Entre el amor y la hacienda

Capítulo 14: La amenaza detrás del documento

Capítulo 14: La amenaza detrás del documento

Isabella no pudo dormir aquella noche.

Cada vez que cerraba los ojos, volvía a ver su nombre escrito en aquel documento. No sabía si se trataba de una autorización auténtica, de un borrador preparado por Sebastián o de algo que Patricia había interpretado equivocadamente. Sin embargo, había una certeza que no podía ignorar: alguien había utilizado sus datos personales para preparar algo de lo que ella no tenía conocimiento.

Y eso era suficiente para tomar precauciones.

A las seis de la mañana, se levantó, preparó café y abrió su computadora. Revisó los mensajes antiguos que conservaba de Sebastián, buscando alguna conversación relacionada con inversiones, autorizaciones o trámites.

Encontró varias.

En una de ellas, Sebastián le había escrito:

Mi amor, cuando nos casemos, quiero que podamos manejar todo como un equipo. No quiero que existan secretos entre nosotros.

Ella había respondido con un corazón y un mensaje cariñoso.

Isabella se llevó una mano a la frente.

—Dios mío, ¿cómo pude creerle tantas cosas? —murmuró.

Pero enseguida recordó las palabras de su madre.

Confiar no la hacía culpable de las mentiras de otra persona.

Guardó la conversación y continuó revisando. Unos minutos después encontró un mensaje que le llamó la atención.

Sebastián le había enviado el nombre de una empresa que ella no conocía, acompañado de una petición para que le compartiera algunos datos personales. En aquel momento, él le había explicado que estaba preparando una propuesta de inversión.

Isabella hizo una captura de pantalla y se la envió a Daniel.

Su hermano contestó casi inmediatamente.

No hagas nada más por ahora. Necesito ver el documento completo y verificar si existe alguna operación relacionada contigo. No podemos concluir que haya cometido un delito solo con esa fotografía, pero tampoco vamos a ignorarlo.

Isabella agradeció su respuesta. Daniel siempre había sido protector, aunque a veces podía resultar demasiado serio. En otras circunstancias, seguramente habría viajado a la hacienda sin avisar para enfrentarse personalmente a Sebastián.

Esta vez, sin embargo, le había pedido que actuaran con prudencia.

Y ella pensaba hacerle caso.

—¡Buenos días, señorita Isabella!

La voz de Mateo la sacó de sus pensamientos.

El niño estaba en la puerta de la cabaña, vestido con unos pantalones de mezclilla, una camisa a cuadros y unas botas que parecían demasiado grandes para sus pies.

Llevaba una canasta cubierta con una servilleta.

—¿Qué traes ahí? —preguntó Isabella, sonriendo.

—El desayuno.

—¿Lo preparaste tú?

Mateo levantó la barbilla, orgulloso.

—Yo supervisé.

—¿Supervisaste?

—Sí. La abuela Mercedes hizo los huevos, Lucía preparó el pan y yo me aseguré de que nadie se comiera las fresas antes de traértelas.

Isabella se echó a reír.

—Entonces debo agradecerte por tu importante trabajo.

—Muchísimo. Es una responsabilidad muy grande.

El niño dejó la canasta sobre la mesa y la miró con una seriedad repentina.

—¿Estás triste?

La sonrisa de Isabella se suavizó.

—Un poquito. Pero voy a estar bien.

Mateo pareció reflexionar sobre aquella respuesta.

—Mi papá dice que cuando uno está triste no siempre necesita que le arreglen las cosas. A veces necesita que alguien se quede con él.

Isabella sintió un nudo en la garganta.

—Tu papá tiene razón.

—Yo también pienso eso. Por eso vine.

Ella abrió los brazos y Mateo se acercó para recibir un abrazo.

Durante unos segundos, Isabella lo estrechó contra su pecho. El niño tenía una manera extraordinaria de ofrecer cariño sin pedir explicaciones.

—Gracias, campeón.

Mateo se apartó y le dedicó una sonrisa traviesa.

—De nada. Además, si te sientes mejor, quizá quieras venir hoy a montar a caballo con nosotros.

—¿Con ustedes?

—Con mi papá y conmigo.

El niño hizo una pausa.

—Aunque mi papá dice que todavía no sabes montar muy bien.

Isabella abrió los ojos, fingiendo indignación.

—¿Eso dijo?

—Bueno, no exactamente. Dijo que sería mejor empezar con un caballo tranquilo.

—Ah, bueno. Eso ya suena más amable.

Mateo se acercó un poco y bajó la voz.

—Yo creo que mi papá quiere enseñarte personalmente.

Isabella sintió que las mejillas se le calentaban.

—Mateo…

—¿Qué? ¡Solo estoy diciendo lo que pienso!

El niño tomó una fresa de la canasta y salió corriendo antes de que ella pudiera responder.

Isabella negó con la cabeza, divertida.

Quizá aquella mañana necesitaba precisamente eso: recordar que la vida seguía ofreciéndole motivos para sonreír.

A media mañana, Isabella caminó hacia los establos.

Alejandro estaba revisando las monturas con Rafael. Llevaba una camisa de mezclilla arremangada y botas de trabajo. Al verla acercarse, levantó la mirada.

—Buenos días.

—Buenos días. Mateo me dijo que tenían planes de enseñarme a montar.

Rafael soltó una carcajada.

—Ese muchacho organiza más actividades que la oficina de turismo.

Alejandro le lanzó una mirada de advertencia.

—No le hagas caso. Mi hijo cree que todos los días deben tener una misión especial.

—Y algunas de sus misiones son bastante interesantes —contestó Isabella.

Alejandro sonrió.

—¿Te encuentras mejor?

Ella entendió que no le preguntaba únicamente por el desayuno.

—Un poco. Hablé con mi hermano y está ayudándome a revisar lo del documento.

—Me alegra.

—Todavía no sabemos qué significa, pero al menos ya no siento que tengo que resolverlo todo yo sola.

Alejandro asintió.

—Eso es importante.

Isabella lo observó unos instantes.

—¿Nunca te dan ganas de resolverle los problemas a alguien que te importa?

La pregunta pareció sorprenderlo.

—Por supuesto.




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