Entre el amor y la hacienda

Capítulo 15: El nombre oculto en los negocios familiares

Capítulo 15: El nombre oculto en los negocios familiares

Isabella permaneció inmóvil, con el teléfono pegado al oído.

—¿Qué quieres decir con que Sebastián no fue el único que investigó nuestros asuntos familiares? —preguntó, procurando controlar el temblor de su voz.

Del otro lado, Daniel suspiró.

—Todavía no tengo todas las respuestas. Encontré referencias a Grupo Ardentia en unos correos relacionados con una propuesta de inversión que llegó a una de nuestras empresas hace varios meses. En aquel momento no le presté demasiada atención porque la propuesta nunca avanzó.

—¿Y qué tiene que ver Sebastián?

—Su nombre aparece relacionado con una persona que participó en las conversaciones preliminares.

Isabella sintió un vacío en el estómago.

—¿Participó en negociaciones con nuestra familia sin decirme nada?

—Eso parece, pero no quiero acusarlo de algo sin comprobarlo. Lo que sí me preocupa es que el documento que me enviaste menciona una autorización que tú no recuerdas haber firmado.

Isabella se sentó lentamente.

Durante meses había compartido con Sebastián sus ilusiones, sus planes y sus preocupaciones. Le había contado detalles de su familia porque pensaba que algún día formarían parte de una misma vida.

Nunca imaginó que aquellas conversaciones pudieran haber servido para algo distinto.

—Daniel, ¿crees que quería casarse conmigo por dinero?

Su hermano tardó en responder.

—No puedo decirte qué sentía por ti. Eso solo lo sabe él. Pero podemos investigar si intentó utilizar nuestra relación familiar para conseguir algo.

La respuesta dolió, precisamente porque era honesta.

Isabella se llevó una mano al pecho.

—Yo estaba dispuesta a pasar el resto de mi vida con él.

—Lo sé, hermana.

—Le creí cuando me dijo que quería construir algo conmigo.

—Y eso no te convierte en una ingenua. Si alguien te miente deliberadamente, la responsabilidad es suya.

Isabella cerró los ojos.

Era la segunda vez en pocos días que alguien le recordaba que no debía castigarse por haber confiado.

Sin embargo, aquella vez el dolor era distinto. Ya no se trataba únicamente de una traición sentimental. La posibilidad de que Sebastián hubiera involucrado a su familia en sus planes le provocaba una mezcla de rabia y temor.

—¿Qué debo hacer? —preguntó.

—Por ahora, conserva todos los mensajes y documentos. No firmes nada que él te envíe ni aceptes ninguna reunión. Voy a solicitar que revisen los antecedentes de esa propuesta y que se verifique si existe algún trámite a tu nombre.

—¿Y si descubres que sí hizo algo?

—Entonces actuaremos por las vías correspondientes.

Isabella respiró profundamente.

—Está bien.

—Y una cosa más. No quiero que regreses sola a la casa donde vivías con él para buscar la carpeta. Si necesitamos recuperar esos documentos, organizaremos la manera de hacerlo.

—No quiero volver allí, Daniel.

—Entonces no lo harás sola.

Al terminar la llamada, Isabella dejó el teléfono sobre la mesa y se cubrió el rostro con las manos.

Había llegado a la hacienda buscando tranquilidad, sin imaginar que allí tendría que enfrentarse a los secretos que Sebastián había dejado detrás.

Y, aunque todavía no sabía toda la verdad, una cosa había cambiado: ya no estaba dispuesta a esconderse de ella.

—¿Puedo pasar?

La voz de Alejandro llegó desde la entrada de la cabaña.

Isabella levantó la cabeza.

—Sí, pasa.

Él entró con dos tazas de café. Al verla, dejó una sobre la mesa y se sentó frente a ella.

—Mercedes preparó café para todos. Dijo que el tuyo necesitaba una cantidad considerable de azúcar porque tenías cara de estar peleada con el mundo.

A Isabella se le escapó una pequeña risa.

—Tu madre tiene una habilidad extraordinaria para descubrir cómo me siento.

—No se lo digas, porque se volverá insoportable.

—Creo que ya es un poco insoportable.

Alejandro fingió indignación.

—Voy a tener que defender a mi madre.

—¿Incluso cuando tenga razón?

—Especialmente cuando tenga razón. Es una estrategia de supervivencia familiar.

Isabella sonrió, pero su expresión volvió a ensombrecerse.

Alejandro no insistió. Esperó a que ella decidiera hablar.

—Daniel encontró una posible conexión entre Sebastián y una empresa llamada Grupo Ardentia —explicó finalmente—. Parece que Sebastián participó en conversaciones relacionadas con una propuesta de inversión que llegó a una de las empresas de mi familia.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Tu hermano sabe si hubo alguna operación?

—Todavía no. Está investigando. Lo preocupante es que Patricia me envió una fotografía de un documento en el que aparece el nombre de Daniel.

—¿Tu hermano está enterado?

—Sí. Ya le envié la imagen.

Alejandro asintió despacio.

—Entonces es importante que él revise el documento completo antes de sacar conclusiones.

—Lo sé. Pero no puedo dejar de pensar en todas las cosas que Sebastián pudo haber planeado mientras yo organizaba nuestra boda.

Alejandro sostuvo la taza entre las manos.

—Es comprensible que estés enfadada.

—Estoy enfadada conmigo misma por no haber visto nada.

—Isabella, una relación no puede funcionar si tienes que investigar cada palabra que dice la otra persona para protegerte de ella.

Ella lo miró en silencio.

—Tú confiaste en Sebastián porque pensabas que era alguien digno de tu confianza —continuó él—. Si él aprovechó esa confianza, no significa que debieras haber adivinado sus intenciones.

Los ojos de Isabella se humedecieron.

—¿Cómo haces para no juzgarme?

Alejandro bajó la mirada hacia su café.

—Porque sé lo que se siente cuando la vida te obliga a aceptar que no puedes controlar todo lo que sucede.

Isabella recordó a Mariana, la esposa fallecida de Alejandro. Nunca había querido preguntarle demasiado sobre su muerte, porque comprendía que había heridas que no necesitaban ser abiertas para demostrar que existían.




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