visitante dejó su abrigo sobre una silla.
—Han pasado muchos años. No esperaba que me recibieras con una fiesta, pero al menos podrías ofrecerme un café.
Mauricio no se movió.
—¿Dónde has estado todo este tiempo?
—En lugares donde nadie tenía interés en buscarme.
—¿Y ahora decides aparecer precisamente cuando los Valdés empiezan a revisar los documentos?
El hombre sonrió sin alegría.
—No aparecí por los Valdés. Aparecí porque alguien ha decidido utilizar una operación antigua para resolver asuntos personales.
Mauricio miró el sobre que el visitante había colocado sobre el escritorio.
—¿Qué contiene?
—La segunda carta.
—¿Es auténtica?
—La escribió el padre de Isabella Valdés. La recibí poco antes de que muriera.
Mauricio sintió una presión en el pecho.
—¿Por qué la conservaste?
—Porque me pidió que la guardara hasta que pudiera entregarla sin poner a nadie en peligro.
—¿Y consideras que este es el momento adecuado?
El hombre lo observó con dureza.
—No. Considero que el momento adecuado pasó hace muchos años. Pero alguien ha empezado a amenazar a los hijos de mi amigo y ya no puedo seguir callado.
Mauricio se sentó lentamente.
—¿Qué quieres de mí?
—Que dejes de esconderte detrás de las dudas. Y que me digas qué sabes sobre la inclusión del nombre de Isabella en aquella operación.
Mauricio no contestó.
El visitante se inclinó sobre el escritorio.
—No te estoy pidiendo una confesión, Mauricio. Te estoy preguntando qué ocurrió.
—No tengo todas las respuestas.
—Entonces quizá sea hora de que dejes de proteger a las personas equivocadas.
El hombre recogió su abrigo.
—Mañana me reuniré con Daniel Valdés. Si quieres decir algo antes de que le entregue la carta, tienes hasta entonces.
—Espera. ¿Cómo piensas contactar con Daniel?
El visitante se detuvo en la puerta.
—Su padre me confió algo más que una carta.
Y se marchó.
Mauricio permaneció sentado durante varios minutos.
Por primera vez en años, sintió que ya no controlaba la historia que tanto se había esforzado por mantener bajo su propia versión de los hechos.
En la Hacienda Los Olivos, Isabella intentaba concentrarse en un libro, aunque llevaba casi diez minutos leyendo la misma página.
La carta de su padre seguía rondándole la cabeza.
Cada vez que creía haber encontrado una explicación, aparecía un nuevo nombre, una nueva fecha o una referencia que abría otra pregunta.
Escuchó unos golpes suaves en la puerta de la cabaña.
—Adelante.
Mateo entró con una bandeja que sostenía con ambas manos.
—Te traje una merienda.
Isabella dejó el libro.
—¿Y qué tenemos aquí?
—Galletas, leche y una manzana. La abuela dijo que no podía traerte solamente galletas porque eso no era una merienda equilibrada.
Isabella examinó la bandeja.
—Veo que la abuela ha intervenido en la operación.
—Sí. Pero las galletas las elegí yo.
El niño dejó la bandeja sobre la mesa y se sentó frente a ella.
—¿Sigues triste por lo de tu familia?
Isabella se tomó unos segundos para contestar.
—Un poco, cariño. Estoy tratando de entender algunas cosas.
Mateo bajó la mirada.
—Cuando yo no entiendo algo, papá me lo explica.
—Tu papá es muy bueno explicando las cosas.
—A veces. Cuando se trata de matemáticas, explica demasiado.
Isabella se rio.
Mateo pareció satisfecho de haber conseguido su objetivo, pero enseguida volvió a ponerse serio.
—¿Quieres que te cuente un secreto?
—Claro.
El niño se inclinó hacia ella.
—Cuando papá está preocupado, va a revisar los caballos. Dice que los animales no pueden solucionar sus problemas, pero que estar con ellos le ayuda a pensar.
Isabella sonrió.
—Creo que tiene razón.
—Por eso pensé que quizá tú también necesitas hacer algo que te guste.
—¿Y qué me recomiendas?
Mateo meditó su respuesta con una seriedad admirable.
—Podemos ir a montar. O puedes enseñarme a hacer galletas. Aunque, si eliges las galletas, tendremos que hacer muchas porque yo me como la mitad mientras cocino.
—Eso podría convertirse en un problema.
—Un problema delicioso.
Isabella soltó una carcajada.
Después extendió los brazos y Mateo se acomodó junto a ella.
—Gracias por preocuparte por mí.
—No tienes que darme las gracias. Eres mi amiga.
Isabella lo abrazó.
En medio de tantas sospechas, documentos y llamadas amenazantes, aquellas palabras sencillas le recordaron que la vida seguía teniendo espacio para el cariño.
Y decidió que no permitiría que el pasado le arrebatara también esos momentos.
Al día siguiente, Daniel recibió una llamada de un número desconocido.
—¿Señor Daniel Valdés? —preguntó una voz masculina.
—Sí. ¿Con quién hablo?
—Mi nombre es Julián Ortega. Trabajé durante años con su padre.
Daniel se enderezó en su silla.
—¿En qué puedo ayudarlo?
—Tengo una carta que le pertenece a su familia. Su padre me pidió que la conservara.
Daniel sintió que el pulso se le aceleraba.
—¿De qué trata?
—De la operación empresarial que usted está investigando. No puedo explicarle todo por teléfono, pero estoy dispuesto a reunirme con usted y con su abogado.