Entre el amor y la hacienda

Capítulo 27: La última conversación de su padre

Capítulo 27: La última conversación de su padre

Daniel llevaba casi diez minutos mirando el mensaje de Julián.

«Esa persona fue la última en hablar con tu padre antes de que él cambiara de opinión sobre la reunión del día siguiente».

Había algo en aquella frase que le provocaba una inquietud difícil de explicar. Su padre había sido un hombre prudente, acostumbrado a revisar cada detalle antes de tomar una decisión. Si había cancelado una reunión importante a última hora, seguramente tenía una razón.

La pregunta era cuál.

Y, sobre todo, quién había estado con él antes de que tomara aquella decisión.

Daniel llamó a Julián.

—Necesito que me cuentes todo lo que recuerdes de ese día.

—No por teléfono —respondió el hombre—. Hay detalles que prefiero explicarte en persona.

—¿Crees que alguien pudo haber presionado a mi padre?

—No lo sé. Y no quiero que confundas una posibilidad con un hecho. Recuerdo que estaba preocupado, que pidió revisar unos documentos y que después decidió no asistir a la reunión. Pero no sé si cambió de opinión por algo que alguien le dijo o porque encontró una inconsistencia en los papeles.

Daniel respiró hondo.

—Está bien. Nos reuniremos con el abogado.

Antes de colgar, Julián añadió:

—Daniel, hay algo que quizá debí decirte desde el principio. Tu padre no solo quería proteger los negocios familiares. Estaba especialmente preocupado por Isabella.

Daniel cerró los ojos.

—Eso ya lo sabemos.

—No. Me refiero a que, en los últimos días antes de su muerte, me pidió que me asegurara de que ella nunca quedara involucrada en una operación que no comprendiera. Me dijo que, si algún día alguien intentaba utilizar su nombre, ustedes debían buscar la verdad, aunque la persona responsable fuera alguien a quien quisieran.

Daniel guardó silencio.

—¿Te dijo quién podía hacerlo?

—No. Pero me pidió que no confundiera la lealtad con obedecer a alguien sin hacer preguntas.

Cuando terminó la llamada, Daniel comprendió que la investigación ya no podía limitarse a identificar a quienes habían participado en una operación comercial.

Tenía que reconstruir las últimas decisiones de su padre.

Porque quizá allí se encontraba la respuesta que todos estaban buscando.

Un desayuno con demasiadas preguntas

En la hacienda Los Olivos, Mateo había decidido que aquel sería el día en que su padre aprendería a preparar el desayuno sin ayuda de Mercedes.

La idea había surgido durante la noche, cuando el niño escribió en su libreta:

«Actividad número diecisiete: demostrar que papá puede hacer algo que no tenga que ver con el trabajo».

A las siete y media, Alejandro entró en la cocina y encontró a su hijo esperándolo con un delantal.

—¿Qué significa esto?

—Hoy vamos a cocinar.

—¿Quiénes?

—Tú y yo.

Alejandro observó la mesa. Había huevos, harina, leche, mantequilla y una cantidad alarmante de azúcar.

—¿Qué vamos a preparar?

Mateo sonrió orgullosamente.

—Hot cakes.

—Eso parece sencillo.

Desde la puerta, Mercedes soltó una carcajada.

—Eso mismo dijiste la última vez que intentaste cocinar.

—Mamá, aquello fue un accidente.

—Quemaste una sartén.

—La sartén ya estaba vieja.

—¡Era nueva! —gritó Rafael desde el comedor.

Alejandro miró a su hijo.

—¿Ves? Esta familia no respeta la privacidad de nadie.

Mateo le entregó una cuchara de madera.

—No te preocupes, papá. Yo te voy a supervisar.

La preparación comenzó razonablemente bien, hasta que Mateo decidió que la mezcla necesitaba más azúcar.

—Hijo, ya le pusimos suficiente.

—Las cosas dulces hacen feliz a la gente.

—No todo se arregla con azúcar.

Mateo lo miró con absoluta seriedad.

—Eso lo dices porque no has probado mis galletas.

Isabella apareció en la cocina justo cuando Alejandro intentaba despegar un hot cake de la sartén.

El resultado era una masa irregular que parecía haberse rendido a mitad de la cocción.

Ella se llevó una mano a la boca.

—¿Qué pasó aquí?

Mateo levantó la libreta.

—Mi papá está en capacitación.

—¿Y cómo va?

El niño observó la sartén.

—Necesita más capacitación.

Isabella comenzó a reír.

Alejandro dejó la espátula sobre la mesa.

—Muy bien. Si todos son tan expertos, los dejo cocinar a ustedes.

Isabella le tomó la mano antes de que pudiera marcharse.

—No te vayas. Quiero ver cómo termina este desastre.

—¿Ese es tu concepto de apoyo?

—Estoy aquí para acompañarte, no para rescatarte.

Alejandro la miró y sonrió.

—Tienes razón. Ya me estás contagiando tus principios.

Mateo señaló la sartén.

—¿Puedo comerme ese?

—Si sobrevives a él, puedes comerte dos —respondió Alejandro.

La cocina volvió a llenarse de risas.

Isabella disfrutó de aquel momento más de lo que esperaba. Durante mucho tiempo había asociado la felicidad con tener una vida ordenada, un futuro definido y personas en quienes pudiera confiar sin cuestionarse nada.

Ahora empezaba a comprender que también podía encontrarla en un desayuno imperfecto, en una familia que discutía por tonterías y en un hombre que no tenía miedo de reírse de sí mismo.

Cuando Mateo salió a presumir sus hot cakes ante Rafael, Alejandro se acercó a Isabella.

—¿Te puedo preguntar algo?

—Claro.

—¿Cómo te sientes después de todo lo que has descubierto?

Ella dejó de sonreír por un instante.

—Más fuerte que hace unas semanas. Pero también más desconfiada.

Alejandro asintió.

—Es comprensible.

—No quiero convertirme en una persona que sospeche de todo el mundo.

—Entonces no lo hagas. Investiga los hechos, establece tus límites y permite que las personas demuestren quiénes son con sus acciones. No tienes que decidir de antemano que todos van a fallarte.

Isabella lo contempló en silencio.




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