Mateo Montenegro tenía siete años, una imaginación extraordinaria y una convicción que habría hecho temblar a cualquier estratega militar: su padre necesitaba una esposa.
No una novia. No una amiga que fuera de visita los domingos. Mucho menos una señora que le preguntara si había terminado sus verduras antes de permitirle comer postre.
Una esposa.
Una mamá.
Y, después de conocer a Isabella Valdés, Mateo estaba convencido de que había encontrado a la candidata perfecta.
Aquella mañana, sentado en el suelo de su habitación, extendió sobre la alfombra una hoja de papel, tres lápices de colores, una caja de galletas y un pequeño caballo de madera. El caballo no tenía ninguna función dentro de la operación, pero Mateo consideraba que los caballos daban buena suerte.
En la parte superior de la hoja escribió con letras grandes:
OPERACIÓN: PAPÁ FELIZ
Debajo dibujó a su padre con una expresión seria, a Isabella con una sonrisa enorme y a sí mismo en medio de ambos, tomados de la mano.
Luego añadió un corazón rojo sobre sus cabezas.
Se quedó observando el dibujo durante unos segundos.
—Aunque papá tendría que sonreír más —murmuró, agregándole una sonrisa torcida al retrato de Alejandro—. Porque si sigue con esa cara, la señorita Isabella va a pensar que siempre está enojado.
—¿Con quién estás hablando, jovencito?
Mateo dio un salto.
Mercedes Montenegro estaba en la puerta, con una taza de café en la mano y una expresión que mezclaba ternura y sospecha.
El niño escondió rápidamente el dibujo detrás de su espalda.
—Con nadie, abuelita.
—Qué curioso. Yo escuché perfectamente que estabas hablando con alguien.
—Es que… estaba practicando.
—¿Practicando qué?
Mateo levantó la barbilla con solemnidad.
—Una conversación importante.
Mercedes entró en la habitación y se sentó en el borde de la cama.
—¿Una conversación importante con tu caballo de madera?
Mateo miró el juguete.
—Él es muy buen consejero.
—No lo dudo.
La mujer dejó la taza sobre la mesita y extendió la mano.
—A ver ese dibujo.
—No.
—Mateo.
—Abuelita.
Se miraron fijamente.
Mercedes arqueó una ceja.
Mateo suspiró con dramatismo y le entregó la hoja.
Su abuela examinó el dibujo. Primero miró a Alejandro, luego a Isabella y finalmente a su nieto, que parecía esperar un veredicto judicial.
—Vaya —dijo, conteniendo la sonrisa—. ¿Y quién es esta señorita tan bonita?
—La señorita Isabella.
—Ya veo. ¿Y por qué está tomada de la mano de tu papá?
—Porque quiero que se casen.
Mercedes se llevó una mano al pecho para disimular la risa.
—¿Así de sencillo?
—No. Es complicado. Papá es terco.
—Eso sí es verdad.
—Y no se da cuenta de las cosas.
—Eso también.
—Y cuando una persona le gusta, se pone más serio todavía.
Mercedes dejó escapar una carcajada.
Mateo la miró, ofendido.
—¡No te rías, abuelita! ¡Esto es un asunto muy importante!
—Perdóname, mi amor. Tienes razón.
La mujer volvió a mirar el dibujo y sintió que la diversión se le desvanecía un poco. Bajo las ocurrencias de su nieto había algo que conocía demasiado bien: el deseo de recuperar una familia completa.
Mateo había perdido a su madre cuando todavía era muy pequeño. Aunque conservaba algunos recuerdos de Mariana, había crecido con fotografías, historias y el amor inmenso de su padre. Nunca le había faltado nada material. Sin embargo, Mercedes sabía que a veces, por las noches, el niño se quedaba mirando la puerta como si esperara que alguien entrara para darle un beso antes de dormir.
—Mateo —dijo con dulzura—, una cosa quiero que recuerdes. Tu papá tiene que enamorarse de alguien porque él lo sienta, no porque nosotros lo obliguemos.
El niño frunció el ceño.
—¿Y si es muy lento para sentirlo?
—Entonces tendremos que darle tiempo.
—¿Cuánto?
—No lo sé.
Mateo dejó caer los brazos.
—Los adultos son desesperantes.
—En eso tienes toda la razón.
El niño recuperó el dibujo.
—No voy a obligarlo, abuelita. Solo voy a ayudarlo.
Mercedes lo observó unos segundos antes de acariciarle el cabello.
—Está bien. Pero prométeme que también pensarás en lo que quiere Isabella.
Mateo asintió, muy serio.
—Claro. Ella también tiene que querer a papá.
—Exactamente.
—Y tiene que quererme a mí.
Mercedes le besó la frente.
—Eso, mi cielo, es algo que no puedes planear en una hoja.
Mateo miró su dibujo, pensativo.
—Entonces tendré que hacerlo en dos hojas.
Mercedes volvió a reírse.
Y fue así como, sin que Alejandro Montenegro tuviera la menor idea, su madre se convirtió en la primera cómplice oficial de la operación.
Isabella descubrió que la tranquilidad del campo tenía un pequeño inconveniente.
Los gallos no respetaban horarios.
A las cinco y media de la mañana, uno particularmente entusiasta decidió que el mundo debía despertar de inmediato. Isabella abrió los ojos, miró el techo de madera de su cabaña y se tapó la cabeza con la almohada.
—No puede ser.
El gallo volvió a cantar.
—¡Todavía no ha salido el sol!
Una segunda voz, procedente de algún punto del terreno, pareció responderle.
Isabella se incorporó lentamente, con el cabello revuelto y la expresión de una mujer que comenzaba a reconsiderar seriamente sus decisiones de vida.
En la ciudad, el ruido la habría molestado. Allí, en cambio, le provocó una risa inesperada.
Se levantó, abrió las cortinas y contempló el paisaje.
Una neblina ligera cubría el campo. A lo lejos, los árboles se mecían suavemente y el arroyo reflejaba la primera luz de la mañana. La cabaña estaba rodeada de flores silvestres, y el aire que entraba por la ventana olía a tierra húmeda y hierba fresca.